martes, 21 de octubre de 2008

Aquellas pequeñas cosas


Por Paul Citraro
Las cosas empiezan como esperanza y terminan como costumbre. Parece. Y en este desasosiego, Dios perdona a quienes inventan fatuamente que lo necesitan. Tomen aire, asiento, aliento, licor, clorohidrato de base colombiana, redenciones. Sepan disculpar esta digresión. Es preferible el silencio como remedio homeopático a las sogas de la locura que entran como un vórtice por la nariz. Silencio. Ese silencio saludable que actúa como medicina al ruido sufriente y enquistado con marcada predilección por las madrugadas. El secreto de “El Gordo”, se transformó en una dirección tramposa y resbaladiza como la palabra verdad.
Su modo de hablar se parecía a sus manos. Hablaba, hablaba. Sin parar, con voz de barítono vibrante, vedado por la infecta moral de quienes toman a la simpleza como un altísimo gesto evolutivo. La tensión interior estaba a la vista y esa consonancia admirablemente melodiosa que solía pasear al mediodía, por las noches, se convertían en palabras de piedra. Fija. Seguro como la mierda. Y el mono tremendo. Aun por modesta que fuera la ración del mazazo ilegal, esa escala intermedia de tono y volumen, parecían volver a desvanecerse. Por esa semejanza puramente externa, que actuaba como un gran parecido al formalismo de las relaciones bien vistas -las aristas de la rigidez- y que no marcan demasiada diferencia ni consuelo en su interior. De igual modo, se sentía tranquilo y satisfecho, por fin, por suerte, había hecho todo lo contrario.

Visto con lupa era similar a un libro de Salinger. Contagiando, trasmitiendo cuando no gritando esa rara y saludable enfermedad espiritual, que los simples mortales cuando se nos da por otear de rengos, decimos; otra vez segregando las endorfinas a destiempo. Podría decirse, nadie ha tipificado mejor las tensiones y diatribas de una época árida de pensamientos mejor que él. Y con eso no alcanza. La unión entre borracheras y peleas callejeras da por sentado que habrá un nuevo manual imperfecto que sería solo ubicable en un solo conjunto orgánico; quienes no supieron dar más, quienes no pudieron dar más; los cainitas. De Caín.
Sentado al filo final del estaño canta contento una canción de “Memphis la blusera”, “La flor más bella”, creo, algo así relacionado con la decadencia compositiva. Canta desafiliado de entonación, canta, lo hace insistentemente sin saber como llegar a donde quiere ir. La postura es extraña, como pidiendo permiso en medio de gestos ampulosos y barrocos. Y llega la mano por el bajo fondo y estalla de alegría. Es un tano desaforado en un bodegón de las afueras, quién lo duda. No le importa, ni le interesa pedir disculpas por cada movimiento brusco contra el resto del mundo. Quiere. No puede. Decir con detallada serenidad que no se fijen en el, porque es demasiado irrelevante el estado en que se muestran las actitudes y las acciones indefendibles. Es cosa de chicos lastimados. Y al veneno se lo cura con veneno. Un toro sacrificado que mira por última vez al verdugo de 4 centímetros que está tirada sobre la mesa.
“Me darían una gran alegría si no se fijaran en mi, pero por favor, tampoco me olviden”. Al parecer, fuerza combinada con delicadeza no era su fuerte. Digamos una fuerza para que, precisamente lo pequeño, el detalle breve y sutil, es muy difícil de manifestar. Y volvía a la zerotypia. Según dicen los arquitectos del balero, una patología cuyo síntoma se trata de un interés particularmente morboso por cualquier causa. A lo Blake o a lo Morrison, queriendo meter la historia de lo sensible en un solo poema, encontrando la piedra Rosetta de todo, abriendo las puertas de la percepción, por ejemplo. Por lo que yo recuerdo, esas puertas, no lograron abrirse nunca.

viernes, 10 de octubre de 2008

El reino de Dadá


Por Paul Citraro
Existe un ejemplo claro de este proceso Dadá, cuyo reinado no ha sido tomado nunca con la suficiente seriedad en la literatura moderna. Que sería harto más que jugoso con las célebres figuras que han desfilado con esta manifestación del espíritu. El dadaísmo, no es un movimiento más del arte, tampoco una corriente de influencia considerable. El dadaísmo, fue una acción inmediata que intentó borrar y correr los límites del arte moderno. Y este reinado empezó con un suicidio en París y en su desarrollo, se cargó y encargó unas cuantas muertes más. Pero el caso en cuestión, eran sin dudas, la biblia del movimiento; sus protagonistas. Algunos eran simplemente chulos resentidos, proxenetas, mercaderes, encantadores de serpientes, esquizofrénicos con aires de artista y finalmente, los artistas; Jan Arp, Francis Picabia, Marcel Duchamp. Todos los que participaban desde los inicios “del movimiento”, dentro de sus vagas metas, algunas que eran anárquicas o demasiado dispersas coincidieron en lo siguiente: el dadaísmo será una caricia para el legado del siglo XX. El mismo que estará poblado por todos los rincones del planeta de mediocridad e hipocresía. Estas consignas, como luego también las sufrirían los gestores ideológicos del Mayo Francés de 1968, estaban sometidas tanto para los artistas finos que han sido mencionados, como para los cultores de los espíritus más retraídos. El fin dadaísta era la agitación destructiva contra todo. No solamente contra el establishment, sino también contra las altas clases y la burguesía que en parte eran su público y hasta contra Dadá mismo que bien se podría adaptar a nuestra sociedad: “Basta de pintores, basta de periodistas, basta de políticos, basta de generales, basta de comisarios, basta de comunistas, basta de socialistas, basta de peronistas, basta de proletarios, basta de leguleyos, basta de agentes inmobiliarios, basta de NADA, NADA, NADA. Ahí, es cuando emerge la figura de él, el gordo, con su grotesca humanidad, por fin encontrando un lugar a salvo del mundo. Lo mismo que Cravan, Arthur. El gordo le apuntaba al mito del poeta, crítico de arte –y crítico social, fundamentalmente de las fraudulentas movilizaciones sociales solapadas de beneficencia y caridad-, especialista en injurias, boxeador amateur y que murió en un extraño suceso un año antes que Vaché. El gordo, iba por eso, ser un Cravan en tiempos modernos, a seguir leyendo con devoción la leyenda ocurrida tanto tiempo atrás. Las que hablaban de unas cuantas reseñas sangrientas y le recordaban como punzones clavados en el medio del pecho, la historia de él, con su padre, quién había tomado malas decisiones en su vida y finalmente había terminado en la cárcel. Consecuentemente con esta postura, unos años después, terminaba muerto en una emboscada que nunca salieron a la luz los hechos concretos del caso. Ese no era el panteón que deseaba el gordo para su suerte. La fascinación corría por otros canales y bombeaba sangre en el encuentro con la leyenda de Cravan. Según había leído un artículo que cuidaba con devoción, escrito en su lengua original y publicado en la revista francesa Maintenant, Arthur Cravan había sido; hombre de confianza del rey, marinero mercante, ex campeón de box de Francia, encantador de serpientes, traficante de opio marroquí, canciller de la reina de Inglaterra, leñador, chofer en Berlín, cosechador de naranjas en California, malevo de esquina en Buenos Aires, etc. Todo esto, o gran parte, lógicamente era mentira, propio del espíritu dadaísta. Y ese alarde engañoso y seductor, fue su móvil permanente. A menudo pensaba en su pasado, y en el trabajo de su referéndum, de su camarada predilecto, aunque hubiese nacido un siglo atrás. Al fin y al cabo, tanto Cravan como el gordo sabían de sobradas formas que dadá, era solo una manifestación del espíritu.

El ídolo


Por Paul Citraro
(extracto de la novela aun inédita)
Una cosa es ser un personaje y otra muy diferente quedar atrapado en el. La respuesta, en términos aparentes, y no sin menos ánimos de ostentar un hallazgo tardío, tiene nombre y apellido; Fernando Pirchio Parodi. ¡El ídolo de la Turbamulta! Sí, es cierto, y aunque parezca una contradicción, el gordo era una bola de absurdo bizarrismo y carismático histrionismo delante de la pantalla. Algunos acólitos insistentes presuponían que, éste…, nació con un contrato televisivo bajo el brazo. Otros, entre realistas de ultranza y escépticos inquebrantables, se detenían también, sin titubear hasta quedar estáticos mientras duraba el hechizo de ese conjunto bizarro y kistch para el gusto refinado que era el ídolo. El tipo tenía ángel y demonio. Era dueño de esa teatralidad ampulosa y barroca que le provocaba estar dentro de la caja programada para los Domingos, a la hora en que se apaga el sol y suena el timbre de la melancolía. Era el modo explosivo de reinventar la vida a base de idioteces, romper esa fuerza implacable y persistente que se apodera de la gran mayoría y se conoce bajo el nombre de melancolía. Otros, algo más hundidos en la desolación propia y ajena, la llaman simplemente tristeza. Dos horas y fracción de pedanterías, ingenio, celebraciones alrededor de la mediocridad, sugerencias perniciosas y despuntar el vicio de ser famoso, ser realmente una opaca estrella televisiva y vivir como tal. Luego, llegando a la finalización de la programación, destruía sistemáticamente la parodia que regodeaba la popularidad y decía en tono de ingenuidad y malicia; -Ahora, me voy a tocar timbres, a jugar al ring raje- Todos, o casi todos, sabíamos qué se trataba (…)Alguien que al cierre de la programación televisiva, luego de regalar la mejor sonrisa al resto del elenco, reconstruía su propio paisaje en soledad del tóxico, que disparaba dos certeros balazos en la sien, como ir segregando endorfinas para los cuatro puntos cardinales de su cabeza. Un trago de whisky ordinario de la petaca guardada cuidadosamente en el interior del saco sastre de buen corte, y a la cancha, que podía ser cualquiera o simplemente no existir. Mr. Hyde disfrazado del gordo, había regresado en una de las formas más sólidas de la locura. Al borde de creerlo, encerrado en alguna especie de naturaleza animal y salvaje. Muchos se jactaban de haberlo reconocido en la noche arrastrándose como un perro herido hasta el lugar donde había nacido. Buscando el último gramo de cordura o una señal despiadada que lo movilice lo suficiente para sentir el envión final como amenaza y entregarse finalmente al deseo de buscar la forma de meterse en el cobijo de las frazadas propias, algo que anhelaba por encima de todo. Buscaba en el incordio de existir un fin silencioso de llegar a salvo al puerto de marras, algo, algo que lo separe por un rato sin por ello resignar el estilo propio que había elegido para su triste y ridícula vida. Acaso, aseverando una vida comprometida con la causa dadaísta con una meticulosidad en la insistencia de la autodestrucción a la que pocos se atreverían experimentar, de solo ver sus resultados y consecuencias. A veces, todo esto estaba en el medio del cuadro de la pantalla, esa amenaza visual que por momentos, lo adoraba, lo seguía, lo perseguía y, finalmente, lo perdía. Los otros, nosotros, los que seguimos haciendo cola para que nos atiendan, decíamos no sin cierto aire de desdén en la sonrisa fácil; el gordo “Pirrrcho” o “Chopirrr” es un personaje, un loco. La palabra loco, en este caso reunía varias acepciones posibles, pero, creo que se refería a ser, sin más pretensiones; sinónimo de autenticidad. El mito estaba cerca. Terminaba el programa y en cualquiera de los modos de cruzarse con el, día, tarde y noche, siempre, daban ganas de gritarle la célebre declaración de principios de autoría propia; “Ídolosss…de la Turbamulta”.