miércoles, 25 de junio de 2008

Black Sabbath: Noche de brujas


La mirada atenta sigue el plato de 33 revoluciones por minuto, sin entender demasiado ese vértigo sonoro. En un tercio del disco, la etiqueta azul que rotula al artista dice: “Paranoid - Black Sabbath”. Allá lejos y hace tiempo. Todavía con los aires influyentes del Mayo Francés y “Revolution” -en dos versiones antagónicas- de Los Beatles. Por estos días corre una alegría retroactiva para consumidores del género oscuro. Se trata de la reedición de los primeros tres discos de Black Sabbath. Esa trilogía que terminó de diseñar y cimentar la piedra angular de lo que se conociera años después como heavy metal. ¡La tentación es grande!¿Cuál de los tres discos poner primero? ¡Ta, te, ti, and the winner is... “Paranoid”! Esa misma tentación que invita a subir el volumen, para luego tomar conciencia, que, posiblemente, en horas de la noche -como para ir a tono- escuchar los tres discos puede traer problemas con la vecinal. Y el
clima estalla, y cuesta creer que han pasado treinta y siete años y que Marilyn Manson todavía siga asustando a nenitos provincianos. Y que cuesta compenetrarse en Sabbath, sin pensar en “Stairway to heaven” de Zeppelin o “Smoke on the water” de Deep Purple, por esto de los triángulos, y las distorsiones y todas esas cosas oscuras. El rock, con Sabbath, alcanzaba la negritud infinita, o mejor, en el otro extremo, donde la música conduce a lugares imprevisibles adquiere una enorme y atípica velocidad de ejecución. El primer disco de Sabbath había sido bien recibido, pero “Paranoid” redefinía el sonido más oscuro y bestial. Aún por encima de la imagen Ozzy Osborne, decapitando murciélagos con los dientes (y esto cualquier muchacho que se precie de metálico, de sobra, sabe porqué). El otro estandarte del grupo, la complementariedad de los aullidos de Osborne, es Tommy Iommi, el guitarrista. “War Pigs” abre "Paranoid"; es una
canción de protesta contra Vietnam y debe ser, sin dudas, unas de las mayores introducciones que ha dado el rock. Y toda esa negritud que giraba alrededor del grupo (y de Osborne especialmente) y de los pactos satánicos y ser miembros de la Iglesia de Antón La Vey (1), cobra sentido imaginario al escuchar los riffs de Iommi. ¿Cómo no poner en tela de juicio esa condición inhumana para tocar una guitarra? Porque sabemos que el diablo se alimenta de ilusiones humanas y de pactos, y de otarios y de nombres y caras y formatos y subgéneros. Y quizá continúe entre los agudos de Tommy Iommi arrastrándose entre las cuerdas que gritan la desdicha en la boca de Osborne. Aún hoy, que volvieron a reunirse en lugar de estar cabeceando almohadas en un geriátrico. No importa, están justificados. También es cierto que luego de haberlos visto hace unos poquitos años, las brujas nunca habían metido tanto miedo y encanto a la vez.

(1) Antón La Vey era el sacerdote supremo de la Iglesia del Diablo y presentó a Black Sabbath oficialmente en 1968 en San Francisco

La oreja de Argentina




Entrevista a Diego Fischerman por Paul Citraro

Hace 10 años un zigzag inesperado lo dejó sin trabajo y lo llevó a blandir su saber como una espada con la que habría de convertirse en uno de los más respetados críticos musicales de América Latina. Ácido, implacable y erudito. Temido y odiado sin medias tintas. La oreja de Argentina habla.



Ser crítico musical no estaba dentro de los planes. Un zigzag inesperado lo dejó sin las asistencias en la Programación de la Sinfónica Nacional y las ayudantías pedagógicas en el interior del país junto a Guilllermo Gretzer. “Luego de permanecer un año en la congeladora –recuerda–, el ‘Chango’ Farías Gomez, a la cabeza de las nuevas autoridades, me dijo una frase memorable: ‘mira esto no es nada personal ni político, pero necesitamos gente del palo’ y me echó”. Hasta ese momento Diego Fischerman hacía música, escribía ficción, y trabajaba, claro, en la Dirección Nacional de Música.
Había que buscar una solución, digamos rápida. Como para seguir atendiendo sin problemas las necesidades de un recién nacido. Una niña.
Sin un mango, y con la íntima convicción de saberse capaz de ocupar un lugar en la cresta de la crítica musical argentina, reivindicaba el sentido concreto de esa profesión que en ese momento se encontraba –en su mayoría– encandilada por las bambalinas de los músicos. De ese modo, con una bocanada de aire oxigenado, el oficio recuperaba su terreno original: analizar una obra con sentido crítico.
Como no podía ser de otra manera, el reconocimiento de los medios no se hizo esperar. Página/12, que aún hace gala de sus refinados, ácidos e impecables comentarios. Más tarde vendría la dirección editorial de la recientemente desaparecida revista Clásica, considerada por más de un español como “la única revista dedicada a la música de Iberoamérica”. Lote tuvo oportunidad de conciliar una entrevista con él y por más de dos horas departir sobre su delicado oficio y los inciertos meandros de la música.

- A esta altura de su carrera, con una línea ya afianzada como periodista y escritor, ¿puede disfrutar de una melodía sin caer en apreciaciones técnicas?
- Ni más ni menos que antes. Esto en realidad fue como decidir cocinar para afuera. Primero uno lo hizo para adentro. Cierto pensamiento crítico, no en el sentido de la crítica sino en el del pensamiento crítico, creo que está incorporado siempre a la audición. No creo que exista la audición o la recepción ingenua de arte, al menos totalmente ingenua. Cada uno escucha con la información que tiene y siempre hay información. Justita, precisa, mucha, muchísima; entonces esta cuestión de escuchar y al mismo tiempo pensar cosas, eventualmente uno lo tiene desde siempre, desde los cuatro años. Escuchar la música de mi viejo y pensar cosas de lo que estaba escuchando, aunque sea “esta canción se parece a tal otra”. Me parece que no existe esta cuestión de sentir la melodía. El sentimiento es una operación también de la mente, no digo de un modo conciente, me refiero a las informaciones inconcientes, y te diría que el trabajo de la crítica
profesional consiste en tratar de hacer todo lo conciente posible esa cosa inconciente, para no ser víctima de aquellas cosas de uno que uno no sabe. No siempre se logra.
- Cuando se escribe una crítica musical, ¿no siente que de algún modo está traicionando la obra por esa parcial arbitrariedad con que es juzgada?
- Yo creo que depende de lo claro que uno sea en cuanto a los elementos que utiliza. Hay una incomodidad esencial, y es que uno está hablando de un idioma con otro idioma y que el objeto no es demostrable. En un artículo de un diario uno tira una botella al mar y pasa lo que pasa. Un modelo de crítico para mí es Luciano Monteagudo (crítico de cine de Página/12). Alguien a quién leyendo, incluso a partir de una crítica desfavorable, podés darte cuenta que esa película podría gustarte. Está la opinión, cosa a la que no rehuye, pero al mismo tiempo está tan bien fundamentado el por qué. En ese sentido, me parece que no se traiciona a la obra. Muchas veces se traiciona porque uno hace mal el trabajo o sencillamente porque no le salió bien, pero en teoría no debería ser así. Como el casco de un minero, vos no podés iluminar todo, quien lee no tiene acceso a la caverna, no estuvo ahí, pero lo que uno puede hacer a medida que se mueve es ir
mostrando, iluminando aspectos que no había tenido en cuenta en su audición y que ayudan al escuchar. El final de siglo XX y el principio del XXI, es un mundo estéticamente complicado. Se trata de cómo decir qué se espera de cada cosa. Yo creo que la mayoría de las frustraciones estéticas con obras interesantes tienen que ver con esperar de la obra cosas que esa obra no puede dar y con no esperar aquellas que la obra sí puede dar.
- Consideremos a los Beatles, la riqueza armónica de su obra, llena de matices, texturas y colores, de tipos que no sabían leer ni escribir música y eran seguidos por millones de personas en igual condición.
- Mirá, la lectoescritura musical es un instrumento, no es un objetivo. Un instrumento que a partir de la aparición de la cinta grabada, deja de ser indispensable. Por lo menos en ciertos campos y en ciertas estéticas. Algunas cosas siguen siendo imposibles de componer de transmitirlas sin escribirlas. En la música de extracción popular, donde el desarrollo del lenguaje estaba muy limitado, había que aprender de memoria, pero desde que aparece la grabación podés tener un testimonio tan bueno o mejor que la escritura. Si a un tipo se le ocurre cualquier cosa, la puede mostrar grabándola. Supongamos a los Beatles en el siglo XVIII, hubiesen tenido que saber escribir. John Lennon para contarle a Paul Mc Cartney lo que se le ocurría, hubiera tenido que escribirlo, no había otra manera.
- ¿Se convierte en un fin para el crítico?
- En tanto ayude a escuchar mejor ciertas cosas o advertir que están y por lo tanto prestar atención y escuchar aquello que sin la lectoescritura no se percibiría. La práctica de la escritura algo te enseña. Y yo creo que es mejor que un crítico lo tenga a que no, pero no es indispensable ni es garantía de nada. Un crítico que sabe leer y escribir música y no tiene oído ni percepción ni riqueza personal, lo que va a pensar o escribir sobre la música va a ser pobre y por el contrario, quien tenga mucha sensibilidad en la audición aunque no sepa cómo se escribe y cómo se lee en término musicales va a saber contarlo.
- Y la Mahavishnu Orchestra o Lifetime, ¿no terminaban escribiendo para ellos mismos?
- No necesariamente, uno no puede evitar la información que tiene y con esto se desafía a la gente, la invitás a acercarse. Si las cosas se hubieran hecho de acuerdo a las reglas que se ajustaban a lo aceptado en aquel momento, el arte no hubiese avanzado nunca, siempre hubiese sido igual al del día anterior. Hay que agradecer que los músicos se atrevieran con algo más y que efectivamente al principio era nuevo. No podía ser aceptado naturalmente por el público. Pero esto es lo que provoca el avance.
- La recepción de la obra, ¿cuándo es un placer y en qué momento se transforma en un problema?
- Ahí hay todo un prejuicio que es comprender o no. Se ha manejado mucho la postura de que ciertas cosas están ligadas a un coto excluyente. Como territorios de pertenencia y exclusión, los que saben las reglas y los que no la saben. El asunto es saber las reglas pero además compartirlas, si no ¡qué gracia tiene! En el Colon pasa con frecuencia. Si alguien aplaude entre movimiento la ofensa es terrible, cuando debería ser un momento de profunda alegría pues significa que hay gente nueva. Se habla de la democratización pero hay una cosa social muy fuerte y usual con ciertos ambientes sociales, cierto uso de la admisión... No es necesaria la mimesis pero si es necesario el respeto. La cultura no se puede medir objetivamente.
- ¿Cómo se lleva con la leyenda del crítico como músico frustrado?
- Todos los músicos son críticos frustrados. Además la actividad preferida de los músicos es hacer críticas. Les encantaría estar haciendo críticas y poder criticar a los críticos. Hay una cosa real, los críticos tenemos una tarea bastante impune. Generalmente estamos puestos en el lugar del saber y nadie tiene un saber tal como para decir ese tipo se equivoca. Normalmente no ocurre, con lo cual los errores de los críticos, rara vez son corregidos. Pero hay cosas que no son errores de los críticos y a los músicos no les gusta, este es otro punto.
- Hay críticos que tienden a escribir para sí mismo o para otros críticos.
- Yo no trato de escribir para los críticos porque no quiero ponerme de ejemplo de nadie, ese es un lugar que para nada quisiera ocupar. Uno de algún modo selecciona naturalmente a su lector. Cuando escribo en Página/12 imagino a un lector curioso con la cultura, con ganas de escuchar cosas que no conocía. Si escribo para la revista Clásica, que es un público interesado de por sí en la música, doy por entendido conceptos con los que no puedo trabajar en un diario. Ahí los críticos tenemos una pequeña desventaja, y es que no lo podemos demostrar auditivamente, es un saber circulante y uno debe cuidarse mucho de explayarse en este tipo de términos. Algunos de mis colegas y particularmente en la crítica de la música popular, es común que escriban para los músicos. Hacer una nota de Spinetta para que la lea Spinetta y mostrarle todo lo que sé de él y lo que estoy diciendo entre líneas. Si la gente entiende o no les importa poco y nada. Hay
una experiencia que se puede hacer en una crítica de rock: tapar los nombres propios. No te enteras de qué música están hablando. Eventualmente sus críticas son una enciclopedia británica mal hecha. En general, el nivel de la crítica en Argentina es muy bajo o inexistente.
- Miles Davies tenía dos claves evidentes: la forma de ejecución, casi sin ataque, y el sometimiento en las notas más tensas de la armonía. ¿Cuál era el secreto de esa maestría?
- Yo creo que el secreto es que hay secretos. Y si fueran develados no serían tales. La manera que tenía de combinar las cosas hizo que el resultado fuera algo inédito. Todo lo que tiene el efecto sobre la historia –y Miles lo tuvo– hace que un músico sea único. Factores determinantes en ese momento, poder demostrarlo, darse cuenta de cosas circulaban por afuera, un cúmulo de cuestiones que tienen que ver con su estilo. El estilo de Davies tiene ya de por sí algo interesante y esto que vos decías es cierto, es así. Esto de tocar las notas disonantes con respecto al acorde y al mismo tiempo con un ataque muy blando es raro, es una cosa que en principio genera interés. Todo lo que no es estrictamente conocido pero que se basa en lo conocido, te genera interés o rechazo. Y el rechazo es en cierta medida una forma de interés. Había gente que opinaba de Davies: “esto no es jazz”, “así no se toca”, “trompetista era Gillespie”.
- Tal vez su cualidad haya sido estar en lugar indicado con las personas indicadas.
- Tiene que ver con los músicos que se juntó, haberlos elegidos, crear una dinámica grupal que permitiera cierta experimentación y la aparición de ciertas cosas. Tener una personalidad increíble para que esa dinámica funcionara. No pasa solamente con Davies, también con Coltrane, Bill Evans, Monk, Mingus, Beatles, Floyd, Crimson, Piazzolla, tipos que para usar un término lacaniano se acercan a “un real”. La cantidad de variables para que eso suceda son casi infinitas, y no siempre se da en toda la obra, por ahí se dio en un momento y con eso alcanza. Charlie Parker probablemente con dos o tres cosas que hizo escuchaste toda la obra. Después lo que hizo fue circular alrededor de ese tipo de cosas. Lo hizo todo el tiempo con un estilo absolutamente único, novedoso, genial, expresivo, sorprendente. Davies trabajó en otra línea, fue como cambiando, lo curioso es que Davies modificó lo de alrededor, por ahí siempre tocó igual y las mismas
cosas. No es muy distinto lo que tocaba en los discos con Marcus Miller a cuando tocaba be bop.
- ¿Se puede decir que esta actitud de Davies de enrolarse con gente que está permanentemente en la vanguardia halla sido el germen del free?
- Sí y no. Creo que Davies es el detonante, quien recoge ciertas cosas y les da forma y la notoriedad para que eso resalte. No fue ni el primero, ni el único. Y de alguna manera con el free, aunque uno pueda decir que deriva de un Davies anterior, no solamente se detiene allí, también la improvisación y la tradición colectiva de Nueva Orleáns están presentes. El propio Monk siempre fue contradictorio en ese sentido, porque la mano izquierda siempre juega con la tradición más antigua (como pre-moderna) a lo Earl Hines, mientras que la mano derecha es una mano moderna, vanguardista incluso. El free sale de muchos lados y Davies le contesta al free con algo que no es el free pero que es una ruptura de la modalidad que el venía haciendo. Lo hace varias veces, pero particularmente en una oportunidad realiza una especie de auto-inseminación. Una ocasión muy clara es la del quinteto del ‘63, del quinteto de Coltrane que culmina con Kind of the
- Blue. De ahí sale el hard bop y por otro lado sale la línea que cruza la modalidad de K.O.B. y arma todo lo que es del ‘59 al ‘61 de Blue Note. Particularmente Hancock y Shorter son hijos de Davies en algún sentido pero desarrollan una estética distinta. Y Davies se junta con ellos. No toma músicos de otra línea sino de la rama de su familia, herederos y provoca nuevos hijos. Y es ahora Davies quien toma más de Shorter y Hancock, inclusive para hacer Kind of the Blue. Si escuchás cosas anteriores a Kind of the Blue de Shorter y Hancok hay cosas de K.O.B que ya están ahí.
- En lo personal, ¿lo afectan las estéticas ligadas al nazismo?
- Absolutamente. Es un tema complicado por las influencias que tiene. Un artista puede ser nazi y su obra no serlo. Es el caso de Ezra Pound en la poesía, cuya lectura a uno le puede deparar un inmenso placer, un enorme estímulo intelectual. Pero Carmina Burana es una obra nazi, hecha con fines nazis para las olimpíadas de Munich 36´, finalmente no se usó porque el autor (Carl Off), no llegó a tiempo, y se hizo un ballet con esta música. Obra que además coincide claramente con ciertos ideales que uno podría emparentar con el nazismo: la idea del primitivismo, inscribir el presente en una vieja tradición germánica, la idea de ritmo rector muy fuerte, la idea del unísono. Esto en Carmina Burana aparece todo el tiempo: la aparente existencia de muchas voces aunque en realidad hay una sola, rectora, las falsas fugas, momentos donde va a empezar pero es un unísono. Ahora, todo esto yo lo sé porque está en el nazismo; si yo escuchara esta música
desprovista de ese saber, me puede gustar o no. La pregunta que vos hacés tiene varias facetas y es casi imposible de transcribirlo a un autor que puede ser nazi y su obra no serlo. Una obra puede ser nazi o responder a cierta estructura nazi y sin embargo no tener nada de bueno o malo en esto, puede incluso tener una temática nazi y a uno lo puede irritar (como último aspecto) o no en la medida que el planteo esté más o menos cerca del daño personal y lo que uno siente como su propia historia. Si mañana se compusiera una cantata con textos de Camps y se hablara de la gesta heroica del ejercito argentino en la derrota de la subversión internacional y de cómo el marxismo estaba metido en todas las ramas de la sociedad, no se la podría escuchar. Así tuviera una música maravillosa y estuviera escrito con las más hermosas de las versificaciones. No podría porque estaría muy cerca de los amigos que desaparecieron. Está muy cerca de enaltecer
a aquellos que en mi caso yo odio. Dentro de 200 años es posible que se muestre a esta obra como el arte de fines de siglo XX en Argentina y es uno de los pocos ejemplos que quedan de cómo enaltecer aquella dictadura, de la cual nadie se acordará nada.
- ¿Qué piensa de la decisión de Daniel Baremboin, de tocar Wagner en Israel?
- Tomemos un caso de Baremboin. Él decía que cuando se acerca un sobreviviente que tiene un número marcado en el brazo y le dice “maestro, por favor no toque música de Wagner”, la cuestión no pasa por gustos musicales y estéticas. Y tiene razón. Ahora si Baremboin hace bien o mal tocar Wagner en Israel es un tema que me excede. Supera a la cuestión estética, pasaría a ser un tema de Estado. Aquí hay en juego un factor político que es mucho más poderoso.
- ¿Cómo se lo relaciona a Wagner con el armazón ideológico del régimen nazi?
- Wagner no era nazi. Porque el nazismo no existía en la época de Wagner. Tiene un valor simbólico, fue usado por el nazismo y fue usado para el exterminio. De haber existido Wagner en esa época hubiese sido casi nazi con certeza. Y para los sobrevivientes, para quien tiene una relación directa con esa situación, yo entiendo que esa música es ofensiva desde lo emocional. Suponer que la música de Wagner tiene ingredientes que enaltecen el totalitarismo o el nazismo es en definitiva darle un poco de razón a los que se quisieron apropiar de esa música. Wagner era un mal bicho que creía que tenía una causa justa, estética, en la que justificaba seguir componiendo y se han hecho las peores aberraciones en nombre de una causa justa. Stan Getz también era un mal tipo y su música transmite una paz que el jamás tuvo. Misterios de la humanidad.

Amor Gitano
















Con lentitud y casi como una reivindicación europea frente a la omnisciencia del jazz estadounidense, en estos últimos tiempos está empezando a recordarse otro género: el jazz gitano. Dos acontecimientos recientes lo tienen como objeto: por un lado, El DVD doble
Stéphane Grappelli: A Life in the Jazz Century, saludado como un prodigio de técnica documental, que consigue mantener, a pesar de algunas largas y aburridas entrevistas, el interés con referencias históricas mundiales y con algunos impactantes registros fílmicos de Django Reinhardt con el Quinteto del Hot Club de France. También, como características atractivas del DVD, uno puede ver la escenografía impresionante y kitsch de la Paul Whiteman Orchestra, escenas de Duke Ellington con tres violinistas, la banda de jazz humorístico Gregor et ses Gregoriens, el inmenso piano de Art Tatum o el primigenio dúo de Joe Venuti y Eddie Lang.
Otro es el álbum, también doble, Gipsy Jazz School: Django's Legacy, cuyo primer CD presenta a Reinhardt y a sus congéneres, dejando a los actuales legatarios en el segundo. El álbum apunta directamente a un problema que el DVD, al hacer un recorrido sobre todo un siglo y casi todo un género, apenas insinúa: si existe algo así como el jazz gitano, (en realidad, una derivación europea del swing) se trata de una música muy característica que siempre gira alrededor de un mismo punto: la guitarra de Django Reinhardt. Como un imán demasiado poderoso, como un sol deslumbrante entre astros menores, la música de Reinhardt define por contraste todo lo demás. Los guitarristas se acercan más o menos a Reinhardt, (así como los violinistas se parecen más o menos a Grappelli), y eso es prácticamente todo lo que puede decirse de los que encaran esta
música. La historia del jazz gitano (o jazz manouche, expresión francesa que significa «gitano») es la historia de Django Reinhardt y de su encuentro con Grappelli. Un relato con su dosis de leyenda, aventura y melancolía.
Grappelli era un maestro de su instrumento, que empezó a tocar a los doce años, para trabajar en bandas de baile de París. En 1933 conoció a Jean Baptiste Reinhardt, un gitano que a pesar de haber perdido movilidad en dos de sus dedos creó un estilo de guitarra exuberante y ornamentado que durante unos años fue el más influyente, con grandes seguidores como el argentino Oscar Alemán y los norteamericanos Charlie Christian y Les Paul.
Ambos formaron el Quintette du Hot Club de France, con Joseph Reinhardt y Roger Chaput en guitarras y el contrabajista Louis Vola, y tomaron el cielo por asalto. Con su estilo efectista y virtuoso, «Django aterrorizaba a los otros guitarristas», declaró Grappelli.
Entre ellos no se llevaban bien, se dice. Grappelli, que había tenido educación formal en el violín y que era un ejemplo de sofisticacion francesa y Reinhardt, que no sabía leer (ni música ni el alfabeto) y que no se interesaba por nimiedades tales como contratos, horarios de grabación, ensayos y demás, eran dos mundos distintos. De todas maneras, el swing infeccioso de su
música (que con sus apelativos de gitano o manouche quedó para siempre atribuida a la esfera
Reinhardt), ese jazz con sabor europeo y gitano, superó, durante un tiempo, esas diferencias. Louis Armstrong, entre otros, se moría por improvisar con ellos, según cuenta la leyenda. Duke Ellington llegó a grabar con Grappelli e intentó una gira norteamericana de Reinhardt que fue un completo fracaso. La guerra y el be-bop los separaron. Grappelli, a quien no le gustaban las duras
innovaciones del nuevo jazz, se marchó a Londres para seguir tocando, básicamente, siempre lo mismo. Reinhardt pasó la guerra en Francia y, durante un tiempo, trató de coquetear con el
bebop. El dúo volvió a reunirse después de la guerra pero la temprana muerte de Django en 1953 frenó el avance de la música. Grappelli murió en 1997, haciendo jazz gitano hasta el final. Son muchos, y principalmente guitarristas, los que mantienen la leyenda: el Rosenberg Trio, Angelo Debarre y, especialmente Bireli Lagrene, cuya historia de guitarrista gitano y niño prodigio espeja la de Reinhardt. Heredero espiritual de Manouche, Lagrene también intentó con la fusión, sin buenos resultados, para volver, acompañado a veces por violinistas, a la djangología. Así, el
jazz gitano, cuando no cae en el afán arqueológico, suena siempre con la melancolía de las felicidades pasadas, una alegría teñida de nostalgia.

martes, 24 de junio de 2008

Con la música a otra parte

Por Paul Citraro (Revista Lote - Noviembre de 2002)

El mundo del blues lo conoce como Botafogo. Es el discípulo predilecto de Pappo. Recientemente finalizó una gira por el Japón donde es tan alabado como Troilo. Tocó con los grandes históricos pero no duda en tocar con la banda de un pueblo ignoto, o en venir a Venado Tuerto próximamente. Miguel “Botafogo” Vilanova, uno de los mejores guitarristas argentinos, que a pesar de su basta carrera todavía tiene interés en mantener en pie la reserva moral del blues argentino.



“Si los amantes del blues van al infierno entonces, es verdad que vacío ha de estar el paraíso”. Beto Leone, de su programa radial “Cosas de negros”


El blues le sienta bien

Estoy parado en la esquina de Uriarte y Honduras, en pleno barrio de San Telmo. Tengo la cabeza hinchada –de placer y llena de reveses– después de hablar como dos horas con Diego Fischerman en un café que no me acuerdo cómo se llama, en diagonal a otro café que sí recuerdo bien: Finisterra. Desde el teléfono público del bar donde no consumí nada, marco el número de Botafogo. Atiende Dafne, su mujer y manager. Le recuerdo la nota para la revista Lote. Voy por la segunda entrevista del día y se me adelantó el viaje de regreso a Venado. Estoy apurado, le digo a Dafne. Yo también, –me responde– me tengo que ir, pero seguí insistiendo que “Bota” está por llegar de tocar de Entre Ríos, sabe de la entrevista. El sol del mediodía porteño quema distinto que en un pueblo. Tercer llamado. Se escucha el hola cansado, como si fuera de alguien que viene de hacer una gira por el litoral, de tocar con gente que desconoce, sin importarle demasiado lo que cualquier perejil pudo haber dicho: Eh!, Botafogo tendría que tocar con músicos de mayor nivel!. Es que el legado se da de esa forma, haciendo escuela, ensuciándose en el barro. Compartiendo, sudando.

Un rato después, ya en Colegiales, o por ahí cerca, el hombre que hoy puede tocar cosas que soñaba cuando tenía 15 años me invita a pasar mientras se predispone, a pesar del cansancio que trae a cuestas, para la entrevista. En el living. Algunos trastos propios ocupan el lugar; discos de difusión, papeles sueltos, carpetas, una repisa con discos compactos, algún que otro póster de los “ídolos” y el Fútbol a sol y sombra, de Galeano sobre la mesa larga en la cual estoy apoyado. Esperando. Botafogo protesta por la lentitud de los colectivos de línea. Ahora en su casa, reencontrándose con su comodidad, se echa atrás en el sillón frente a mí, y comienza a contarme cómo comenzó todo. Cuando era adolescente y se desarmaba sacando los temas de Peter Green, Mick Taylor, Clapton, B.B.King o todo lo que termine con rey y por supuesto, los temas de quien fuera nada más que unos poquitos años más tarde su maestro y amigo: Norberto Napolitano. Pappo.

El eterno encanto que tiene el blues, a Botafogo no dejó de visitarlo. De ayudarlo a conservar su escalística, sus acordes, sus introducciones, sus turns arounds, sus yeites. Qué mejor forma de definir la mecánica y la mística del género si no es por boca de alguien que lo transpira día y noche. Y rememora en cada acorde el momento más lindo, el del enamoramiento, que pasea sin pedir permiso por la escala de los doce compases.

Tristeza en la ciudad

Se dirige sin dudarlo a la tristeza del blues, sin negarla, aunque sabe muy bien que no todo termina ahí. “Siempre existió, pero también es cierto que como contrapartida se pudo tocar algo divertido, está dentro de lo legítimo, y está inserto en la historia misma del blues”. Agrega. “Algo más estridente en el blues, dio por resultado al funky. Esa es una evolución notoria al funky, al rhythm & blues, al soul, que también metió lo suyo” y no se detiene hasta llegar a la expresión más explosiva de la segunda mitad del siglo pasado: el rock & roll. Pero sin desviarse demasiado de la consigna original y recalcando por qué el rock & roll –especialmente el inglés– cayó bajo el hechizo de los bluseros americanos y explica en forma fundante los elementos que nutrieron a la corriente que le saca el sueño. Desde hace ya unos cuantos años, claro. “Entre todos los recursos rítmicos que fueron colándose en el blues, los ritmos tropicales fueron importantes en su evolución”. E inmediatamente añade: “se sabe que el uso del acordeón verdulera de los viejos inmigrantes francos del lado de la colonia francesa del Mississippi, también hicieron su gran aporte”, y casi a dúo mencionamos al rey indiscutido del zydeco, al referente máximo si de fanfarrias festivas se trata, Clifton Chenier. Lo que Muddy Waters al blues de Chicago.

Botafogo, toca dos acordes cada vez que habla y vuelve a la base rítmica original, no se permite dejar de citar a los artistas que han aumentado su visión sobre el blues. Bucea en el pensamiento, sale a la superficie y deja ver parte de los que fueron sus mayores influencias; Willie Dixon, John Lee Hooker, Robert Johnson, Son House y una vez más, Muddy Waters. Y vuelve a la carga con el pianista de ragtime, Scott Shoplin y sigue confeccionando mentalmente una lista que muere en silencio.


La juventud es una actitud y no una edad

Empezó a jugar en primera “A” –como dice él– tocando el bajo, y siendo un nene de diecisiete, en el mítico Pappo´s Blues. Más tarde integraría las filas, ya como guitarrista de Engranaje, Avalancha y Tren Plateado y formó parte de unas bandas argentinas –que injustamente han sido poco recordadas– Carolina, entre ellas. Luego vino Studebaker en el período del ‘76 al ’77. Un trío de amigos, (“Yalo” Lopez y Daniel Demaria) que con el correr de los años y el retorno al país de Botafogo, después del exilio, se reencontrarían y darían forma a la agrupación, quizá, más conocida que haya integrado: Durazno de Gala. Ese fue un viejo sueño hecho realidad.

De la época de su estadía fuera del país, en pleno gobierno de facto de los setenta, recuerda en tono anecdótico: “No fue una decisión de mi parte que tenía que ver con lo político, lo mío pasaba por encontrar un lugar donde yo me pudiese desarrollar como músico, había probado el dulce con Pappo y las otras bandas, tenía bien claro en ese aspecto lo que quería. En España pude alcanzar algunas metas elementales que me había propuesto; vivir de la música, grabar, conocer el sistema de las discográficas, lo que significa tratar con los managers, con productores. Todo eso se fue dando y me sirvió mucho. España me sirvió para todo eso y mucho más. Además tuve la dicha de conocer a grandes músicos, muy comprometidos, sobre todo con la realidad socio-política de ese entonces”.

Hay algo más, y tiene que ver con la satisfacción de descubrir otro universo. La llegada de un hijo. “Cuando Dafne estaba embarazada, yo estaba de gira y fueron los Barón Rojo quienes la llevaron a la clínica a internarse, para el nacimiento de Andrés. Historias que tienen que ver con España”.


Durazno de Gala, los proyectos solistas y los pesos pesados

Durazno de Gala fue la banda en la que permaneció durante más tiempo, cuando regresó a la Argentina de la democracia nueva, en 1984. Siete álbumes, y la paralela participación como músico estable al lado de legendarios músicos de la historia del rock argentino; Rinaldo Rafanelli, Vitico y Miguel Cantilo, además de grabar con ese nuevo fenómeno grupal de la fémina vernácula: Las –argentinísimas– Blacanblus. Y claro, tampoco podía faltar un aporte, por pequeño que sea, con el Pappo´s Blues de las últimas formaciones. Como para volver a despuntar el vicio.

No menos satisfacciones artísticas fueron las que produjo el desembarco de los históricos del blues a nuestro país –en plena convertibilidad y ebullición de los 90´– y con la designación de Durazno de Gala como banda soporte de James Cotton (1993), Carlos Santana (1993), Taj Mahal (1994) y en cinco oportunidades consecutivas teloneando al rey, Blues Boy King (del 91´al 95´). Aquellas funciones con Durazno y su etapa solista tocando en los escenarios antes de King, las recuerda con la infinita emoción de un niño. “Fue hermoso conocerlo al maestro de cerca, una cosa grosísima”, después siguieron viniendo otros grandes Buddy Guy (1995), el guitarrista de jazz Scott Henderson (1998) y Jeff Beck (1998)”. En esos años Botafogo devuelve las gentilezas al país que acuna al género desde hace más de un siglo y toca como invitado con la plana mayor americana, con algunos de los mejores armoniquistas que ha dado el blues contemporáneo: Junior Wells, Bruce Ewan y Carey Bell, y el pianista Deacon Jones. Y como un regalo navideño de manos de Papá Noel, la oportunidad de tocar con Hubert Sumlin, guitarrista y cuidador de ovejas del “lobo aullador”, Howlin Wolf.


La escena local

Esta búsqueda que comenzó hace mucho tiempo y todavía continúa, es producto de lo que podríamos llamar su condición de eterno insatisfecho. Por lo cual el músico intenta acercarse a la más alta concepción del espíritu, a corazón abierto. A puro temblor. Gambeteando a las desventajas que nunca terminan. Tirándole un caño al sistema discográfico. Reduciendo el deseo a necesidad, porque la vida de un artista comprometido –como en esto caso– se redime de los imperativos económicos que debe soportar hasta el final o muere en el intento.

Con respecto a la desoladora situación actual y a las condiciones casi inexistentes de evolución, Botafogo analiza la realidad de la escena local en relación a los artistas extranjeros. “Los músicos de afuera que han llegado al país, tuvieron en cuenta de qué manera nosotros estábamos haciendo blues y rock, contra una gran maquinaria que devora sentidos y atrofia la capacidad de apreciar música a través del mercado. En otros lugares al veterano se lo cuida con otro respeto hacia su obra, su trayectoria, sus discos, sus canciones. Por momentos me pregunto ¿qué hubiese pasado si Clapton naciera en Buenos Aires? ¿Habría logrado lo que Pappo logró desde Buenos Aires, desde un país como Argentina? Entonces por ahí perdemos la perspectiva, lo que pudo conseguir Spinetta, Pappo o Luis Salinas. Desde aquí tiene otro peso”. Se detiene un momento, sólo un instante como queriendo cerrar el comentario entre la bronca y la emoción. Se ensancha de orgullo y dice con el entrecejo fruncido, en tono amenazante: “Son nuestros, viejo”.


Estilos

“Desde la época de Durazno de Gala me he tomado el berretín de mostrarle a la gente que Pappo ya compuso El tren de las 16 y el Blues de Santa Fe y no hace falta cambiarle la letras a esos temas y seguir tocando lo mismo. Además Manal había mostrado ese pastiche que lograron ellos con una combinación genial de blues y jazz con letras arrabaleras. Entonces uno, bien lejos de querer compararse con esa obra maestra, intenta trabajar en un sonido un tanto más amplio. No llevo encima esa cosa de un sonido particular. Toco con diferentes guitarras, no soy fanático de una sola guitarra, tengo muchas marcas diferentes, me gusta el sonido de lo acústico, de doce cuerdas, el dobro... lo que no puedo hacer con las mujeres lo hago con las guitarras”.

Billie Holiday in Memory


"Si el sueño fuera como dicen, una tregua, un puro reposo de la mente... ¿por qué si te despiertan bruscamente sientes que te han robado una fortuna? La hora nos despoja de un don inconcebible, tan íntimo, que sólo es traducible en un sopor que la vigilia adora en sueños, que bien pueden ser reflejos truncos de los tesoros de la sombra, de un orbe intemporal que no se nombra, y que el día deforma en sus espejos"

Cómo ser millonario escuchando a Billie Holiday

La memoria aparece como una inversión en el tiempo; el pasado se hace presente, el ritmo de la vida cotidiana se altera y aquello que fue en su momento, con el destino de perderse, vuelve a ser. Como una trampa al tiempo. De este modo, está asociada la idea de la memoria a la idea del alma. Como aquella que viaja a través de la memoria en busca de un saber oculto, que es verdadero en sí. Y que, por ningún motivo, permanece disfrazado o escondido. Ese saber, necesita ser develado a cualquier precio.


Verano del 2008."Blindfold-test" con Willy Tondo (inclaudicable compañero en las cercanías del derrotero), redescubrimiento de Billie Holiday. Al girar ruidoso, ese destartalado tocadiscos (o pasadiscos) que caprichosamente giraba a 45 revoluciones por minuto, encontré mi vida anclada en el pasado. Parece una noticia lennoniana; "la vida es algo que te pasa, mientras tú, estás haciendo otros planes". Y en ese sentido de giro interminable que tiene un disco (como se le decía tiempo atrás antes de ser vinilo definitivamente), el descubrimiento, la conquista, son posibles y pueden cambiarte la vida para siempre. En principio descubrís que el tiempo no sólo se limita a la audición del disco que tiene un comienzo y un final. El tiempo pasa a ser una instancia continua en el presente. En la medida que la música se celebra en las emociones del oyente, la vida sigue caminando parejo con nosotros. Al momento de finalizar, el disco y su audición, el tiempo en que vivimos, nos saca una cabeza o varias. Aparece el recuerdo en toda su dimensión. Y el recuerdo, habita en el pasado, claro. Y es posible pensar la figura de Billie Holiday escapándose de la portada de un disco compacto o de un vinilo. Y se la puede imaginar, muerta de hambre y frío. Quizá, temblando de miedo ante la inminente aparición del dealer de turno o de agentes federales tan incansables en la persecución como perros de caza. Asfixiada con el aire amargo de una violación. O la decepción que puede traer una noche mal paga en un club nocturno de mala muerte. Y es el destino el que transforma esta jugada un tanto maliciosa en arte. Este modo de representar la realidad. Dar cuenta de lo que acontece en el mundo y la verdad que sólo veían dos ojos. Esa verdad como proyecto de transformación y cambio. Y vaya si cambió... Entonces sí, sin saberlo, Billie Holiday, empezaba a transformar el arte. Que ya no se trataba de un mero elemento decorativo. Y contradecía sin saberlo, su propio postulado; "la música no es arte". El pensamiento de Billie tiene cosas muy interesantes. Sabiendo que la existencia humana en más de una oportunidad no tiene sentido. Sabiendo que mientras un solo hombre es esclavo, la humanidad padece la esclavitud. Sabiendo que por momentos es absurda esta vida, regida por un Dios egoísta, por asesinos blancos. Y aquello por lo que se lucha, a contramano del mundo, nunca llega. Nunca se logra. Billie insiste en cantar al dolor. En sublimar la rabia que seguramente sentía una negra, una afro-americana, en la década del 30. Cabe preguntar, volviendo al presente... en la posibilidad de haber contado con una técnica depurada y pulida a modo de perfección sonora...¿qué hubiese sucedido? Sí, es cierto, Billie, con ese mínimo aditamento plus, hubiese escrito la historia de la música popular dos veces. Pero prefirió buscar la naturaleza debajo de sí misma. Un lugar para la intriga, para el refugio de lo singular como lo verdaderamente humano. Es decir, su propio ser. Aparece grande la letra de "Fruta Amarga", al momento de leer ese poema bisagra:...una extraña fruta que crece/ en los árboles del sur...del cuerpo de un ahorcado/ un negro bocón... en su compromiso con lo interpretativo como un trazo negro del lápiz en el límite entre un color y otro. Billie canta como una salvaje el dolor civilizado. Y tiene un remedio civilizado para combatir un dolor salvaje; la heroína. Quizá ahí aparece el rostro de la venganza en toda su dimensión. Por eso, de algún modo, es posible otra lectura de la civilización. Una lectura que a los hombres nos deja muy mal parados. Y tiene íntima relación en el pensamiento que todavía seguimos creyendo, que podemos dominar a una mujer. Siendo que toda mujer está escondida en la belleza de Pandora. Y esta intriga que es el deseo de Pandora de querer dominar al hombre. Por eso, acaso, la venganza más divina sea, ni más ni menos, el amor de una mujer, en esta necesidad que tenemos los hombres de querer hacernos trascendentes a través de la continuidad en un vientre. Y la especie humana sea el modo que tenemos los hombres de pagar lo que todavía debemos. Por un instante algo tan absurdo como creer que ser millonario, es sólo tener mucho dinero. También es cierto que la verdad no necesariamente nos vuelve felices.

Sin Religión

Se sabe, se sospecha siempre de la leyenda que puede cargar una mujer "asesinada por la sociedad". Podría estar en la misma vereda de Charlie Parker, como una suerte de homólogo rebelde y sensible sin fin. Pero no. Yo, Billie Holiday, estoy más cerca del morboso imaginario público que de un mundo visible...


Tres Canciones en la Vida de Billie Holiday

(Ensayo – Dramaturgia)


El mármol del Recuerdo (Canción 1)

Mi voz ya no necesita de mi cuerpo. Porque sé muy bien que mi voz renacerá. Lo digo por esto del jazz y sus metáforas. Y por ahí, a mí, Eleonora Flagan, perdón, Billie Holiday, me invaden amnesias medicamentosas. Por eso mi estilo es el de la reconstrucción permanente. Me parece, que a nosotras, no nos queda otra forma de llevar adelante una existencia. Es lo que siento, es la necesidad que tengo de volver a los contornos de alguien, de reconocer su figura. La de otros, la de una canción, los recuerdos y hasta mi propia persona. Ustedes lo saben, la amnesia es la anulación de la sensibilidad, y todas las emociones que alguna vez sentiste, se disuelven. Es un horror vivir así, pero es mi única forma. Un método de guarnecerme del mundo y de mi personalidad.


Algunos todavía no se han dado cuenta. Me escuchan cantar y aseguran que mi estilo es mordaz, y falto de técnica y que lo mío está más cerca de una actuación teatral que de cantar. ¡Están locos! ¡Cuánta carencia de sensibilidad! ¡Cómo si hubiera que estudiar para cantar! ¡No saben, no entienden lo que significa cantar! Todavía, ni han descubierto que no puedo cantar del mismo modo la misma canción dos noches seguidas. No entienden que cantar no se trata de un ejercicio... Así, funcionan los hombres. Y, quizá, esa es mi gran desgracia, comprenderlos. Entender que el uso de la racionalidad para un hombre, no es garantía de nada. ¿A qué bestia salvaje se le ocurriría violar a una mocosa de 10 años? Ese fue el principio del fin para mí. Creía que nada peor me podía pasar. Que las fuerzas de este mundo negro conspiraban en mi contra. Por eso les pregunto, ¿qué saben ustedes lo que significa cantar? ¿Pueden entender que ahí está mi salvación? Ese, ese es el instante que puedo dirigir yo. Y solamente yo. Es mi momento y elijo el modo en que lo hago. Con quien, (hablo de los músicos, de Pres) y qué canción decido hacer mía. Les estoy hablando a ustedes, decirles; la canción, es mi única potestad. Y el único modo saludable que encuentro de llevar una vida plagada de tormentos. Si Dios existe, no ha sido especialmente generoso conmigo. ¿Por qué una mujer tiene que ver todo esto? ¿Porqué los linchamientos de mis hermanos? Ya les he dicho, seguiré cantando a pesar de ustedes, a pesar mío. Déjenme de una vez por todas cantar tranquila... sólo eso les pido ¡Si es lo único que me mantiene viva!


¡Qué raro... no han llegado! ¿Adónde estarán esos malditos agentes de narcóticos que todavía no han llegado? Lo sé, lo sé, soy absolutamente consciente que detenerme a mí por posesión de heroína les da crédito. Les da cartel. Pero mucho más les pesa esa canción. Una fruta amarga que no pueden dejar de paladear. Sufren en cada audición, sufren cuando esa letra les carcome la conciencia. Y esa es mi sutil venganza. Y este miedo atávico que solo una mujer viciada, como yo, puede sentir. Sólo es posible de convivirlo así. La sola idea de la venganza me produce escalofríos. Y también me alivia. Me alivia saber que de algún modo es posible equilibrar esa deuda.... de establecer una paga, de devolver con la misma intensidad el mal producido. Un mal y una venganza que todavía siguen latiendo adentro. Una venganza que devolveré con canciones, con miradas cómplices, con belleza de gardenia y con la intriga que es el deseo. El deseo de querer dominar al hombre. Y dominarlo con el apetito que sólo una mujer puede ofrecer a través de la posibilidad de hacerlo infinito. Quizá en la continuidad de un rostro pequeño...quizá un hijo (o el sólo acto que lo comprende) sea nuestra dulce venganza que siempre nos deberán.


Lo demás, me tiene sin cuidado. ¿De qué pacto suponen mi talento? ¿Qué infierno todavía me falta recorrer? El infierno, suele tener cara de mujer y olor a heroína, olor a polvo traficado. Se retuerce en los trapos estrujados, en el látigo del amo blanco, en el maltrato mal pago. Y yo, Eleonora Flagan, perdón, Billie Holiday, entiendo que mis deudas en esta vida están saldadas con mis canciones. Para la venganza...para la venganza, siempre hay un lugar. El guitarrista que suena de fondo, es mi padre.


Canción: "Strange Fruit" – Autor: Lewis Allan – Intérprete: Billie Holiday





Más Que Dios (Canción 2)

Mi historia tiene que ver con la obsesión. Sólo una joven obsesionada es más brava en el amor y la guerra. Yo creo en la música, no en el arte. Seguramente... ¡lo juro! ¡He visto! ¡He escuchado! ¡Dios es mi salvación! Para muchos es más cómodo creer en Dios. ¡Créanme! Cuando se viene la noche acuden a Dios. Cuando están angustiados lo hacen... Me preguntaba si será la comodidad de resolver el dolor, o simplemente si se trata de cobardes. A mí, no me vuelven a engañar tan fácilmente. No pienso ser esclava una vez más. No quiero ser esclava de alguien eternamente.

Por estos días, he conocido a Pres. Ese es el modo en que me dirijo a él. Pres es Lester Young. Es muy conocido, aquí por el ambiente y en el barrio, y en Brooklyn y en Harlem, también. Pres puede tocar el saxofón como si te estuviese hablando. Pres ha sido mi nueva fórmula de felicidad. Desde el día en que nos conocimos.

Estaba yo cantando en el Café Society Downtown, en nuestro barrio. Y aparece Pres. Increíblemente apuesto, refinado, delicado en el trato (siempre me ha tratado como a la reina que nunca fui)... y aparece entallado en su traje gris. Tal como es él; eternamente triste. Y se sienta a la barra del local. Recuerdo muy bien el modo en que miraba todas las cosas. El modo de mirarme a mí. Yo estaba feliz. Por primera vez, alguien me miraba del modo en que un hombre (dudo que otro sea capaz), pueda curarte con la mirada. Con una sola mirada. Estaba feliz y apelo al recuerdo sano para volver el tiempo y quisiera retenerlo...al tiempo, que se va...hacia Pres.

Había pasado mi primer entrada. Yo, a esa altura, seguía tranquila, orgullosa, mientras el pianista golpeaba el intro. Estaba por lo alto. Buena paga y la orquesta de Eddie Heywood cubriéndome las espaldas. Y ahí estaba Pres. Atento e imperturbable, mirándome, escuchándome. Es muy nítido este sentir del recuerdo que se apoya en mi memoria. Aún siguen retumbando sus palabras. Y no puedo dejar de ser feliz cada vez que lo escucho decirme; ¡Lady Day! Y mi respuesta fue, Pres. ¡Eso era él, un presidente! Un líder de todo. Era el amo de su instrumento. Podía tocar como nadie un tenor. Y eso enamora a una mujer dispuesta. Algunos músicos tienen una llave que abre fácilmente el corazón de las mujeres. ¿Por qué la gente se enamora? ¿Será la condición de la voluntad que nos acerca a la posibilidad de ser dos en uno? Esa noche, Pres, me propuso unirme a él en el amplio sentido de la palabra. Y ese fue el modo de construir una fórmula para estar a salvo del mundo. Por sospecha, en este mundo visible, teníamos el secreto de la eternidad bien guardado. Yo entraba detrás de él, al escenario y a cantar. Improvisaba con él. Y encontraba en la precisión de sus notas mi lugar. Podía cantar como a mí realmente me gusta. Y eso, no pasa todos los días. Nuestra fórmula para combatir al infinito, finalmente, encontraba una nube para subirse. Creo que habíamos logrado un puente de plata jamás construido, algo que nadie había alcanzado. Dos voces desesperadas, que buscan encontrarse en la eternidad, o en el casual encuentro que te puede dar una vida...Lester ”Pres” Young es el mejor hombre que he conocido. Es un hombre dichoso y sin adornos. Es más que un genial saxofonista, el mejor, es mucho más que eso. ¿Le gustarán a Pres mis caricias? Es irresistible y atormentante a la vez el misterio que encierra un hombre. Un hombre tan extraño y reservado. Como Lester. Un hombre que me ha devuelto la vida que creí haber perdido. Recuerdo claramente (a veces no puedo parar de pensar en ello), aquella noche que le pregunté con torpeza de niña, como un débil si le gustaban las mujeres...Y él, sólo me miró con ternura y dijo: “me gusta Lady Day...” Ese elogio simple y directo, ha sido de lo más bonito... Para mí, Prez, mi adorado Prez, es más que Dios.

Canción: "The Man I Love" – Autor – Gershwin – Intèrprete: Billie Holiday


Rota y mal parada (Canción 3)

Si los sentidos una sola vez me engañaron, con una sola vez, entonces no me dan garantías de que aquello que conozca del mundo sea verdadero. ¿Qué es el mundo? ¡El mundo es la peor pestilencia que haya existido! El mundo es la historia del dolor, del maltrato, de la incomprensión en la desesperación de la ambición blanca. Eso es el mundo para mí. Lo digo a pesar mío. Lo digo desde la autoridad que me da el fracaso. Lo digo por estar enganchada a esta maldita excusa terrenal que es la muerte blanca. Ese maldito polvo con cara de mujer que anda corriendo por mis venas. Ese maldito veneno que a veces, se presenta con un rostro de ilusión. Otras, bajo el signo de la corrupción en favor de los agentes de narcóticos que parecen no descansar nunca. Y otras, en mi aparición favorita, la redención del dolor en su estado extremo. Lo digo y lo confieso, alguna vez he fantaseado con la posibilidad de nacer nuevamente, pero no puedo, la heroína es más fuerte. ¡Suena paradójico, no? Es más fuerte la representación de lo femenino. Sólo el amor, en su momento oportuno podría salvarme, creo. Pero no está. Pres, ese hombre eterno que podía bajarte la luna se ha ido. Y si no pudiera alcanzarla, se las hubiese arreglado para bajarla. Pero... lo que está en juego con otra amabilidad es otra historia, una que incluye el dominio. Y Pres... Pres ya no está, se ha ido. Y ahora, la que sigue soy yo. Me preguntaba por un momento, luego de haber escuchado a Bessie Smith cantar "West End Blues", si la felicidad en este mundo absurdo, todavía es posible...

Recuerdo la película que hicimos con “Pops”. ¿Lo conocen, verdad? ¡Pops es Louis Amrstrong! Recordaba que actuamos de lo que somos en esta vida, sirvientes...y el bueno de Pops diciéndome, una y otra vez, tranquila Lady, ya vendrán tiempos mejores...

Pienso con frecuencia si una mujer sólo sueña lo que puede realizar... me preguntaba cuando conocí a John Hammond qué tan especial era ese hombre. ¿Por qué le dirían "el Magallanes del jazz"? John fue mi productor, desde siempre, cuando quinceañera, buscaba una oportunidad en aquel Club nocturno de mala muerte, probándome como bailarina y finalmente aceptada como cantante. ¿Tienes que estar hecha trizas para que crean en tu música? ¿Será necesario tener una vida clandestina como el condimento que la desesperación le puede dar a una interpretación? No lo sé... forma parte de ese misterio en el que la mirada de una mujer hace agua... ni siquiera alcanza mi música. Mi vida, y esta desgastada armadura que es mi voz. Puedo percibirlo. Se huele, se siente. Entra ferozmente por mi útero, y me dice en tono cómplice; "lo mejor que puedes dar, serán unos pocos conciertos, que sólo algunos menos recordarán de aquellos patéticos años fantasmales".”Dirán a cuatro vientos, se fue esa vagina negra que llegaba hasta los intestinos”. Daría mi propia historia, que es mi voz. Daría la vida misma, por volver a escucharlo a Pres... Gracias Pres, por estar en lo mejor de nuestros días felices. ¡No puedo creerlo! murió Pres... ¿Habrá ido al cielo o al infierno? Gracias Pres, gracias John, por permitirme ser tu estrecho. Pero ya no puedo cantar como antes. Me he convertido en una mujer insufrible, en el mejor modo posible del olvido. Mi cuenta bancaria solo accede a 60 centavos, y sólo cuento con los pocos dólares que llevo encima. Ya nadie me fía, ni siquiera me ven como a una buena yonqui a seguir alimentando con su maldita fracción venenosa. ¡Maldita esa primera compulsión que arrastró a todas las demás!...Terminé siendo el lugar donde la razón fracasa, y lo saben, aún desesperada, muriéndome, pienso que la felicidad, en este mundo absurdo, todavía es posible.


Canción: Billie´s Blues – Autor: Billie Holiday – Intérprete: Billie Holiday


Textos: Paul Citraro

Los Shakers "La Conferencia Secreta del Toto´s Bar"


Los amantes de Los Shakers, conocen muy bien la historia. Cualquier “yorugua” o algún argentino con simpatía por la tradición charrúa del termo bajo el brazo, sabe. Sabe, sin grandilocuencias que Los Shakers son un mito de uno y otro lado del Río de La Plata. Otros , tanto más ilusos, opinarán débilmente, acreditando en el mejor de los casos, haber leído y escuchado los discos de Los Beatles y creyendo empañadamente que los efectos de la psicodelia llegaban a Sudamérica también. Primero, los diseños creativos post-era-Beatle de formaciones uruguayas como; Los Shakers, El Kinto –con Rubén Rada y Eduardo Mateo-, Los Mockers, Los Delfines y algunos otros grupos montevideanos que ambientaban la escenografía principal del programa televisivo “Escala Musical”, no estaban ligados a otro condimento que no sea “un amargo” o, en el peor de los casos, un batón multicolor de alguna tía media loca y estrafalaria. Pero, principalmente, estableciéndose en los pocos registros sonoros de 45 rpm que llegaban a lento tránsito a las costas uruguayas. Una realidad simple y contundente. Esa pléyade de músicos que interpretaban con modelos de imagen y semejanzas a Los Beatles en su mayoría, la lideraron, sin discusiones, el cuarteto Los Shakers. Dos. Dos son los hermanos increíblemente dotados de musicalidad y negritud (la dicha oscura de; Rubén Rada, Lobo Núñez, Jimmy Santos, Yamandú Perez); los Fattoruso –Osvaldo y Hugo, esencialmente-, juntos a Roberto “Pelín” Capobianco y Carlos “Caio” Vila. Fueron, sin más, “la entronización” de los músicos que ejecutaban ese estilo de tiempos regulares o sencillamente los protagonistas de la música beat. Haciendo una pequeña salvedad, los Fattoruso, desde el 64/65, eran mejores músicos que la dupla Lennon-McCartney. Por un lado, Los Beatles, eran mucho más avanzados que cualquiera de sus competidores posibles, aunque como lo demostraría el disco “Abbey Road”, el límite de ese avance era el límite propio del género canción pop. Si bien, todos los grupos orientales venían de esa influencia primigenia, Los Shakers, y los Fattoruso, demostraban que sus virtudes musicales iban por encima del resto. Y aquí, es cuando aparece esa corriente de excelentes grupos como Los Delfines que no tenían el modelo de preparación de las Escuelas de Artes inglesas pero aun así, se las arreglaban para estar a la altura de y sonar como The Kinks de Ray y Dave Davis y The Animals con Eric Burdon a la cabeza. O la influencia de Los Moody Blues como uno de los precursores del movimiento sinfónico que, “a posteriori”, tendría bases en el grupo Procol Harum, los dueños absolutos del gesto “bachiano” en la recordada introducción de órgano de “A Whiter Shade of Pale”/traducida como “Con su Blanca Palidez”. De regreso, Shakers. Solo editaron cuatro discos. Tres, en rigor de la primer época que desató por estas latitudes, lógicamente, la “shakermanía”. El tercer álbum, “La conferencia secreta del Toto´s bar”, definitivamente influenciado por el Sargento Pepper de Los Beatles, es una obra que “en concepto territorial” es de similar concepción artística a la de los ingleses. Tanto en la escritura para solista en la utilización de la “trompeta piccolo” en la canción de apertura a la modalidad de “Penny Lane” o, por qué no el uso del corno francés en “For No One”. En cambio “Oh, mi amigo” aparece con una influencia tanto más cercana de base en contrabajo y solo de guitarra como primera voz, seguramente escuchada en “You´re Gonna Lose That Girl” en el álbum Help. Si Mc Cartney en la concreción del Sargento Pepper se brotaba inspirado y poseído buscando vanguardias e información musical en Karlheinz Stockhausen y Luciano Berio, Hugo Fattoruso tenía las propias al demostrar que podía tocar Thelonius Monk y arreglar a la par de la incipiente figura no menos talentosa del músico argentino Jorge Calandrelli. Por eso es, Los Shakers, “en potencia”, fueron mucho más que Los Beatles. Desde el vamos, con una caligrafía perfecta en la composición rítmica, armónica y letrística en idioma original –componían en inglés-. Acortando no solo las posibles distancias entre Londres y Montevideo, también la iconografía del pop anglosajón. Con aires de baladas urbanas y “ruidismos piazzolleanos” (la singular pulsación de las cuerdas del violín) en “Mas largo que el ciruela”, la tradición tap y la inclusión de bandoneones y acordeones como un movimiento de riesgo impensado para el rock que luego adoptaría Almendra. En cambio, “Mi Tía Clementina” está muy cercana tradición europea con la incorporación de la tradición escrita –mal denominada música clásica- en el trato de las cuerdas del cello, tan cercana a la intención de “Eleanor Rigby”, pero en este caso, junto al acordeón recrea una polca europea, pero sin ese manual de consulta inmediata llamado George Martin.
Y el gran tesoro sudamericano, es, el primer “candombe-beat” de la historia. Una composición auténticamente adelantada, una canción que se llama, precisamente sin ninguna ínfula: “Candombe”. Entrado los 70, Los Fattoruso se radicaron en Estados Unidos junto al percusionista brasileño Airto Moreira, el bajista Ringo Thielmann y Rubén Rada en voz y redondeaban con “Opa” los contornos del candombe-jazz-beat. Mientras Mc Cartney sujeto a las bragas de su mujer, Linda, formaban la bandita pop “Wings”. A Paul le fue mejor, claro. Copaban el mercado americano. Hugo y cía. se conformaron apenas con descabezar la escena jazzística norteamericana –una de las más potentes del siglo XX-. De paso, cualquiera que vaya a Montevideo y lo reconozca caminando por las calles, puede gritar tranquilo ¡Tá vo Fatto! Será devuelto con un brazo en alto y una sonrisa. Simple y contundente. Bien uruguayo.

Los Shakers - La Conferencia secreta del Toto´s bar – 1968

Sudor Negro


Los jóvenes ingleses de posguerra preferían el sonido ligado al rhythm and blues americano. Si bien el sonido mersey beat patentaba un estilo con Beatles a la cabeza y otras bandas célebres de los tiempos flequilludos: Dave Clark Five, The Hollies, The Animals, Herman´s Hermits, The Kinks, fueron The Rolling Stones -sin dejar de pertenecer a ninguno de los dos movimientos- los que conservaron la tradición de la música negra. Se hicieron famosos cantando a los viejos maestros negros y conquistaron territorio americano y extendieron ese límite de frontera imaginario que ofrecía el rock´n roll. Cultivaron las maneras tradicionales del estilo y lo hicieron derivar en modismos musicales impensados. Hubo otros grupos ingleses que continuaron la tradición de ese rescate emotivo; Traffic -liderados por Steve Winwood-, Alexis Corner, Graham Bond, el primer Fleetwood Mac, quienes desarrollaron la idea del blues inglés y otras músicas que fueron llevadas hacia un grado de virtuosísmo y creatividad inexistentes por entonces. A propósito, otro grupo fundamental fue John Mayall & The Bluesbrakers. En ese marco, que disolvía (al menos por breve lapso) a la bacteria pop, la figura del cantante solista que recurría al repertorio de base que acuñaban estos grupos, también se tornaba esencial. Y como es costumbre, la apropiación de la tradición, es parte de un patrimonio inalterable en la construcción de un pueblo. De un esquema de referencias que hizo posible en el imaginario musical, la confusión si el blues y gospel tan cercanos a la negritud y patrones ligados a una raza -negra-, se pongan en tela de juicio al momento de la aparición de Joe Cocker. En fin, el camino del rhythm & blues ya no camina parsimoniosamente a orilla del Mississippi o hacía la plancha en un delta sureño. Sino, encuentra el camino inglés y blanco, muy blanco, y sonando más negro que el de los propios. Joe Cocker era un habitante de la clase trabajadora (hay similitudes sociales aparentes que van de la mano con el estilo) y era el líder del relevante movimiento de los cantantes imprescindibles. Por encima de un grupito que lideraba Long John Baldry, en el que incluía a dos voces potenciales: Rod Stewart y Elton John. De este modo, los ingleses habían logrado apropiarse de la expresión. Y Cocker, quien mejor reúne esta esencia. Como testigo, queda la expresionista y desgarradora versión de “With a Little Help From My Friends” en el festival de Woodstock. Claro que las similitudes y los intereses musicales habían contagiado a más de uno, Steve Winwood era el pianista de su grupo y además (entre otros ilustres olvidados) un joven guitarrista -que había estudiado con otro guitarrista mayor, John McLaughlin, hacía sus primeras armas en ese concierto memorable y luego separaría a The Yardbirds para fundar su propia banda Led Zeppelín: Jimmy Page.