jueves, 24 de febrero de 2011

Todos tenemos un día de Miércoles



Es natural, y eso lo hace más disfrutable. Uno alza la vista y hasta donde llegan los ojos es un mar de gente, un mar de gente que celebra vivir en democracia y que ese vivir en democracia ya no sea algo que se experimenta entre temores sino con la convicción de que se sigue construyendo día a día. En este estado de las cosas, lo que ocurre sobre el escenario es la banda de sonido más adecuada. La frase es muy conocida, casi un lugar común, pero sigue teniendo la potencia de aquello que lo resume todo a la perfección: “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll”.
Muchas veces ha sido arbitrario adjudicarle algún sentido a una frase o una palabra, y esa es precisamente la libertad del melómano aburrido. Así fue como Radio 9 convocó al más obsesivo de todos…

lunes, 14 de febrero de 2011

Monk




Monk
Por Paul Citraro
No recuerdo con nitidez si su nombre me había visitado antes. La facha me gustó de entrada; era una prestancia que indemnizaba esas lagunas de quienes lo perdieron de vista. Vacilante, anteojos de sol con gruesas patillas de caña. Delgado. Muy delgado. Barba corta desprolija. Piel muy negra. Habíamos estado leyendo Andrés Rivera con la música a todo trapo que funcionaba como una perfecta metáfora de la democracia. Ese mapa sonoro condenado al fracaso o expuesto al abucheo, era Monk.
Un amigo, Willy Tondo, también con ánimo en caída libre, desertó a su rutina de militancia naturista y se apareció con dos rodillos de bondiola artesanal.
-¿¡Le entramos!? Obsequio de un proveedor fiambrero de Quirquinchos- Dijo convencido.
Harto de las dietas, yo me había mordido el labio inferior, entre la culpa y la gula. Pero también decidido a cumplir su particular deseo blasfemo. A veces es notable como uno cambia el ropaje del deseo.
Willy estaba evidentemente perturbado, la tensión entre el estilo de Monk y Coltrane, no se soporta bajo los corrales de una dieta frugal. Además, esa representación de jazz, ponía al público -perfectamente oíble en las bandas del disco- de ánimos nada complacientes. Si hasta nuestra breve revolución se postergó por un rato. Música a contracorriente, en el sentido de todas las corrientes conocidas por ambos. Donde Coltrane une, Monk separa. De sopetón, mi corazón se contrajo y casi me paso al bando naturista. O peor, casi me subo a la revolución de los no lo entiendo, no me gusta. Como si hubiera que saber algo acerca del placer. Lo cierto es que yo estaba ahí, con mi amigo y las rodajas de rojo fiambre y la sonoridad de mis héroes. Todo un vanguardista demodé.
Traté de imaginar a los tipos arriba de las tarimas. Sus vidas cotidianas, el modo de hablar y las palabras que usarían ante el encanto. Al parecer Monk y Coltrane no habían sido compañeros de aventuras. No habían compartido celda alguna ni se habían echado encima de las sirenas varadas que suelen estar a la vuelta de los clubes. Ambos son respetuosos, uno con otro. Si bien Monk parece que se perfecciona en tocar el piano cada vez peor, es Coltrane que le replica diciendo; antes de ir al cielo, así yo tocaría en tu funeral, ese bolsillo sucio de Dios.
Jamás nadie tocará así y jamás tocarás –sí, tú y yo querido amigo- las piernas Marlene Dietrich. Para tocar así, primero hay que encontrar un cielo desbocado buscando pleitos. Y esa porción de ciencia, no nos ha elegido a nosotros hoy.
Con ese lápiz de ambigüedad se escribe la historia. Monk, bastante atinado suena en su locura de no repetirse por décadas. Ridículas palabras para un poema tan largo, y sin embargo era posible. Nos hemos quedado mirando cómo pasa el tiempo, detrás de los perros de cola giratoria. Y aunque el destino nos haga inocentes, la mochila, esa maldita sombra que uno arrastra, no para de tirar notas subversivas. Tú sabes cómo funciona. La exactitud de la bondiola no incluye a la verdad, y la conjetura de la madrugada, no carece de rigor.
La revolución puede esperar, un día más de nuestras vidas, no va a cambiar el curso de la historia.

Diario Página/12 (Suplemento Rosario/12) 17 de Febrero de 2011
Link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/rosario/14-27457-2011-02-17.html

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lobotomía



Por Paul Citraro
Para un habitante pueblerino que tiene el andar de las palabras sordas, llegar hasta el Campus Miguelete de la Universidad de San Martin, es como subirse al Mayflower. Luego de cabalgar cuatrocientos kilómetros de llanura en Chevallier, viene el saltito al tren que sale de la estación Retiro hasta que aparecen los cuatros cobertizos gastados y encastrados que anuncian la parada inevitable: Estación Miguelete. A pocos metros, un molde tortero con diseños arquitectónicos parecen decir: “Aquí se bifurca el pensamiento”.
Todos los días Lunes a partir del 27 de Setiembre a las 16 hs. y durante ocho jornadas, la Universidad de San Martin (UNSAM) le abre las puertas a la sociedad. Alumnado, docentes y Visitantes Bárbaros, invaden las instalaciones educativas con un fin en común: El cruce de pensamientos.
El pasado Lunes 18, Fernando Peirone (Coordinador General de los encuentros), abrió la jornada presentando generosamente a quien suscribe y dejando rodar la pelota que llevaría atada al pie durante ciento veinte minutos el invitado de turno, Hugo Lobo. Trompetista de oficio y fundador de la banda de ska Dancing Mood.
Cada frase del músico es risa de alegría, alegría de sentimiento sincero. Como Clifford Brown, sus solos lingüísticos son sencillos y directos, en forma de espiral, desde afuera hacia el centro para después volver al espacio abierto. Busco las riendas del olvido… parece querer decir al mencionar la importancia de las Orquestas de Jazz comandadas por Duke Ellington o Count Basie. Hay menciones a la sensata locura de los creadores que cobra sentido en el deleite popular. El bailongo. La información que adquiere el cuerpo.
Y por ahí entramos, para descubrir el erróneo momento en el que aparecen los fuma pipas del análisis elitista. Y en medio de ese guiso de botones agrios, la intención, es devolverle el carácter original al género, que cobra sentido en la monada que lo cabriolea. Aparece Hugo Lobo, pero con el traje cambiado, haciéndose entidad y liderando el ejército de dopamina que se resume en las palabras Dancing Mood.
Esa ceremonia, reúne dos sólidos argumentos en juego permanentemente: sujeto y predicado. Hugo Lobo y el público.
Gira en ese hueco hermoso de la memoria colectiva una función expresamente didáctica en la conciencia del trompetista. Es ni más ni menos que la devolución y el asentamiento. Un irremediable talón de facturas bajo el brazo que trae al ska como excusa. Desde ese lugar común que todo el mundo cree a pie de juntillas como una fracción más del híbrido-rock, el mensaje es: nada podrá divorciar lo que la música logre soldar. Y en esta convivencia de tensiones que cruzan la historia de un país, aparece Lobo. Oportuno. Dueño de las cualidades que se centran en la compresión absoluta del estilo que trabaja con alma de obrero. Con temple de boxeador. Con códigos de barrio.
En primer lugar, Lobo es poseedor de un conocimiento categórico del Ska y de los aspectos melódicos que se multiplican en un efecto a modo de propulsión. Está claro, encontró la llave que abre las puertas de las almas silenciadas. Hay que saber putear tan apasionadamente desde una melodía… El jazz, el rock, el Ska… ¿a quién le importa? Si en fin, la música no es un terreno válido para las vilezas. Es decir, la independencia y superposición entre el arte y aquel pedazo de realidad que siempre nos humilla, debe considerarse campo sagrado. Aquí no hay juramento hipocrático que valga. Aquí hay una convicción palpable de un instrumento brillante entre sus manos. Un instrumento que suplantaría las carencias de formas humanas (propias y ajenas, vestidas y desvestidas). Y traería un poco de razón a la mente perturbada por el onanismo reinante del rock. Y hasta podría arriesgar la siguiente hipótesis: detrás de esa columna de aire, se despegan nuevos modelos que podrían pisotear la desilusión más profunda de cualquier rockero descreído. Sobre esa base de sensibilidad y conocimiento musical, Hugo Lobo ha borrado ciertas fronteras. Ha aumentado los márgenes de tolerancia. Estéticos. Sociales. Tribales. Humanos. En un ejercicio permanente de la expresión libre, en la permanente búsqueda e intuición de la felicidad por expresión de todo cuando chorrea y pugna por salir.
A ese mazazo reflexivo se refiere cuando dice “flasheo hasta con el pibe que se me acerca y dice; compré un disco de Duke Ellington y toca un tema tuyo”.
Quedó en claro que Count Basie ya no se desternilla en risa y pura indulgencia sobre las nuevas huestes que transitan ese viejo camino asfaltado. En medio no había que recuperar nada porque nada se había perdido. Sencillamente había dormido en estado latente. La pericia, consistía en recuperar el acervo allí donde había sido abandonado, en agitar las aguas para que una nueva oleada permitiera incorporaciones que hasta el momento eran inusuales en Argentina: el Ska, como un nuevo lenguaje común. El cuerpo del jazz necesitaba un latigazo. Y como los cuerpos de quienes lo escuchaban, quizá se tratara nada menos que de readmitir la llamada raíz popular que siempre estuvo al alcance de la mano. Imagino a Carlos Sampayo, en algún lugar del mundo sonriendo, tras una nueva escucha atenta de los 78 rpm.
Las preguntas vienen de las respuestas de Hugo Lobo. Y por la posición de sus ojos en el mundo –que los epitafios me sobreentiendan– pactar por 2 mangos con el mercado discográfico, sería como firmarle los papeles al diablo. Lobo canta las cuarenta y falta envido. Parece decir en tono autorreferencial; la verdad tiene pocos amigos y los pocos amigos que tiene, son suicidas. Y aguante los trapos de la independencia. La cualidad flotante de los náufragos.
¿Qué sería de ellos sin ese menú rebosante de heterodoxia que plantea Dancing Mood?
Vaya a saber…
Ahora, el ska, ese género beligerante y proletario, tomó la Universidad por asalto. Y algunos nuevos fieles, uno a uno, seducidos no tan ingenuamente por esa nueva sonoridad en sus cuadernos, se unen a la procesión.
Concienzudamente, unos y otros, han dejado de mirarse el ombligo desde la estricta fuente de su propia doctrina. Una dosis de realismo y otros ruidos, salpicaron con barro y manuales las medias de ambos equipos. Todos volvimos a la silla eléctrica de primer grado. Creo.
Mientras tanto, Hugo Lobo, camina su universo atemporal que no se nombra y que el día se encargará de deformar seguramente en sus espejos.
A veces, tenemos la sensación de saber que somos un par de ojos mirando la oscuridad.
Aturdidos de silencio.

Soñar, soñar y una crónica perdida




Por Paul Citraro
Con sólida prepotencia el film de Leonardo Favio; Soñar, soñar es una puñalada de realismo. Volví a verla a pedido de un amigo. A Favio lo banco a morir, desde las canciones a su escritura. Ahora, como director de cine, le saco un pasaje al Olimpo, digo.
¿Cómo se llama el grandote que canta? -Batió mi amigo
-Pagliaro, le contesto. Gian Franco Pagliaro.
Y volví a rebobinarla con las mieles de la tecnología en formato y contrabando Ares. Y quedé sepultado. Conmovido. Loco. Y eso es Favio. Una bola de pasión en juego permanente. Alguien que puede ver al silencio llorando al lado de un aljibe.
Pagliaro es Rulo y Monzón, Carlos Monzón, Charlie. Y ahí casi se apaga el relato, antes de confesar la historia de amor entre dos hombres. Una historia de amor-amistad. No una historia de un hombre arriba del otro.
Pagliaro y Monzón son no-actores. Y están rebosantes de dotes actorales y por encima de un nivel de actuación superlativo. Pocas, contadas veces, se pueden ver tamaña demostración de actuación. De libertad. Desde el relato, hasta el cuerpo y gesto de cada uno. La historia clava el dardo justo en el 100. En el corazón del delirio. Convengamos que Monzón es un tira piñas y aquí, actúa. De verdad.
Soñar, soñar raspa mis pretensiones de top ten en el Veraz. Es decir, uno queda siempre en deuda luego de verla. Hay una reconciliación con el espíritu humano de quien la recibe y percibe. Para darse cuenta finalmente que uno es Fama y Cronopio. Rulo y Charlie. Identidad perpetua que me murmura el silencio mientras lo mastico.
Ah…negrito pueblerino. Del profundo culo interior, viniste gordito de sueños y ambiciones atragantadas. Sí, Charlie quiere ser artista. Quiere estudiar teatro. Quiere triunfar. Pero de otro modo. El triunfo de Charlie es saberse que es un mono con orquesta incluida. No es ser una estrella, el triunfo de Charlie. El triunfo es ser Mario. Y Mario triunfa en su fracaso. Y ese es el éxito de ambos.
Como un disparo cruzado, la escena madre es cuando Carlitos, Charlie, Monzón, lo lleva a Mario a dormir a su casa del pueblo y terminan a pura toca-ruleros. ¡Justo Monzón! ¡El Campión invicto! Él Muchachote argentino. Machito cabrío. Y a fuerza de disparate y vulgaridad bate la delirante y potente frase; “por favor, yo quiero los rulos tuyos Mario”. De patitas cruzadas y sin el menor animo de camuflar la conocida hombría que le ha dado el pugilato.
Que inteligencia Favio. Que pluma rústicamente fina. Que modo auténtico y voraz de visitar la ficción que va y viene de mandados con la vida. El genio es Yam Yam que abre el abanico y es un hombre de pañuelo en la cabeza. Con ese andar lento de palabras sordas. Y después, la vuelta. A la realidad. A la polución visible de las cosas. Para entender de cabo a rabo, que uno, apenas si es alguien respirando pretensiones en este derrame absurdo de las horas.

jueves, 16 de septiembre de 2010

miércoles, 15 de septiembre de 2010