jueves, 13 de noviembre de 2008

Cantar



por Paul Citraro
Sospecho que Liliana Herrero no canta canciones, las camina. Busca la forma de ensimismamiento entre la poética y el latido. Su última placa se llama “Igual a mi corazón”. Y la palabra corazón ofrece riesgos al momento de mencionarla, rodea y contornea lo kistch, pero muestra como nada de que se trata el interior de ese sentir. Es como si hubiese estado procesando el modo de acercarse al alma de la canción desde que Fito Páez –literalmente- la empujó a grabar su primer disco en una modesta sala de ensayo en Caballito, allá por 1987. En ese punto de encuentro o de partida, empieza la nada trivial tarea de apropiarse del mundo y devolverlo hecho canción, composición, poesía, arte. Ver un concierto de Liliana Herrero, parece un absurdo del tiempo, una hora treinta, pueden resumirse en 10 minutos de intensidad, en esa delicada suspensión del yo en que pasamos a ser parte de un universo cantado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Pintura "Donde el barro se subleva"


Reportaje a Horacio Cacciabue
Por Paul Citraro
En un modesto intento de lograr establecer una reflexión sobre los modos y usos del color, las posibilidades en la combinación y el sentir de la expresión permanente, Rosario/12 se acercó a la obra del pintor porteño Horacio “Indio” Cacciabue y dialogó con él acerca de ello y la devolución se presentó de inmediato, sin sacar turno. Por momentos, la seguridad de que el color puede ser una idea, fue destrozada por alguien que no responde a los convencionalismos de la academia, ni mucho menos a las vedetinescas plumas de la expresión pictórica. Y las pruebas parecen no mentir. El resultado, está a la vista de todos.
Horacio Cacciabue nunca se repite, porque no ve igual la misma cosa dos veces. Sus pinturas están hechas a fuerza de sudor en la llaga de ideas tan simples y efectivas y tan conmovedoras al mismo tiempo; girar a contramano, caminar la tela como un zurdo -al que nunca le toca la sortija porque está a la derecha del caballo de madera- o llegar tarde al rincón para tirar la toalla. Y sin embargo, sigue, sigue dando vueltas. Parece no sentir el cansancio de andar finteando sobre el escenario de cuerdas, sonando en una melodía espiralada de Thelonius Monk o enchastrando una y otra vez las patas en el barro fresco que se subleva a la espera de la pisada gigante. El “Indio” Cacciabue siempre está en movimiento cuando saca a relucir el trazo grueso de sus colores, y permite que el expresionismo de ser un movimiento conjeturado, pase a cobrar vida en el movimiento perpetuo de sus pinturas. Escribe sobre la tela casi siempre de modo abrasivo, doloroso. Puede sentirse el humo de la ruina, el grito de la desdicha y el placer del aceite caliente que frita la marca indeleble. Cacciabue mira el modo de pararse al momento de comentar las heridas del tiempo, en las maníacas formas de buscar un “uppercut” que se viste de negro y rojo en las escenas de cuadrilátero. En la franqueza sonora de Chet Baker o del simple reflejo opacado que amanece junto a la orquestita del barrio, cuando Avellaneda toda, duerme. Esa misma liberación, se le hace atadura para intentar transformar a una fémina perversa en la redentora de sus sueños. Hay más, Cacciabue, pinta caminando las pérdidas que lo llevan una vez más, al instante perpetuo y solitario del creador. Y de yapa, nos arropa con su propia belleza, que es una melodía triste de una milonguita, o mejor, darnos el pie para salir a bailar con la más bonita.
¿Para un expresionista mirar el mundo duele menos que otear al corazón?
El expresionismo es el espacio habitable entre la razón y la nada. Mirar al mundo duele por toda la luz, duele de cromo el otear lento del zurdo.
Hay dos predominios en su obra; los colores violentos y los golpes coloridos
Predominan los colores violentos y los golpes que ladran y el absurdo de pretender hacer audible lo silente y mover lo estático.
¿Las paletas son obras por derecho propio?
Solo falta la firma.
Aunque usted quiera esconderse, su obra lo deschava; el tango, el jazz, el box, Buenos Aires…
Ando deschavándome todo el tiempo, como un chorro fracasado.
¿Su muestra “Donde el barro se subleva” finalmente, se trata un intento de fintear al pintor?
Responde al origen, como la muestra era en la bella Florencia, por Italia, apelé a mi origen, al suburbio, a Avellaneda, al fango, al sur y el aceite, allá donde el barro se subleva.

Horacio Cacciabue fue discípulo del maestro argentino Carlos Gorriarena. Actualmente inauguró en la ciudad de Roma (Italia), una Muestra de Retrospectiva de Acuarelas auspiciado por la Embajada Argentina. El 20 de Octubre estará presentando su nueva muestra “Tinta Negra, Tinta Roja” (dibujos de tangos instrumentales y títulos de tango) en el Centro Cultural Caras y Caretas de la ciudad de Buenos Aires. Prontamente, la muestra se trasladará a la ciudad de Rosario.

martes, 21 de octubre de 2008

Aquellas pequeñas cosas


Por Paul Citraro
Las cosas empiezan como esperanza y terminan como costumbre. Parece. Y en este desasosiego, Dios perdona a quienes inventan fatuamente que lo necesitan. Tomen aire, asiento, aliento, licor, clorohidrato de base colombiana, redenciones. Sepan disculpar esta digresión. Es preferible el silencio como remedio homeopático a las sogas de la locura que entran como un vórtice por la nariz. Silencio. Ese silencio saludable que actúa como medicina al ruido sufriente y enquistado con marcada predilección por las madrugadas. El secreto de “El Gordo”, se transformó en una dirección tramposa y resbaladiza como la palabra verdad.
Su modo de hablar se parecía a sus manos. Hablaba, hablaba. Sin parar, con voz de barítono vibrante, vedado por la infecta moral de quienes toman a la simpleza como un altísimo gesto evolutivo. La tensión interior estaba a la vista y esa consonancia admirablemente melodiosa que solía pasear al mediodía, por las noches, se convertían en palabras de piedra. Fija. Seguro como la mierda. Y el mono tremendo. Aun por modesta que fuera la ración del mazazo ilegal, esa escala intermedia de tono y volumen, parecían volver a desvanecerse. Por esa semejanza puramente externa, que actuaba como un gran parecido al formalismo de las relaciones bien vistas -las aristas de la rigidez- y que no marcan demasiada diferencia ni consuelo en su interior. De igual modo, se sentía tranquilo y satisfecho, por fin, por suerte, había hecho todo lo contrario.

Visto con lupa era similar a un libro de Salinger. Contagiando, trasmitiendo cuando no gritando esa rara y saludable enfermedad espiritual, que los simples mortales cuando se nos da por otear de rengos, decimos; otra vez segregando las endorfinas a destiempo. Podría decirse, nadie ha tipificado mejor las tensiones y diatribas de una época árida de pensamientos mejor que él. Y con eso no alcanza. La unión entre borracheras y peleas callejeras da por sentado que habrá un nuevo manual imperfecto que sería solo ubicable en un solo conjunto orgánico; quienes no supieron dar más, quienes no pudieron dar más; los cainitas. De Caín.
Sentado al filo final del estaño canta contento una canción de “Memphis la blusera”, “La flor más bella”, creo, algo así relacionado con la decadencia compositiva. Canta desafiliado de entonación, canta, lo hace insistentemente sin saber como llegar a donde quiere ir. La postura es extraña, como pidiendo permiso en medio de gestos ampulosos y barrocos. Y llega la mano por el bajo fondo y estalla de alegría. Es un tano desaforado en un bodegón de las afueras, quién lo duda. No le importa, ni le interesa pedir disculpas por cada movimiento brusco contra el resto del mundo. Quiere. No puede. Decir con detallada serenidad que no se fijen en el, porque es demasiado irrelevante el estado en que se muestran las actitudes y las acciones indefendibles. Es cosa de chicos lastimados. Y al veneno se lo cura con veneno. Un toro sacrificado que mira por última vez al verdugo de 4 centímetros que está tirada sobre la mesa.
“Me darían una gran alegría si no se fijaran en mi, pero por favor, tampoco me olviden”. Al parecer, fuerza combinada con delicadeza no era su fuerte. Digamos una fuerza para que, precisamente lo pequeño, el detalle breve y sutil, es muy difícil de manifestar. Y volvía a la zerotypia. Según dicen los arquitectos del balero, una patología cuyo síntoma se trata de un interés particularmente morboso por cualquier causa. A lo Blake o a lo Morrison, queriendo meter la historia de lo sensible en un solo poema, encontrando la piedra Rosetta de todo, abriendo las puertas de la percepción, por ejemplo. Por lo que yo recuerdo, esas puertas, no lograron abrirse nunca.

viernes, 10 de octubre de 2008

El reino de Dadá


Por Paul Citraro
Existe un ejemplo claro de este proceso Dadá, cuyo reinado no ha sido tomado nunca con la suficiente seriedad en la literatura moderna. Que sería harto más que jugoso con las célebres figuras que han desfilado con esta manifestación del espíritu. El dadaísmo, no es un movimiento más del arte, tampoco una corriente de influencia considerable. El dadaísmo, fue una acción inmediata que intentó borrar y correr los límites del arte moderno. Y este reinado empezó con un suicidio en París y en su desarrollo, se cargó y encargó unas cuantas muertes más. Pero el caso en cuestión, eran sin dudas, la biblia del movimiento; sus protagonistas. Algunos eran simplemente chulos resentidos, proxenetas, mercaderes, encantadores de serpientes, esquizofrénicos con aires de artista y finalmente, los artistas; Jan Arp, Francis Picabia, Marcel Duchamp. Todos los que participaban desde los inicios “del movimiento”, dentro de sus vagas metas, algunas que eran anárquicas o demasiado dispersas coincidieron en lo siguiente: el dadaísmo será una caricia para el legado del siglo XX. El mismo que estará poblado por todos los rincones del planeta de mediocridad e hipocresía. Estas consignas, como luego también las sufrirían los gestores ideológicos del Mayo Francés de 1968, estaban sometidas tanto para los artistas finos que han sido mencionados, como para los cultores de los espíritus más retraídos. El fin dadaísta era la agitación destructiva contra todo. No solamente contra el establishment, sino también contra las altas clases y la burguesía que en parte eran su público y hasta contra Dadá mismo que bien se podría adaptar a nuestra sociedad: “Basta de pintores, basta de periodistas, basta de políticos, basta de generales, basta de comisarios, basta de comunistas, basta de socialistas, basta de peronistas, basta de proletarios, basta de leguleyos, basta de agentes inmobiliarios, basta de NADA, NADA, NADA. Ahí, es cuando emerge la figura de él, el gordo, con su grotesca humanidad, por fin encontrando un lugar a salvo del mundo. Lo mismo que Cravan, Arthur. El gordo le apuntaba al mito del poeta, crítico de arte –y crítico social, fundamentalmente de las fraudulentas movilizaciones sociales solapadas de beneficencia y caridad-, especialista en injurias, boxeador amateur y que murió en un extraño suceso un año antes que Vaché. El gordo, iba por eso, ser un Cravan en tiempos modernos, a seguir leyendo con devoción la leyenda ocurrida tanto tiempo atrás. Las que hablaban de unas cuantas reseñas sangrientas y le recordaban como punzones clavados en el medio del pecho, la historia de él, con su padre, quién había tomado malas decisiones en su vida y finalmente había terminado en la cárcel. Consecuentemente con esta postura, unos años después, terminaba muerto en una emboscada que nunca salieron a la luz los hechos concretos del caso. Ese no era el panteón que deseaba el gordo para su suerte. La fascinación corría por otros canales y bombeaba sangre en el encuentro con la leyenda de Cravan. Según había leído un artículo que cuidaba con devoción, escrito en su lengua original y publicado en la revista francesa Maintenant, Arthur Cravan había sido; hombre de confianza del rey, marinero mercante, ex campeón de box de Francia, encantador de serpientes, traficante de opio marroquí, canciller de la reina de Inglaterra, leñador, chofer en Berlín, cosechador de naranjas en California, malevo de esquina en Buenos Aires, etc. Todo esto, o gran parte, lógicamente era mentira, propio del espíritu dadaísta. Y ese alarde engañoso y seductor, fue su móvil permanente. A menudo pensaba en su pasado, y en el trabajo de su referéndum, de su camarada predilecto, aunque hubiese nacido un siglo atrás. Al fin y al cabo, tanto Cravan como el gordo sabían de sobradas formas que dadá, era solo una manifestación del espíritu.

El ídolo


Por Paul Citraro
(extracto de la novela aun inédita)
Una cosa es ser un personaje y otra muy diferente quedar atrapado en el. La respuesta, en términos aparentes, y no sin menos ánimos de ostentar un hallazgo tardío, tiene nombre y apellido; Fernando Pirchio Parodi. ¡El ídolo de la Turbamulta! Sí, es cierto, y aunque parezca una contradicción, el gordo era una bola de absurdo bizarrismo y carismático histrionismo delante de la pantalla. Algunos acólitos insistentes presuponían que, éste…, nació con un contrato televisivo bajo el brazo. Otros, entre realistas de ultranza y escépticos inquebrantables, se detenían también, sin titubear hasta quedar estáticos mientras duraba el hechizo de ese conjunto bizarro y kistch para el gusto refinado que era el ídolo. El tipo tenía ángel y demonio. Era dueño de esa teatralidad ampulosa y barroca que le provocaba estar dentro de la caja programada para los Domingos, a la hora en que se apaga el sol y suena el timbre de la melancolía. Era el modo explosivo de reinventar la vida a base de idioteces, romper esa fuerza implacable y persistente que se apodera de la gran mayoría y se conoce bajo el nombre de melancolía. Otros, algo más hundidos en la desolación propia y ajena, la llaman simplemente tristeza. Dos horas y fracción de pedanterías, ingenio, celebraciones alrededor de la mediocridad, sugerencias perniciosas y despuntar el vicio de ser famoso, ser realmente una opaca estrella televisiva y vivir como tal. Luego, llegando a la finalización de la programación, destruía sistemáticamente la parodia que regodeaba la popularidad y decía en tono de ingenuidad y malicia; -Ahora, me voy a tocar timbres, a jugar al ring raje- Todos, o casi todos, sabíamos qué se trataba (…)Alguien que al cierre de la programación televisiva, luego de regalar la mejor sonrisa al resto del elenco, reconstruía su propio paisaje en soledad del tóxico, que disparaba dos certeros balazos en la sien, como ir segregando endorfinas para los cuatro puntos cardinales de su cabeza. Un trago de whisky ordinario de la petaca guardada cuidadosamente en el interior del saco sastre de buen corte, y a la cancha, que podía ser cualquiera o simplemente no existir. Mr. Hyde disfrazado del gordo, había regresado en una de las formas más sólidas de la locura. Al borde de creerlo, encerrado en alguna especie de naturaleza animal y salvaje. Muchos se jactaban de haberlo reconocido en la noche arrastrándose como un perro herido hasta el lugar donde había nacido. Buscando el último gramo de cordura o una señal despiadada que lo movilice lo suficiente para sentir el envión final como amenaza y entregarse finalmente al deseo de buscar la forma de meterse en el cobijo de las frazadas propias, algo que anhelaba por encima de todo. Buscaba en el incordio de existir un fin silencioso de llegar a salvo al puerto de marras, algo, algo que lo separe por un rato sin por ello resignar el estilo propio que había elegido para su triste y ridícula vida. Acaso, aseverando una vida comprometida con la causa dadaísta con una meticulosidad en la insistencia de la autodestrucción a la que pocos se atreverían experimentar, de solo ver sus resultados y consecuencias. A veces, todo esto estaba en el medio del cuadro de la pantalla, esa amenaza visual que por momentos, lo adoraba, lo seguía, lo perseguía y, finalmente, lo perdía. Los otros, nosotros, los que seguimos haciendo cola para que nos atiendan, decíamos no sin cierto aire de desdén en la sonrisa fácil; el gordo “Pirrrcho” o “Chopirrr” es un personaje, un loco. La palabra loco, en este caso reunía varias acepciones posibles, pero, creo que se refería a ser, sin más pretensiones; sinónimo de autenticidad. El mito estaba cerca. Terminaba el programa y en cualquiera de los modos de cruzarse con el, día, tarde y noche, siempre, daban ganas de gritarle la célebre declaración de principios de autoría propia; “Ídolosss…de la Turbamulta”.

lunes, 14 de julio de 2008

Folliando con Dadá


Por Paul Citraro
Cierra rápido la puerta, en pleno estado de shock y violencia. Es el gordo y viene acompañado por un séquito de ritmos entumecidos todavía resonantes del Cabaret Voltaire. La escena representa sin dudas, un muestrario de lo que significa la decisión humana caminando al borde de la cornisa. Nada más alejado de ser Moby Dick, una ballena a tránsito lento; tibio en el Ecuador y frío en los polos. Esto, es otra cosa, un modo polisémico de ser el nuevo prospecto de cómo seguir y seguir sin margen de error las instrucciones para convertirse en el abanderado de las posibles formas y rituales que contempla la autoeliminación humana. Por ahora, solo habita en un pequeño rincón de su cabeza la entramada sospecha de pertenecer al linaje biológico de su tan admirado y odiado Cravan. Y rezar en otra lengua para que Tristán Tzara le arrime la palabra justa que justifique continuar sobreviviendo a Dios. Pretende sin detenimiento alguno ser Melville en medio de ese interrogante, antes de colgar el cable de plancha que dejará sin aire finalmente a la bestia. Un cable viejo por un arpón. Son las reglas de una lenta madrugada pueblerina. Tiene miedo, intuye el final cerca, se babea. Los ojos ciegos y las pupilas desorientadas en medio de la neblina lo aterran, y de pensarse eternamente solo, el corazón le bombea una corrida salvaje. Tiene taquicardia, sufre, llora y maldice lo inevitable. Pero sigue. Sigue sin parar y reparar en el rastro de esa obsesión ideológica que el dadaísmo, se encarga siempre de convertir en carne podrida. Siente bajo la suela de los borceguíes el corazón propio, el molde hereditario de una inconsciencia seminal que se le metió por algún lado y no sabe cómo desterrarla de las cercanías del pensamiento de Jacquetas Vaché, Arthur Cravan y Jacques Rigaut. Esos mismos que habían convertido hace más de medio siglo a la muerte en un bonito y pronunciado acto vanguardista. Esa misma supuesta crisis existencial protagonista definitiva tiempo atrás, habitaría cada centímetro de la humanidad de boxeador medio pesado en el cuerpo de quien todo el mundo, o casi todos conocían como “Chopir” o simplemente, “el gordo”. Y ahora ese todo, tiende a ser más claro, estamos hablando de la crisis de la edad madura con el correspondiente cuestionamiento de la vida como obra definitiva de la muerte. De Nicanor Parra y el shock violento de los Antipoemas ensamblados con un ayuntamiento de una voz tan cavernosa como frágil. Era la excusa perfecta para prescindir de la conciencia pública y sus miradas al respecto, tan atónitas como moralizantes que el gordo lucía en el buen vestir por elegancia. Conocía de nombre apenas a los grandes escritores rusos que dieron lo que Kierkegaard llamaría “el salto de la fe” a una religión ortodoxa. Pero no era así, faltaba más. La nueva biblia de bolsillo para él, estaba escrita en neón chileno y alumbraría las palabras en la interpretación de cada metáfora. Por ahora no hay más que ruinas abandonadas como paisaje, algunos petates sin valor y el señalador con anotaciones y correcciones en un verso que coincide como si fuera escrito con el prepucio de su alma; Fattuo como el cisne/Frío como un riel/Gordo como un pavo/Feo como usted. -No soy yo, no sos vos, es “Don Nicanor”, un viejo descarriado que reemplaza la sintaxis poética por lascivia decadente. Shileno el tipo. Y eso me gusta. Mucho, mucho- bruñe el gordo. Así como Yeats o Lawrence habían inventado sus pseudorreligiones, el gordo tenía la propia, el dadaísmo. Era un método de supervivencia, el madero al cual se aferra uno en medio de un naufragio. Por lo demás, cualesquiera fueran los ritos o los hábitos cotidianos de los artistas de su estirpe, los actos de fe en lo políticamente incorrecto comenzaron a ser cada vez más importante en esa parte integral de su obra. Todos los emprendimientos teatrales que lo referenciaban se acercaban de forma inmediata a pensar ¿qué me importa que Dios exista?, si no puedo vivir para siempre. Pero si Dios no existe, tampoco cambia la forma de la muerte elegida. Deja de ser una presencia de características humanas o mejor, sobrehumanas, para convertirse en una alimaña mental, oscura, siniestra. Pero muy seductora. No es el esqueleto de ningún caballero medieval, ni el amante fatal de los románticos surrealistas. Incluso, por unos minutos, deja de ser el espíritu moribundo de otro mundo. Es el final elegido. El momento de la gran revelación, que de tanto esperar, se ha presentado para explicar finalmente el todo. Un final breve y chato. GLOG…pronuncia el grito seco. La maquinaria suicida se ha detenido. El corazón ya no baila de madrugada con la naif música de Miguel Abuelo, el cuerpo rígido se rompe, se corrompe, y la vida sigue en otra parte. El día cero acaba de empezar y parece no terminar nunca, como Tolstoi, es un buen punto para indignarse por este sin sentido de la existencia que nos ha tocado. Esa mueca graciosa que dice o se tienta en pronunciar que no hay más que vida dentro de la vida misma. En el mejor de los casos, un frasco de caramelos. Por eso, en el suicidio, como una letra faltante de la desesperación, podría estar subyacente una visión radical del mundo. Una realidad en sí misma que la actitud Dadá impedía reconocer bajo el signo de la verdad. Evidentemente, el gordo había hecho su mayor gesto de vanguardia.

(Párrafo de la novela en proceso El Gordo, un pin dadaísta)

viernes, 4 de julio de 2008

Magia Negra


Por Diego Fischerman
A fines de los ’60, Miles Davis era un músico ya legendario, que tenía su lugar asegurado por haber cambiado varias veces al jazz. En esos años en que Los Beatles hablaban de revolución, Hendrix rompía los límites del rock y el público celebraba a la vanguardia, el trompetista de 42 años que había inventado el bop y el cool se encerró por unos días en un estudio con un grupo de futuras estrellas, para grabar en 1969 un disco en el que fusionaría rock, jazz y vanguardia, y con el que volvería a inventar el sonido de la década siguiente.

El año 1969 comienza, como todo, un poco antes.
Un principio podría ser Sgt. Pepper, el primer caso reconocido en el que un grupo pop participó del trabajo de mezcla en el estudio de grabación. O, dicho de otro modo, donde el trabajo de mezcla fue parte del proceso de composición.
Otro punto de inflexión fue el Album blanco y el simple con “Revolution” como cara B y aquello de John Lennon corrigiéndose a sí mismo (“Si se trata de romper todo no cuentes (contá) conmigo”). Ese disco –el primero blanco, el primero doble, el primero en señalar todos los estilos futuros del pop-rock–, al fin y al cabo, salió a la venta en el famoso 68, el mismo año del Mayo Francés, de Axis Bold as Love de Hendrix, de A Saucerful of Secrets de Pink Floyd y de la Sinfonia de Luciano Berio donde a un movimiento completo de una sinfonía de Mahler se le superponían los Swingle Singers, textos poéticos y políticos y hasta lecciones de solfeo.
El ‘68, ese año contra el que despotricó el recientemente electo Sarkozy (“se destruyeron las jerarquías, la diferencia entre el bien y el mal, entre lo feo y lo bello”), fue un año en que las revoluciones (la de Lennon entre otras) estaban a la orden del día. Y fue el año en que, por primera vez, con una tapa filopsicodélica y un título que remitía a Lucy y sus diamantes –Miles in the Sky–, Miles Davis utilizó un instrumento eléctrico, la guitarra, tocada por George Benson. Luego, en ese mismo año, apareció el piano eléctrico en las sesiones que serían publicadas, a comienzos del ‘69, en el disco Filles de Kilimanjaro. Y después, la explosión. “La electricidad según Miles, como la belleza para André Breton, será convulsiva o no será nada”, escribió la revista especializada francesa Jazz Magazine. Se referían, por supuesto, a Bitches Brew.
Cuando se habla de jazz rock se puede estar hablando de muchas cosas diferentes. Del gesto pop –un pop en modo menor, además– de algunos arreglos de discos de jazz (californianos) de los ‘70. Del gesto jazzy de algunos arreglos de discos pop. De algunas experiencias de Frank Zappa; de algunas experiencias de Soft Machine. Pero lo que Miles Davis hace, en Bitches Brew, es apropiarse del lado más exasperado del rock; de aquel que tiene que ver con la guitarra distorsionada de Jimi Hendrix. Nada hay de la rítmica mecánica del pop, nada de la “forma canción”. Lo que interesa a Miles es el rock como ruptura y como estética, ligada tanto al propio sonido –el timbre de los instrumentos eléctricos, la distorsión, los efectos como el wah-wah– como a la manera de producir en el estudio y, también, de concebirse a sí mismo como músico. En una época en que la modernidad caducaba casi de inmediato y las estéticas de apenas unos años atrás pertenecían a un pasado remoto –entre Beatles for Sale, de 1964, y el Album blanco no hay cuatro años de distancia sino una eternidad– Miles Davis, aquel que había sido moderno en la fundación del Be-Bop, a mediados de la década de 1940, se las arreglaba para seguir siéndolo. El sonido de 1945 eran sus grabaciones con Charlie Parker. Y el sonido de 1969 era Hendrix dinamitando el timbre de la guitarra eléctrica en Woodstock y, también, qué duda cabe, era Bitches Brew.
Varios grandes discos del jazz vieron la luz sobre los finales de distintas décadas (el solo de Coleman Hawkins en “Body & Soul”, en 1939, Giant Steps de Coltrane o Ah Um de Mingus, en 1959). Lo curioso es que en cada uno de esos años terminados en 9, Miles Davis fundó el sonido del jazz de la década siguiente. En 1949, con The Birth of the Cool, creó el de la década del ’50, una década cool. En 1959, con Kind of Blue, inauguró la década del ’60, una década blues. Y en 1969 dio comienzo, con Bitches Brew, a la década del ’70. A una década eléctrica. Y, también, una década política, revulsiva, contestataria. Bitches Brew no es sólo eléctrico. Es salvajemente eléctrico. Lo que en los años del bop, con sus notas sostenidas sin vibrato y su preferencia por atacar las frases desde una disonancia tocada casi sin ataque, con suavidad extrema, había sido la profundización de las tensiones armónicas y, luego, a partir de 1959, el trabajo sobre el color y la polirritmia y la abolición de la forma basada en la canción, en los ’70 tomó la forma de improvisaciones colectivas casi sin pautas previas (como en el free pero con un gesto absolutamente distinto del de Albert Ayler, por ejemplo), donde los instrumentos amplificados se daban la mano con una especie de multirracialidad –la incorporación de percusión y sitar– y donde el resultado era una suerte de sonido líquido, multiforme y expansivo.
Pero hay un dato más. Suele decirse que la totalidad es más que la suma de las partes en tanto es el producto de todas ellas más lo que produce su combinación. Esas partes, si se piensa en los músicos involucrados en Bitches Brew, ya son lo suficientemente poderosas de por sí: un supergrupo sin conciencia de serlo. Chick Corea, John McLaughlin, Joseph Zawinul, Dave Holland y Jack DeJohnette serían ni más ni menos que los músicos más importantes de las décadas siguientes. Y, en particular, el jazz rock de los ‘70 tomaría su forma de los grupos que lideraron los tres primeros: Return to Forever (Corea), Mahavishnu Orchestra (McLaughlin) y Weather Report (Zawinul). Como piensa Sarkozy, es posible que el 68 haya derribado las barreras entre lo feo y lo bello. Y es posible que Bitches Brew no sólo no suene “bello” sino que, además de no haberlo buscado, sus artífices se hubieran ofendido ante tal adjetivo. Bitches Brew, sencillamente, invita a escuchar el sonido del Big Bang. Y nadie dijo jamás que el sonido del Big Bang deba ser “bello”.

jueves, 3 de julio de 2008

Impersonales, imitadores y simuladores


Por Carlos Sampayo
El origen del concepto de "persona" está en el teatro clásico. Persona era la máscara con que el actor cubría su rostro para desempeñar uno u otro papel en la tragedia griega. Una de sus derivaciones es "personaje", la otra, que interesa a fines del tema que trataremos, es la de "hacer resonar la voz" que era lo que el actor hacía a traves de la máscara. La historia de la filosofía concede a la persona el don de la trascendencia y de ello se concluye en que si la persona no se trascendiera a sí misma, y no lo hiciera constantemente, permanecería dentro de los límites de la individualidad y acabaría inmersa en una realidad impersonal, la de la cosa.
En esta forma particular de la música que es el jazz, la resonancia de la voz propia es un factor primordial, en tanto esta disciplina artística tiene a la improvisación como elemento diferenciador y definitorio. Si la voz es trascendente, fluye en constante crecimiento y genera un tipo de evolución que es personal a partir del primer momento de emisión, y se vuelve colectiva en su descendencia; este proceso, por otra parte, se da en toda forma de arte. Si la voz es impersonal, no resuena y queda, en una suerte de estaticidad einercia, en una memoria que, en el mejor de los casos, la registra sin darle un nombre, o, si no, la olvida.
Los códigos, y los límites, dentro de los que se mueve la improvisación jazzística son tan amplios como peligrosos. Con estudio, paciencia y dedicación, se los aprende. Con ejercicio es posible aplicarlos. Son, como toda normalización, un marco de referencia. Tratándose de una modalidad de la expresión humana, están complementados con el acervo cultural, la historia de la propia disciplina, las innovaciones técnicas de los particulares instrumentos, la idea del conjunto, más la de evolución. El instrumento mismo es la máscara clásica a través de la cual el verdadero rostro se oculta para dar lugar a la "resonancia de la voz". Si lo que sale del instrumento se limitara a ser una, más o menos perfecta, recopilación de códigos, el resultado es el de la impersonalidad.
Los impersonales más obvios son los imitadores. Extasiados y envueltos en la personalidad de otro artista, repiten (a veces con mayor pericia que el original) lo que ellos consideran proezas y, en origen, no fueron más que la manifestación de un espíritu creativo. Pongo algunos casos como ejemplo con los modelos entre paréntesis: Red Nichols (Bix Beiderbecke), Mezz Mezzrow (Jimmy Noone), Paul Quinichette (Lester Young), Sonny Stitt, aunque él lo negara con acritud (Charlie Parker), Pete Jolly (Horace Silver), Branford Marsalis (a elección según el ánimo), sin olvidar la interminable lista de simplificadores de John Coltrane. Su situación no es forzosamente degradante; alguno de ellos ha brindado momentos de gran belleza musical, pero siempre al escucharlos, se tiene cierta sensación de canibalismo, como si hubieran absorbido de una energía sólo la forma porque la esencia está en la voz primera.
Hay fieles continuadores con gran personalidad, no son en absoluto imitadores. De los grandes artistas del jazz deriva todo el jazz, y no sería lícito reprochar a Bobby Hackett su deuda con Bix y Armstrong; a Stan Getz, Brew Moore o Richie Kamuka el derivar de Lester Young; a Cannonball Adderley, Phil Woods; o Art Pepper venir de Charlie Parker; a Clifford Brown haberse inspirado en Fats Navarro; a Navarro ser un discípulo de Dizzy Gillespie; ni a Freddie Hubbard, Lee Morgan o Woody Shaw provenir de Clifford Brown Las dos tipologías antes expuestas son consecuencia de una única dinámica y ésta se halla en la extraordinaria interrelación que contribuye a una improbable definición del jazz. Tanto los imitadores como los continuadores responden al estímulo de los puntos más elevados de una creatividad colectiva, lo que varía es el resultado y sus derivaciones. Mientras que a nadie en su sano juicio se le ocurría ser un seguidor de Red Nichols o Paul Quinichette (si ha tenido antes la oportunidad de escuchar a Bix Beiderbecke y Lester Young ), es lícito seguir en la línea de Lester Young a partir de Stan getz, o en la de Clifford Brown vía Freddie Hubbard, porque esta continuidad hace a la evolución misma. En los puntos más elevados de ese proceso emergen las voces conductoras que, siempre, proceden de otras.
Los imitadores son fáciles de ubicar. Los simuladores, no. Esta dificultad parte del hecho mismo de la simulación, que no siempre es consciente, aunque a veces sí lo sea.
No hay consideraciones cualitativas en esto último. Muchos simuladores, como los imitadores, son músicos de gran preparación. Siempre me llamó la atención la fobia que sentía Boris Vian hacia el trombonista Bill Harris, una de las estrellas solistas de la orquesta de Woody Herman. El asunto daba que pensar: finalmente no era para tanto, a Boris le hubiera bastado con evitarse la desazón de escucharlo. Ahora puedo inferir que Vian veía en Harris una especie de paradigma del simulador y que ese músico, no obstante ser un solvente improvisador, más que crear aparentaba hacerlo. La de Vian era, como pueden serlo mis propios juicios y suposiciones, una visión personal. Hay músicos que para mí son simuladores impersonales cuando para otras personas son verdaderos creadores; sin ánimo de escandalizar citaré a tres: Curtis Fuller, Johnny Griffin y Clifford Jordan. La elección es deliberada puesto que se trata de tres músicos muy conocidos y con una considerable cantidad de admiradores. De los tres solamente hablé una vez con el primero y me dijo algo que terminaba de confirmar mi definición de su música (no convincente): "Nocrea que soy sólo un músico de jazz, yo tengo otros intereses en el campo del arte". Esta necesidad de salirse de los cauces está, seguramente, en la falta de convicción profunda que hay en su música. Fuller es una extraordinario ejecutante de trombón, pero en ninguna de sus grabaciones, ni en las veces que le escuché personalmente, pude advertir la chispa de la creación (o aún de la recreación) original.
En cuanto a Griffin, alguna vez definido como el más técnico de los saxos tenor del jazz moderno, creo que su impersonalidad parte del hecho de que su elección como ejecutante está colocada en la puesta en escena: sabe que puede deslumbrar y hasta causar vértigo con su digitación prodigiosa y con su sonoridad, y escoge hacerlo cada vez; ninguna de sus ideas es original y si sorprende es por su previsibilidad. El caso de Clifford Jordan es diferente: no tiene la espectacularidad de los otros dos citados, pero garantiza la tranquilidad de la cosa bien hecha. No conozco ni un caso en que este saxofonista haya sido reconocido en un blindfold test, salvo que el encuestado conociera la grabación de antemano. Su voz personal es nula.
La máscara tiene otros matices, y puede hacer resonar la propia voz en modo perfectamente reconocible, pero insignificante. Tal es el caso del trompetista Charlie Shavers, simpático personaje que prestó su espléndida pericia al quinteto que John Kirby dirigía a finales de los años treinta. Su primo menor, nada menos que Theodore "Fats" Navarro decía de Charlie que era admirable (y atendible) como instrumentista, pero que no le interesaba como músico de jazz. ¿Qué significa esta diferencia? ¿Quizá Navarro se sintiera miembro de un colectivo inexpugnable en su pureza cultural? No; no es más que una discriminación sensible: Charlie no tenía nada que decir y cada vez que acometía un solo decía precisamente eso, que su discurso era solamente forma; debe reconocerse que tanta insistencia no deja de ser un ejemplo de honradez. A la manera de un tertuliante en épocas de libertades coartadas, Charlie Shavers elaboraba una prosopopeya deslumbrante tanto para incautos como para los estudiantes de trompeta. Apolíneo y brillante, su máscara ocultaba la indefinición.

martes, 1 de julio de 2008

Ocho brazos para abrazarte


Por Hanif Kureishi
Para el señor Hogg resultaba insoportable que cuatro hombres jóvenes, sin ninguna educación importante, pudiesen ser los portadores de tanto talento y merecedores de la aclamación de la crítica. Pero Hogg tenía una actitud un tanto sagrada hacia la cultura. “Es culto”, decía de alguien; el antónimo de “Es vulgar”. La cultura, incluso la cultura popular –por ejemplo, las canciones folk–, era algo para lo que se necesitaba poner una cara especial, conseguida tras muchos años de pesados estudios. La cultura involucraba una forma particular de arrugar la nariz, una mirada distante (hacia lo sublime), una manera de fruncir los labios en forma de boca de piñón. Hogg sabía. Todo esto iba acompañado, además, de signos indumentarios para entendidos, consistentes en parches de cuero cosidos a los codos de unos sacos lustrosos y antiguos.
Como es obvio, Los Beatles no habían nacido inmersos en el conocimiento. Tampoco lo habían adquirido en ninguna academia o universidad reconocidas. Por el contrario, con apenas veinte años cumplidos, los Fabulosos hacían cultura una y otra vez, sin ningún esfuerzo, incluso mientras gesticulaban y hacían guiños ante las cámaras como si fuesen escolares.
Sentado en mi dormitorio, dedicado a escuchar a Los Beatles en un Grundig de bobina, comencé a comprender que admitir el genio de Los Beatles resultaría devastador para Hogg. Le quitaría demasiadas cosas. Las canciones que eran tan perfectas y hablaban de sentimientos comunes tan fáciles de reconocer –“She Loves You”, “Please, Please Me”, “I Wanna Hold Your Hand”– habían sido escritas por Brian Epstein y George Martin porque Los Beatles sólo eran muchachos como nosotros: ignorantes, groseros, maleducados; muchachos que jamás, en un mundo justo, conseguirían hacer nada importante con sus vidas. Esta creencia implícita, o forma de desprecio, no era abstracta. Nosotros sentíamos y algunas veces reconocíamos –y la actitud de Hogg hacia Los Beatles lo ejemplificaba– que nuestros maestros no sentían ningún respeto hacia nosotros como personas capaces de aprender, de encontrar que el mundo era interesante y de querer conocerlo.
Los Beatles también le resultaban difíciles de digerir a Hogg porque para él había una jerarquía entre las artes. En la cumbre se encontraban la música clásica y la poesía, junto a la gran pintura y la novela. En medio estaban ejemplos no muy buenos de todas las anteriores. Al final de la lista, y apenas consideradas como formas artísticas, el cine (“las películas”), la televisión y, finalmente, lo más ínfimo: la música pop.
Pero en los albores posmodernos –a mediados de los sesenta– me gustaría creer que Hogg comenzó a experimentar un vértigo cultural, motivo por el cual, en primer lugar, se preocupó por Los Beatles. Pensó que él sabía lo que era cultura, lo que tenía peso, y qué cosas se necesitaban saber para ser educado. Estas cosas no eran relativas, no eran una cuestión de gusto o voluntad. Existían nociones objetivas; había criterios y Hogg sabía cuáles eran. O al menos pensaba que lo sabía. Pero esta forma particular de certidumbre, de autoridad intelectual, junto con muchas otras formas de autoridad, estaba cambiando. La gente ya no sabía dónde estaba.
Además, tampoco se podía ignorar a Los Beatles incluso aposta. Estos rockeros de traje eran únicos en la música popular inglesa, mucho más importantes que cualquiera anterior. Qué placer era pasar montado en el autobús por delante del palacio de Buckingham, y saber que la reina estaba en su interior, en zapatillas, viendo su película favorita, Submarino amarillo, y tarareando “Eleanor Ribgy” (“All the lonely people...”).
A Los Beatles no se les podía dejar de lado tan fácilmente como a los Rolling Stones, que a menudo parecían un sucedáneo de grupo americano, especialmente cuando Mick Jagger comenzó a cantar con acento americano. Pero la música de Los Beatles era de una belleza sobrenatural y se trataba de música inglesa. En ella se podían escuchar canciones picarescas de los teatros de variedades, baladas de taberna y, lo más importante, himnos. Los Fabulosos tenían las voces y el aspecto de niños de coro, y su talento era tan grande que podían hacer cualquier cosa –canciones de amor, cómicas, infantiles y estribillos para los hinchas de fútbol (en White Hart Lane, donde está el campo de Tottenham Hotspurs, cantábamos: “Here, there and every-fucking-where, Jimmy Greaves, Jimmy Greaves”). También podían hacer rock and roll, si bien tendían a parodiarlo, después de haberlo dominado desde el principio.
Un día, mientras estaba en la biblioteca de la escuela, durante la hora del almuerzo, encontré un ejemplar de la revista Life donde había un buen número de citas correspondientes a la biografía de Los Beatles escrita por Hunter Davies, el primer libro importante acerca de ellos y su infancia. No tardó en ser robado de la biblioteca y pasado de mano en mano, entre los alumnos, como una especie de “Vida de Santos” contemporánea. (Según el programa escolar debíamos leer a Gerald Durrell y a C. S. Forester, pero teníamos nuestros propios libros, que discutíamos, de la misma manera que nos intercambiábamos y discutíamos los discos. Nos gustaban Candy, El señor de las moscas, James Bond, Mervyn Peake y Sex Manner for Men, entre otras cosas.)
Por fin mis padres me regalaron la biografía para mi cumpleaños. Fue el primer libro de tapa dura que tuve y, con la excusa de estar enfermo, me tomé un día libre de la escuela para leerlo, con largas pausas entre capítulos para prolongar el placer. Pero The Beatles no me satisfizo de la manera que había imaginado. No era como escuchar, pongamos por caso, Revolver, después de lo cual te sentías inspirado y satisfecho. El libro me perturbó y embriagó; me hizo sentirme intranquilo e insatisfecho con mi vida. Tras leer acerca de los logros de Los Beatles, comencé a pensar que no esperaba gran cosa de mí mismo, que ninguno de la escuela lo esperaba. Al cabo de un par de años comenzaríamos a trabajar, no mucho más tarde nos casaríamos, y compraríamos una casa pequeña en el barrio. Nuestra forma de vida ya estaba decidida aun antes de haberse iniciado.
Para mi gran sorpresa, resultó ser que los Fabulosos eran chicos provincianos de clase media baja; no eran ricos ni pobres, su música no surgía de las penurias, ni tampoco contaban con los privilegios de la cultura. Lennon era duro, pero no era la pobreza la que le había hecho así. El Liverpool Institute, al que habían ido Paul y George, era un colegio bueno. El padre de McCartney ganaba dinero suficiente como para que Paul y su hermano Michael pudiesen tomar lecciones de piano. Más tarde, el padre le había regalado una guitarra.
Nosotros no teníamos guías o modelos a imitar entre los políticos, militares o figuras religiosas, o para el caso ni siquiera entre las estrellas de cine, como habían tenido nuestros padres. Los futbolistas y las estrellas del pop eran las figuras reverenciadas por mi generación, y Los Beatles, más que cualquier otro, constituían un ejemplo para legiones de jóvenes. Si el hecho de provenir de una clase equivocada restringía el sentido de lo que podías ser, entonces ninguno de nosotros se convertiría en doctor, abogado, científico o político. Estábamos condenados a ser empleados, funcionarios, vendedores de seguros y agentes de viaje.
No es que llevar algún tipo de vida creativa fuese algo totalmente imposible. A mediados de los sesenta, los medios de comunicación comenzaron a crecer. Hubo una demanda de diseñadores, artistas gráficos y cosas parecidas. En nuestras clases de arte diseñamos envases para tubos de dentífrico y fundas para discos con el fin de estar preparados, si llegaba la ocasión, para ir a la escuela de arte. Entonces estas escuelas gozaban de una gran fama entre los muchachos; se las consideraba como lugares de anarquía, las fuentes del arte pop británico, de numerosos grupos pop y generadoras de luminarias como Pete Townshend, Keith Richards, Ray Davies y John Lennon. Junto con el Royal Court y la sección dramática de la BBC, las escuelas de arte eran la institución cultural más importante en la Gran Bretaña de la posguerra, y algunos chicos afortunados consiguieron refugiarse en ellas. En una ocasión, me escapé del colegio para pasar el día en la escuela de arte local. En los pasillos, los muchachos sentados en el suelo con las piernas cruzadas iban despeinados y tenían las ropas manchadas de pintura. Una banda ensayaba en el comedor. Les gustaba tanto estar allí que se quedaron hasta la medianoche. Junto a la entrada trasera había preservativos tirados en el césped.
Pero estos muchachos estaban condenados a ser artistas comerciales, que era, por lo menos, un “trabajo honesto”. El arte comercial era una cosa aceptable, pero cualquier cosa que se aproximara demasiado al arte puro producía vergüenza; era pretencioso. Incluso la educación caía en esta trampa. Posteriormente, cuando fui a la universidad, mis vecinas se asomaban en bata y zapatillas para contemplarme y chismorrear entre ellas mientras yo pasaba calle abajo con mi enorme abrigo militar de segunda mano y una pila de libros de la biblioteca. Quisiera creer que eran los libros y no el abrigo la razón de sus protestas –la idea de que estaban financiando mi inutilidad con sus impuestos–. Sin duda alimentar mi cerebro no produciría ningún beneficio al mundo; sólo serviría para darme más argumentos; creas una intelligentsia y lo único que consigues es que te critiquen en el futuro.
(...)
Entonces podía, al menos, prepararme para ser un aprendiz. Pero, por desgracia para los vecinos, nosotros habíamos visto A Hard Day’s Night en el Bromley Odeon. Junto con nuestras madres, gritamos durante toda la proyección, con los dedos en los oídos. Después, no sabíamos qué hacer con nosotros mismos, adónde ir, cómo exorcizar la pasión que habían despertado Los Beatles. Lo habitual ya no era suficiente; ¡ahora ya no podíamos aceptar lo común de cada día! Deseábamos el éxtasis, la magnificencia, lo extraordinario: ¡hoy!
Para la mayoría, este placer sólo duró unas pocas horas y entonces se esfumó. Pero para otros abrió una puerta al tipo de vida que quizás, algún día, se pudiese alcanzar. Y así Los Beatles pasaron a representar las posibilidades y las oportunidades. Eran oficiales de carrera, un mito para guiarnos, una luz a la que seguir.
¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que entre todos los grupos surgidos en aquel gran período pop Los Beatles fuesen los más peligrosos, los más amenazadores, los más subversivos? Hasta que conocieron a Dylan y, más tarde, tomaron ácido, Los Beatles vestían trajes a juego y escribían inocentes canciones de amor que no ofrecían mucha ambigüedad o llamadas a la rebelión. Ellos carecían de la sexualidad de Elvis, la introspección de Dylan y la malhumorada agresividad de Jagger. Y sin embargo..., y sin embargo –ésta es la cuestión–. Todo lo referente a Los Beatles representaba placer, y para los jóvenes provincianos y de las afueras de Londres el placer sólo era el resultado y la justificación del trabajo. El placer era la recompensa del trabajo y se gozaba sólo durante los fines de semana y fuera del horario laboral.
Pero cuando veías A Hard Day’s Night o Help!, estaba bien claro que aquellos cuatro muchachos se lo pasaban bomba; las películas transmitían libertad y disfrute. En ellas no había rastro alguno de la larga y lenta acumulación de seguridad y estatus, los movimientos año tras año hacia la satisfacción que se esperaba que pidiéramos a la vida. Sin ninguna conciencia, deber o preocupación por el futuro, todo lo referente a Los Beatles hablaba de alegría, abandono y atención a las necesidades de uno mismo. Los Beatles se convirtieron en héroes de los jóvenes porque no eran respetuosos; ninguna autoridad había quebrantado su espíritu; tenían confianza en sí mismos; eran divertidos; contestaban; nadie podía hacerles callar. Era esta independencia, creatividad y poder adquisitivo de Los Beatles lo que tanto preocupaba a Hogg. Su hedonismo ingenuo y sus logros deslumbrantes resultaban demasiado paradójicos. Para Hogg, darles su aprobación sincera hubiese sido como decir que el crimen da dividendos. Pero rechazar el mundo nuevo de los sesenta era admitir ser anticuado y estar fuera de contacto con la realidad.
Hubo una última estrategia desarrollada en aquel tiempo por los defensores del mundo convencional. Era la posición común de los vecinos. Argumentaban que el talento de tales grupos era escaso. El dinero lo gastarían tan deprisa como lo habían ganado, derrochado en objetos que eran demasiado ignorantes para poder apreciar. Estos músicos eran incapaces de pensar en el futuro. Qué tontos eran en desperdiciar la posibilidad de un trabajo seguro a cambio del placer de disfrutar de la admiración adolescente durante seis meses.
Esta actitud burlona de “cualquiera-puede-hacerlo” ante Los Beatles no representaba necesariamente una cosa mala. Cualquiera podía tener un grupo –y lo tuvo–. Pero desde el primer momento estuvo bien claro que Los Beatles no eran un grupo de tres al cuarto como los Merseybeats o Freddie and the Dreamers. Durante la época en que Hogg se preocupaba acerca de la autoría de “I Saw Her Standing There” y quitaba los bajos de “She’s Leaving Home”, al mismo tiempo que se preparaba para acostumbrarse a ellos, Los Beatles hacían algo que jamás se había hecho antes. Escribían canciones acerca de las drogas, canciones que sólo podían ser comprendidas en su totalidad por personas que tomaban drogas, canciones destinadas a ser disfrutadas plenamente si estabas drogado mientras las escuchabas.
Paul McCartney había admitido que tomaba drogas, especialmente LSD. Esta noticia resultó muy sorprendente en aquel entonces. Para mí, la única imagen que me sugerían las drogas era la de los esqueléticos drogadictos chinos en fumaderos de opio cochambrosos y adictos a la morfina en las películas de clase B; también la de la esposa de Larga jornada hacia la noche. ¿Qué estaban haciendo con sus vidas aquellos melenudos? ¿Hacia dónde nos llevaban?
En la cubierta de la funda de Peter Blake para Sgt. Pepper, entre Sir Robert Peel y Terry Southern aparece un ex alumno de Eton y novelista mencionado en En busca del tiempo perdido y considerado un genio por Proust: Aldous Huxley. Huxley fue el primero en tomar mescalina en 1953, doce años antes de que Los Beatles utilizaran LSD. Tomó drogas psicodélicas en once ocasiones, incluso cuando agonizaba su esposa le inyectó LSD.
Durante su primer viaje, Huxley experimentó la sensación de convertirse en cuatro sillas de bambú. Cuando los pliegues de sus pantalones de franela gris empezaron a “ser”, el mundo se convirtió en un organismo vivo, atractivo, imprevisible. En este universo transfigurado, Huxley comprendió tanto el miedo como la necesidad de lo “maravilloso”; que uno de los principales apetitos del alma era la “trascendencia”. En un mundo alienado y rutinario, regido por el hábito, la necesidad de escapar, de la euforia, del estímulo de las sensaciones, no se podía negar.
A pesar de su entusiasmo por el LSD, cuando Huxley tomó psilocibina junto con Timothy Leary en Harvard, se sintió alarmado por las ideas de Leary acerca de un uso más amplio de las drogas psicodélicas. Pensó que Leary era un “burro” y consideró que el LSD, en el caso de que se quisiera ampliar su uso, debía estar destinado a una elite cultural –a los artistas, psicólogos, filósofos y escritores–. Era importante que las drogas psicodélicas se empleasen con seriedad, en primer lugar como una ayuda a la medicación. Sin ninguna duda, no cambiarían nada en el mundo, por ser “incompatibles con la acción e incluso con el deseo de actuar”. Huxley se mostró especialmente inquieto por las cualidades afrodisíacas del LSD, y le escribió a Leary: “Le recomiendo vivamente que no se vaya de la lengua con el sexo. Ya hemos montado bastante revuelo al sugerir que las drogas pueden estimular las experiencias estéticas y religiosas”.
Pero no había nada que Huxley pudiese hacer para irse de la lengua. En 1961, Leary le dio LSD a Allen Ginsberg, que se convenció de que la droga contenía las posibilidades del cambio político. Cuatro años más tarde, Los Beatles conocieron a Ginsberg por medio de Bob Dylan. En su propia fiesta de cumpleaños, Ginsberg apareció desnudo, excepto por unos calzoncillos en la cabeza y un cartelito de “No molesten” colgado del pene. Posteriormente, John Lennon aprendería mucho del estilo de exhibicionismo de Ginsberg como protesta, pero en esa ocasión se apartó de él diciendo: “¡Estas cosas no se hacen delante de las chicas!”
Durante la segunda mitad de la década de los sesenta Los Beatles funcionaron como un canal poco común pero necesario e importante en la popularización de ideas esotéricas: sobre el misticismo, sobre las diferentes formas de participación política y sobre las drogas. Muchas de estas ideas tenían su origen en Huxley. Los Beatles podían seducir al mundo en parte por su inocencia. Eran, básicamente, unos buenos chicos que se habían vuelto malos. Y cuando se convirtieron en chicos malos, arrastraron a un montón de gente con ellos.
Lennon proclamó que había hecho centenares de “viajes”, y él era la clase de persona que podía tener interés en experimentar estados mentales poco comunes. El LSD crea euforia y suspende las inhibiciones; puede hacernos conscientes del sabor intenso de la vida. En la escalada de conciencia del “viajero”, también se estimula la memoria. Lennon sabía que la fuente de su arte era el pasado, y sus canciones ácidas estaban llenas de melancolía, autoexamen y arrepentimiento. Por lo tanto, no debe sorprendernos que Sgt. Pepper, que en un momento dado debía incluir “Strawberry Fields” y “Penny Lane”, estuviese concebido en un principio como un álbum de canciones acerca de la infancia de Lennon y McCartney.
Muy pronto Los Beatles comenzaron a vestir prendas diseñadas para ser interpretadas por personas que estaban colocadas. Dios sabe cuánto “ser” hubiese experimentado Huxley de haber podido ver a John Lennon en 1967, vestido con una camisa estampada con flores verdes, pantalones de pana roja, calcetines amarillos y un bolso donde llevaba las monedas y las llaves. No se trataba de adaptaciones baratas pero a la moda de lo que los varones jóvenes habían vestido desde finales de los cuarenta –camperas y pantalones tejanos, zapatillas de deporte, botas de trabajo o DM, gorras de béisbol, camperas de cuero–, estilos democráticos prácticos para el trabajo. Los Beatles rechazaron esta concepción del trabajo. Como dandies baudelerianos se podían permitir el lujo de vestir de una forma irónica y afeminada, por diversión, más allá de las convenciones habituales. Se apartaron del afanoso mundo de la posguerra cargado con los recuerdos de la devastación y el miedo –la guerra estaba más cercana a ellos de lo que Sgt. Pepper lo está de mí– vestidos con relucientes trajes de orquesta, terciopelo arrugado, sedas color durazno y cabellos largos; sus ropas eran maravillosamente no funcionales, y encarnaban su creatividad y los placeres del consumo de drogas.
En 1966, Los Beatles se comportaban como si hablasen directamente con todo el mundo. Esto no era ninguna apreciación equivocada; estaban en el centro de la vida de millones de jóvenes en Occidente. Sin ninguna duda es el único grupo pop del que se puede decir que, culturalmente, sin ellos, las cosas hubiesen sido muy diferentes. Todo esto no significa que lo que hacían tenía influencia e importancia. En ese momento, antes de que la gente fuese consciente del poder de los medios de comunicación, los cambios sociales sancionados por Los Beatles prácticamente ya habían ocurrido sin que nadie se diera cuenta. Los músicos siempre habían estado relacionados con las drogas, pero Los Beatles fueron los primeros en exhibir su empleo –marihuana y LSD– en público y sin vergüenza. Jamás dijeron, como hacen los músicos ahora –cuando los descubren–, que las drogas eran un “problema” para ellos. Y, a diferencia de los Rolling Stones, jamás fueron humillados por el consumo de drogas ni detenidos. Se dice que en una redada realizada en la casa de Keith Richards en 1967 la policía esperó a que George Harrison saliera antes de entrar.
Los Beatles hicieron que tomar drogas pareciera una experiencia divertida, elegante y liberadora; al igual que ellos, veías y sentías de una manera que jamás hubieras imaginado posible. Su respaldo, mucho más que el de cualquier otro grupo o individuo, libró a las drogas de sus asociaciones subculturales, vanguardistas y, en general, sórdidas, para convertirlas en parte de la actividad juvenil. Desde entonces, las drogas ilegales han acompañado a la música, la moda y la danza como parte de lo que significa ser joven en Occidente.
Allen Ginsberg llamó a Los Beatles “el paradigma de la era”, y, desde luego, estuvieron condenados a vivir el resto de su época con todas sus locuras, extremismos y meritorios idealismos. Un sinnúmero de preocupaciones de la época fueron expresadas a través de los Fabulosos. Incluso Apple Corps fue una idea característica de los sesenta: un intento de hacer funcionar una empresa comercial de una manera informal, creativa y no materialista.
Por mucho que hicieran o por mucho que se equivocaran, en cuestiones musicales Los Beatles siempre estaban por encima, y quizá fue eso, paradójicamente, lo que hizo inevitable su final. La pérdida de control que pueden acarrear las drogas psicodélicas, la furia política de los sesenta y su violencia antiautoritarias, la locura y la falta de autenticidad como estrellas del pop, en muy pocas ocasiones violan el perfecto acabado de su música. Canciones como “Revolution” y “Helter Skelter” intentan expresar pasiones no estructuradas o muy profundas, pero Los Beatles tienen demasiado control como para permitir que su música se desmande. Jamás han sonado como si el grupo fuera a desintegrarse por la pura fuerza del sentimiento, como ocurre con Hendrix, los Who o Velvet Underground. Su capacidad es tan grande que toda la locura puede quedar contenida en una canción. Incluso “Strawberry Fields” y “I Am the Walrus” son logradas y contenidas. La excepción es “Revolution Nº 9”, que fue incluida en el White Album porque Lennon la defendió a capa y espada; quería romper con la estructura y la formalidad de su música pop. Pero Lennon tuvo que dejar Los Beatles para continuar en aquella dirección y no fue hasta su primer álbum en solitario cuando consiguió desprenderse de la parafernalia de Los Beatles y exhibir el sentimiento puro que buscaba.
Al menos, esto es lo que pretendía Lennon. En los setenta, las tendencias de la liberación de los sesenta se bifurcaron en dos corrientes; el hedonismo, el autoengrandecimiento y la decadencia, encarnada por los Stones; y la política seria y la autoexploración, representada por Lennon. Continuó participando activamente en las obsesiones de su tiempo, como iniciado y líder, y esto lo convirtió en la principal figura de la cultura de su época, de la misma manera que Brecht lo fue, por ejemplo, durante los años treinta y cuarenta.
Pero, para continuar su desarrollo, Lennon tuvo que abandonar el marco de Los Beatles y trasladarse a América. Tuvo que deshacer Los Beatles para poder seguir con una vida interesante.
Este retrato está incluido en Soñar y contarde Hanif Kureishi.(Editorial Anagrama).

lunes, 30 de junio de 2008

Beatles - Revolver


Por Paul Citraro
En más de una oportunidad fue rechazado como el mejor, o entre los mejores que dió el cuarteto de Liverpool al mundo. Sabemos que el pop, es una lingua franca a partir de la década del 60. Y, a partir de Revolver, se trató como de una segunda naturaleza de sus canciones. Fuera de la era yeah, yeah, yeah, y todas esas cosas. ¿De qué modo se traduciría? Simple; la canción ligada al ritmo juvenil y al baile, casi, habían muerto. Comenzaba la era de la complejidad letrística, de la abstracción y la canción hecha más de una vez, una parábola plagada de sonidos no convencionales. Adios a los conciertos en vivo, al grito desmedido de los fans. Finalmente, el estudio de grabación, terminó siendo el patrón definitivo. La tecnología de la época, hacía imposible presentar un disco como Revolver en vivo. Además, las carencias de la lectoescritura de parte de los cuatro, convertía al estudio en un gran aliado para no perder una idea musical. Por ello sobrevivió el boceto musical de Eleanor Rigby. Canción que finalmente terminó siendo diseñada con dos cuarteto de cuerdas doble. Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para Los Beatles. Sin dudas se trató de una revolución para la época. Y hasta podría decirse que han dejado de ser un grupo. A partir de ahora, son cuatro individualidades. Regidas por dos, y direccionadas por uno; Mac Cartney. Influenciado por los sonidos del cabaret alemán (1) de Bertold Bretch y Kurt Weill y toda la vanguardia electrónica que nacía a manos de Stockhousen. Esta corriente influyente, se puede apreciar en Good Day Sunshine.
El resultado fue apabullante e inmediato, a pesar de la elección como corte de difusión del lado A, una canción infantil; Yellow Submarine. La cara B, un lamento que se desliza por las cuerdas antes mencionadas en Eleanor Rigby. Acaso la canción más hermosa que el pop no ha podido dar nunca. Y que sigue con el tiempo, sin sonar a pop.
Ahi radica la concepción de Revolver, en el desarrollo de nuevas texturas, formales y tímbricas. Que no pasaban por un mero embellecimiento de la canción. Eran de algún modo, la canción en sí. Los cuatro años siguientes de carrera, fueron cimentados a partir de éste disco. Corría 1966. Era el principio de varias revoluciones que luego se conocerían bajo el nombre de; Album Blanco, Sgt.Pepper´s Lonely Hearts Club Band o Magical Mistery Tour. Cuatro jóvenes que jamás habían pisado conservatorio alguno ni mostraban indicios de conocimientos musicales sistémicos marcaban el camino. Los Beatles, podían ver más allá del flequillo.

(1) El Cabaret como ámbito de expresión poética y manifestaciones artísticas.
The Beatles - Revolver - 1966 -

Monólogo Dadaísta 2 - Rock and Roll Music

Por Paul Citraro
Esta es la prueba –la única real– (y señala las obras) de que algo ocurrió realmente en Zurich en la primavera de 1916, algo que la versión que la historia del arte nos ofrece del DADA sólo pudo encubrir.
¿Has escuchado algunas canciones?
Mamá acaba de caerse por las escaleras, papá ha perdido todo el dinero que tenía (los ahorros de toda una vida) en el casino de Melincué, el bebé tiene tuberculosis, y ahí viene…
Ahí viene… ajeno al mundo, con esa maldita máquina de matar, con su transistor oyendo a Frank Zappa o Chuck Berry o cosas así, da igual.
Le importa una mierda que mamá se haya caído por las escaleras…
Es bueno que tengas una máquina, ¡una radio que emita canciones de rock and roll! ¡Y te permita ir pasando el día!
Ése es el juego, naturalmente: cuando escuchas una canción de rock and roll del modo en que escuchas… “Rock sobre Beethoven” o algo similar… ¡Esa es la manera en que deberías pasar una vida! ¿Acaso no han escuchado “al Capitán Beefheart”? (…)

Ahora si quieren comprender la estética “DADÁ” tienen que arrimarse al anti-arte. Y si quieren escuchar canciones anti-rock solo deben escuchar música punk, o mejor… a los Sex Pistols…
Ustedes se darán cuenta rápidamente cómo funciona la lógica dadaísta… al absorber todo lo trivial, los desperdicios y los residuos del mundo… y luego estampar un nuevo significado sobre… ¿la poesía de Tristán Tzara?
(recortar palabras de un periódico, agitarlas en una bolsa, pegarlas al azar sobre una página)

ESTA ES LA MANERA DE PASAR LA VIDA!
ESTA ES LA POESÍA DEL MUNDO DE TRISTÁN TZARA…

Monólogo Dadaísta 3 - Avant Dadá o las Ideas Panfletarias

Por Paul Citraro
Las palabras en cursiva pertenecen a su panfleto… ¡No al mío! (señalando cartel Avant Dadá)
Y gracias a los agujeros practicados en sus ojos en el Cabaret Voltaire.
Yo, Tristán Tzara, lo había visto todo y mucho más de lo que jamás hubiese querido ver. A medida que pasara el tiempo lo veía una y otra vez…
“El dadaísta es un hombre de realidades que ama el vino, las mujeres y la publicidad”
La gran meta de un dadaísta es disolver los límites del arte. Y luego, sólo quedaría contemplar eso. O cobrar unos “honorarios” por hablar de la leyenda. De aquellos días de Zurich… (¡Yo estaba ahí!) Yo estaba allí…
Esa es la cuestión ¡AVANT DADÁ!

El arte más elevado será aquel que en su contenido consciente presente los miles de problemas del momento, el arte que ha sido visiblemente destrozado por las explosiones la semana pasada, que está siempre intentando recoger sus miembros después del desastre de ayer.
El papá iba a ser el arte, también la explosión, y luego otra, provocada por el hundimiento del arte del ayer. ¿No iba a ver fin para el Dadá? NO IBA A HABER FIN PARA EL DADÁ.
Mientras los dadaístas caminaban por las limpias calles de Zurich. El día después de cada noche de juerga, veían a compradores quitándose la ropa. Oían oficinistas diciendo ¿Arthur Cravan? ¿Tristán Tzara? Nadie aquí con ese nombre figura para cobrar “sus honorarios”.
Y los dadaístas así, excluidos, nos quedábamos en silencio. Nos manteníamos en silencio almacenando nuestras dudas, nuestras risas y nuestra rabia.
A la noche siguiente cuando el mundo derrame su furia y haya dicho, hecho y luego pensado… apareceremos nosotros, con nuestra leyenda de libertad…

¡AVANT DADÁ!
AVANT DADÁ!
AVANT DADÁ
(bajando la voz)

domingo, 29 de junio de 2008

Monólogos Dadaístas - Tristán en revolucionario

Por Paul Citraro
La revolución cesa en el momento en que se hace necesario sacrificarse por ella. ¡Prohibido prohibir! Ni idiomas ni amos. ¡Abajo lo abstracto!, ¡Viva lo efímero!
Después de Dios, el arte ha muerto. Muerte a un mundo en que la garantía de que no moriremos de hambre ha sido obtenida con la garantía de que moriremos de aburrimiento. ¡DADÁ CLUB!
¡DADÁ CLUB! ¡Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás! ¡No cambies de jefes! ¡No cambies tus calzoncillos! ¡Cambia tu manera de vivir! ¡No trabajes nunca!
El riesgo debe ser sistemáticamente explorado.
¡Corre camarada, el viejo mundo está detrás de tí! Sé cruel. Cuanto más consumas, menos vivirás. ¡Vive sin pausa, entrégate al deseo sin trabas!
La gente, que habla de la revolución y la lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que es subversivo, acerca del amor y positivo en lo referente a rechazar las ataduras.
¡YO! TRISTÁN TZARA… TENGO CADÁVERES EN LA BOCA Y ASEGURO…
BAJO ESTE PAVIMENTO ESTÁ LA PLAYA.

LA CONMOCION:
¡Habrá una música horripilante en el futuro!
¡Habrá una música horripilante en el futuro!
(se escucha “No Future” Sex Pistols)

Una música que hablará por todos, por nadie… y por el absurdo en este mundo…
Pasará por el tamiz del odio a uno mismo, que es siempre algo reflexivo, y en cualquier momento concluyes que la vida apesta y huele a intereses extranjeros, a viejas en pantuflas, a indumentaria LACOSTE, y deduces que… ¡casi la totalidad de la raza humana, no es más que un montón de mierda! ¡Con lo que tienes perfectamente abonado el terreno para el fascismo!

(basado en la lectura "Rastros de Carmín" de Greil Marcus)

Hijo Guacho


Si la palabra “bastardo” no tuviera tan mala prensa, podría aplicarse no sólo a la música de Weather Report sino a todo el jazz, un género que tiene una historia tan llena de mezclas, orígenes dudosos, mestizajes, entrecruzamientos, degeneraciones, reacciones y repudios que no se entiende por qué al mismo tiempo ha generado tantos purismos y neoclasicismos. Miles Davis, quien hizo de esa indefinición un modo de vida y de arte, fue quizá el principal responsable y catalizador del subgénero más bastardo de todos, tanto que, además de despertar desprecios de todo tipo, hasta los nombres con que se lo conoce transmiten una difícil sensación de incomodidad. Muchos críticos y aficionados al jazz consideran que el jazz-rock es la peor de las malas palabras dentro del género, seguida muy de cerca por el eufemismo fusión, pero algunos nostálgicos recordarán, con una punzante mezcla de placer y culpa, la excitación que en su momento despertaba ese híbrido.
Alguien hizo una vez una definición tan imperfecta e infundamentada como divertida: la fusión es una aproximación a los ritmos, el impacto visual y el atractivo comercial del rock y el pop realizada por músicos de jazz, mientras que el jazz-rock es la exploración del espectro del jazz por parte de músicos de rock. Así, Miles Davis y los grupos formados por músicos que tocaron con él, como Return to Forever, Weather Report y Headhunters serían fusión, mientras que Chicago, Blood, Sweat and Tears y otros serían “jazz-rock”. Según esa forma de ver las cosas, el jazz rock vendría a ser lo peor de ambos mundos: practicantes del pop y del rock que echan mano de armonías jazzeras para renovar e intelectualizar su gastada propuesta. La fusión tendría, así, más méritos relativos en cuanto a la técnica y la calidad musical, pero a la vez estaría manchada del más supino de los comercialismos.
La realidad es, en este caso, más benigna: el jazz rock o fusión fue en gran medida y como muchas otras cosas un invento de Miles Davis (y otros, pero seamos económicos), que hizo de su música un mapa de exploración constante más allá de los prejuicios. Weather Report, cuyos fundadores Zawinul y Shorter tocaron con Davis en su época de fusión, fue tal vez la banda más emblemática de este género magníficamente bastardo, y seguramente la mejor. En su historia, pasó por un proceso fascinante que incluyó muchos cambios de personal y cuyo núcleo central (el pasaje de la oscuridad a la luz, de la banda intelectual del jazz eléctrico a la gigantesca categoría de supergrupo) está bien documentada en los tres discos que, junto con una interesante pero caótica recopilación en vivo (Live and Unreleased) acaban de editarse. Mysterious Traveller (1974) anticipa en muchos aspectos lo que estaba por venir: un sonido grandioso, casi grandilocuente, que además de prefigurar el interés de Zawinul por los sonidos africanos incluye la atmósfera de un concierto en vivo. Hay algo de transición en todo Tale Spinnin’ (1975), donde tanto la presencia más fuerte de Alphonso Johnson como el sonido más negro de los teclados de Zawinul le da una atmósfera más funky a la banda. Black Market (1976), finalmente, es un clásico por muchas razones, entre las que por supuesto se destaca la incorporación de Jaco Pastorius, que crea una dimensión completamente nueva para el bajo eléctrico, que ya no es una mera parte de la sección rítmica sino una voz frontal más, en trío perfecto con el saxo y los teclados. De hecho, el bajista principal de este disco sigue siendo Johnson (de un desempeño notable en el difícil y multirítmico tema que da título el disco y que establece las influencias percusivas africanas como marca registrada de la banda); Pastorius toca sólo en dos temas, y sin embargo su sonido es lo que primero que se nota en este registro. Más allá de ridículos purismos, estos discos ofrecen un formidable corpus de música, cuyas influencias siguen notándose en los sonidos de hoy.

Por Paul Citraro

jueves, 26 de junio de 2008

Sobre otro país y el González-Maciel Quinteto

Todo aquel jazz

Por Fernando Peirone
Argentina es una emoción violenta. Quien más quien menos, por estos lares todos llevan el corazón en la mano desde hace ya un tiempo largo. Esa es nuestra condición en tanto habitantes de este país inaprensible: ser arrasados por las inclemencias de una realidad que se expresa sin especulaciones, devastando particulares y generales con la misma vehemencia. Ni más ni menos que lo que le ocurre a cualquier habitante de este planeta, sólo que en nuestro caso sin ninguno de los beneficios (educación, cobertura médica, seguro de desempleo, expectativas de vida, etc.) de la cultura que el hombre viene construyendo trabajosamente desde tiempos remotos con el objeto de hacer un poco más llevadera la existencia; digamos que en el reparto de suertes a los argentinos nos tocaron los perjuicios y las muchas miserias que ese hombre supo –no sin empeño y vocación– anteponer a cualquier intento de hacer evolucionar la especie. Pero bueno, es lo que hay; y el que no se la banca y puede, se va.
Lo que no hay, en cambio, para los que quedan, es tóner, J&B, Carolina Herrera, plateas para ver a U2 en River, CD importados a 15 mangos, libros baratos, celular ni cable con codificado, sofisticaciones de un país y una clase que ya no existen. Para la gran mayoría –y cada vez más mayoría– todo se reduce a su mínima y elemental expresión: comer, servicios primarios y, en el mejor de los casos, la escolaridad; sobrevivir, lo demás es olvido.
Lo que viene sucediendo en la Argentina desde el 19 de diciembre a esta parte es muy fuerte. Hay un país entero en carne viva, una mezcla letal de conciencia y hartazgo que lo convierte en una bomba de tiempo incontrolable. La sensación reinante es la de estar asistiendo a una tragedia que nos excede por su inexorabilidad; y algo de eso hay, está claro; sin embargo, como si nos asistiera la memoria de una remota estirpe de dignidad, al borde de la muerte los argentinos decidimos mandar todo a la mierda: “que se vayan todos”. El pucho anterior al fusilamiento humea lento. Ante la mirada atónita del mundo y haciendo gala de un raro desparpajo, hemos resuelto dar aunque más no sea un último testimonio de no reconciliación con el mundo: que la fosa la cabe otro.

Por imperio de la desolación, nos hemos visto en la obligación de saber o adivinar –y padecer, claro– que el resurgimiento de una nación que se ha abismado como la nuestra, antes que un problema económico es fundamentalmente un hecho cultural y político. Y es precisamente ese saber lo que trasunta y se empecina en quienes dejaron de rumiar sinsabores domésticos y decidieron salir a la calle para ir a una asamblea barrial, a un cacerolazo, ver un espectáculo de música o una obra de teatro, participar de una murga o amucharse a departir sus vidas en algún nodo de la extendida red de trueque. Hay algo de fenómeno, de inédito, en esa migración cuántica. Al Festival Internacional de Cine Independiente fueron 127.000 espectadores, 20% más que el año pasado, y es sólo un ejemplo. Es notable ver cómo en cada rincón del país, a contrapelo de la historia reciente, cientos, miles de actividades proliferan y se diseminan contagiando algo impreciso a la vez que fundamental, como si nos negáramos a aceptar a las evidencias como los únicos datos de la realidad, como si nos quedara resto: la verdad no tiene razón.
El devenir nacional ha producido mutaciones notables, insospechadas. El hincha de fútbol, antiguo emblema de pasiones tan inútiles como pintorescas, se ha convertido más que nunca en una ostentación de fervores grotescos y extemporáneos que no emocionan ni distraen a nadie. Las plazas del “si” resultan ser ostensibles plazas del “no”. Los bancos tapialan sus otrora orgullosa vidrieras y los políticos se encierran junto a los jueces en ghettos vergonzantes. Menem sólo puede hablar desde Anillaco y De la Rúa se ahoga en la desidia en una ignominiosa quinta de Pilar. Como parte de las mismas alteraciones cualitativas, uno puede comprobar –también– que la ceremonia de juntarse y honrar la porfía cultural ha devenido en un gesto que nos honra.
En ese marco, la unión de cinco músicos viscerales en un escenario es una reconciliación con la vida, un acto de insubordinación frente a los imperativos de la impotencia y la desesperación. Y es justamente ese certero convite el que hace el Club del Jazz cuando, diseminando afanosas esquelas, nos invita a compartir el Quinteto de Jazz González-Maciel, música de exportación. Un regalo desobediente que desoye los mandatos del Súper Yo imperial y su sempiterna amenaza de no ayudarnos más. ¡Va’ fan culo! En un momento como este, en el que las prioridades nacionales imponen la agenda a fuerza de urgencias, la música de fondo la ponemos nosotros. Si hay que morir, mejor que sea con los botines puestos.

Venado tiene otra historia. Una importante tradición de luchas y reivindicaciones sociales de la que podemos sentirnos orgullosos y que no ha detenido su abnegada labor ni siquiera en los momentos más difíciles de nuestra nación. Basta con recordar las populosas columnas de ferroviarios que en 1920 marchaban por las calles de la ciudad bregando por los derechos de los trabajadores; basta con recordar la actitud desprendida de aquella gloriosa generación que fundó las bibliotecas, los clubes, las mutuales y la mayoría de las entidades intermedias venadenses con un criterio de ciudad amplio, integral y participativo; basta con recordar a Tacuarita Brandaza y los 18 desaparecidos venadenses que ofrendaron sus vidas por un país diferente, basta con recordar lo que fue Luz y aquellas dos históricas jornadas de arte y cultura popular; basta con recordar la Biblio, el Galpón del Arte y la Federación de Cooperadoras Escolares, basta con recordar el incansable peregrinar de Ana Braghieri y las dolorosas marchas de los viernes reclamando justicia por la muerte de su hijo Clemente Arona, basta con agudizar el oído y escuchar el redoble bullanguero del CEJ y su revoltosa murga.
El sábado 6 de abril, el Club del Jazz se sumaba a esa noble ralea contracultural y desperezaba a Venado de su obstinada siesta existencial con un espectáculo solar.
Por esos días, los diarios no cesaban de justificar las devotas negativas del FMI y de advertir acerca de los riesgos de una convincente guerra civil. Radio Nacional, por su parte, anunciaba que Médicos sin frontera había conseguido que UNICEF donara varios miles de toneladas de medicamentos para el litoral argentino. Y los niños españoles, haciéndose eco de la sensibilidad primermundista, se solidarizaban juntando latas de alimentos no perecederos y ropita vieja para los mocosos sudacas. En el escenario de la Sala II del Centro Cultural, Emilio Maciel soplaba el saxo tenor con furia; nunca antes esta ciudad de llanuras irredimibles escuchó una puteada tan afinada: era su secreto desquite, una catarsis pública, el último recital que haría con el Quinteto antes de emigrar a Italia en busca de alguna oportunidad para sobrevivir, el mismo puto sitio al que más tarde partirá con el mismo propósito su compañero, el exquisito guitarrista del
quinteto, Nicolas “Kuki” Polichiso.

En las actuales condiciones de despojo y deseos cancelados, la alegría es un espejismo que se ha llevado el tiempo, y el destino, una potestad que perdimos en las sucesivas batallas de una guerra que –no sin arrogancia– supusimos ajena. No obstante, en esos cinco músicos celebrando un ánimo quimérico, algo nos redimía. Ese sábado, como hoy, todo se derrumbaba, pero en Venado Tuerto, el “Chivo” González, viento en mano, se defendía del tiempo y del destino; esa empuñadura de nada era su única y mejor arma, y las trescientas almas que tuvimos la gracia de presenciarlo improvisar sentíamos que en ese sonido melancólico algo se escapaba de las prescripciones capitales; goteaba, drenaba, se rebelaba, desobedecía, sedimentaba lento.
Julio Fioretti, en un lateral, sólido y sutil como un Velázquez, fue el vigía de la noble armada instrumental que esa noche una y otra vez le birló el fuego sagrado a los impávidos dioses posmodernos. A su lado, Sebastián Mamet, dómine increíble, se cargó el sayo de Benjamín y al mando de la retaguardia hizo gala de tiempista impecable y diferente.

Aquella azarosa noche de otoño, la libertad tuvo sonido. Se lo dieron esos cinco jinetes del Apocalipsis que a su paso no dejaron que creciera el innoble pasto de la desesperanza.
Dos días después era lunes, y como todos los lunes, el país se despertó abrumado, tal cual la costumbre de los últimos tiempos. En Venado Tuerto, en una esquina impersonal, Paul Citraro, alma mater del Club del Jazz, como todos las mañanas de su vida cumple con su destino sudamericano abriendo las puertas de la Asociación Mutual a diligentes ciudadanos como quien abre las puertas del cielo. Unos y otros son víctimas de la misma fatalidad, pero no todos saben abrir una puerta con swing, ese es un don que se le concede a unos pocos.

Miles Davis, volver al futuro

Por Paul Citraro
Como el mejor pálpito para el escolazo, sobre fines de la década del 60, Miles Davis vaticinó, nuevamente, la historia del jazz. Por cierto, diez años antes. En todos los años terminados en 9, va fundando el sonido de la década entrante. En 1949 con Birth of the Cool (cualquiera que tenga serias intenciones para aproximarse al jazz, encontró la excusa), con el sonido Cool -contracara del Be Bop, claro- de la costa oeste americana. En 1959, con Kind of Blue oxigena otra década de blues (que es el estilo, no el género de los doce compases que inmortalizó, digamos, Robert Johnson). Y, claro, con Bitches Brew, en 1969, electrifica la nueva pátina y abre el juego al Jazz-Rock.
Las grabaciones (las sesiones) que conformaron el disco Bitches Brew tienen a cuestas los espíritus revolucionarios de la época. Jimi Hendrix destrozando -unas horas antes de los comienzos de grabación de Bitches Brew- con un memorable solo de guitarra, el himno norteamericano en Woodstock. Sly (Stewart) and The Family Stone refundando el sonido de la música Soul con novedosas (omniscientes) bases de bajo. Y Los Beatles firmaban como experimento sinfónico su disco Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. Acaso, tal vez, todos ellos movilizados por esa vuelta al día en 80 mundos. Entonces, el secreto (casi) mejor guardado de Miles es la retroalimentación que tiene con sus músicos. Y ya que no compone como indican las convenciones de la lectoescritura a pesar de gozar de ciertas libertades (casi como asociaciones libres que tan psicoanalíticamente han identificado al jazz a partir de los ´50) sino que crea esculturas de sonidos. Empieza a construir sonidos con una densidad transparente, sinfónica. En Bitches Brew, por momentos, hay tres teclados sonando al mismo tiempo: Chick Corea, Larry Young y Joe Zawinul, con acordes disonantes y metálicos. Dos bajistas: Dave Holland y Ron Carter. Varios percusionistas que frecuentan hipnóticos ritmos de base indoarábigas. O el proyecto más atípico de ejecución de un guitarrista de jazz (hasta entonces, claro) en manos de John McLaughlin, improvisando tan libremente como si no supiera tocar una guitarra. Ahí, en esa cocina, en esas sesiones que dieron por nombre Bitches Brew, se tomaban ideas del jazz modal y se inauguraba una nueva batea para los vendedores de discos, comenzaba una nueva era: el Jazz-Rock. No era para menos.
Mientras tanto, en algún lugar del mundo, alguien también era libre y decía con absoluta certeza y libertad de prejuicio -desodorante de ambiente en mano-; ¡No me fallés Papetti!

Los Beach Boys: ladra Wilson, ladra

Por Paul Citraro
Punta y hacha con Los Beatles. Pero con mayor presencia en las voces y a sola firma: Brian Wilson. A diferencia de la inglesa dupla Lennon-McCartney. Es decir, la rivalidad Beatles versus Rolling Stones nunca existió. Los Stones no estaban en su momento a la altura creativa de Los Beatles. En el más considerado de los casos, se trataba de una guerra de mercado. Mientras el rock termina de hacer su triunfal ingreso al mundo adulto y hace la plancha en piscinas empapeladas con la cara de Washington. Detrás de ello, se diseñaban campañas y estrategias comerciales para vender a tal o cual banda. Y sí, los planteamientos de la guerra fría también eran válidos y aplicables para el rock.
Volvemos. La rivalidad creativa siempre fue, al menos en el primer lustro (1962-1967), interoceánica: Beatles vs. Beach Boys. Por decir brevemente, desde "A Hard Day´s Night a Rubber Soul" en Liverpool, o desde "The Beach Boys Today! A Pet Sounds" en California, no hay solamente unos pocos años de por medio. Hay una eternidad.
Brian Wilson había quedado fascinado con el disco (uno de ellos) bisagra de Los Beatles: Rubber Soul. Wilson, en medio de un baño lisérgico (los planes de exterminios de los gobiernos eran más “creativos” por entonces), junto a Tony Asher, un publicista especializado en rimas. El resultado fue Pet Sounds (algo así como el “Sonido de las Mascotas”, que incluía en la portada a los miembros del grupo alimentando animalitos en un zoológico). La alusión era evidente, ahora nosotros les damos “comida” a ustedes, alimentamos a la fauna que nos rodea. Y vaya si lo hicieron. El álbum tenía cambios radicales en relación a anteriores trabajos. Los himnos surferos habían desaparecido. Y aún así no se privaron de mantener (al menos en parte) la costumbre alegre que poblaba las canciones de los chicos de la playa. También se metían en otros terrenos que circundaban sus propias autobiografías: los tormentos.
El disco es una belleza, una maldita sonoridad eterna. Plagado de cameos compositivos a la Phil Spector (1) -muchas capas de sonidos para aumentar la intensidad del fondo musical-. Y una canción que lo confirma de pies a cabeza: “Wouldn´t Be Nice”. Musicalizada no solo con instrumentos característicos de una banda de rock, aparecían trompas, percusiones hindúes, y hasta timbres de bicicletas (que serían la envidia de Mario Ruoppolo en Il Postino).
Podría considerarse que el rock es amplio en el abrazo. Y que además contiene al pop. Y que Pet Sounds es una obra maestra del pop. Y que es una genialidad empapada en sudor bronceado. Desde la autobiográfica “Caroline No” a “God Only Knows” (Solo Dios sabe), aquí traducida y delicadamente interpretada por Pedro Aznar. Tampoco salió ileso al encanto de Brian Wilson. Quien terminó en un callejón sin salida, paranoico y devastado, preguntándose si la búsqueda de la obra perfecta pop tenía sentido. Demasiado pedir para alguien en caída libre, me parece.
Cruzando el Atlántico, cuatro saludables jóvenes encontraban la respuesta: Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band.
Pet Sounds - Beach Boys - 1966
(1) Phil Spector es el creador del mítico proceso de grabación “La pared de sonido.”

Derek And The Dominos, todo por $ 2

Por Paul Citraro
Derek And The Dominos fue una ficción. A lo Kubrick o a lo Capusotto. Mucho talento y dos mangos de producción. Esa ficción fue engendrada por Eric Clapton (léase, maestro mayor de obras del blues blanco del siglo XX). En su momento, ese capricho con forma de vinilo doble “Layla And Other Asssorted love Songs” (Layla y otras clasificadas "canciones de amor”) no tuvo demasiada demanda de parte del público. La situación es la siguiente: Clapton se enamora perdidamente de Patti Boyd. La señora en cuestión es esposa de su mejor amigo: George Harrison. Es decir, Layla es Patti Boyd. Y Derek era Clapton. No sólo el contrabando es potestad del amor, en este caso. Clapton venía de lucir otras joyas en su historia (musical); Yardbirds, Los Bluesbrakers (de John Mayall), Cream y Blind Faith (de otro niño prodigio de entonces: Steve Winwood). Pero con el disfraz “Derek And..” creaba su artesanal joya solitaria. La mayoría de las canciones fueron producto de las interminables sesiones que Clapton y Cía. mantenían en un pequeño estudio de grabación de un barrio periférico inglés. Se sabe, la sublimación es alter beneficiosa cuando va hacia el lado del arte. Y esta no fue una excepción. Bueno, sí, pero de modo superlativo. Clapton, que venía de tocar con la crema del blues y al que los paredones de una Inglaterra proletaria lo proclamaban bajo el título “Clapton is God”. ¿Hace falta aclararlo? Se sabe, los ´70 fueron la era de los “guitar heroes”. Algunos: Hendrix, Kossoff, Lynnott, Zappa, Page y una larga lista. Interminable si se visita un archivo. Pero Clapton, más allá del encanto que le deparaba Hendrix y su nueva estructura de ejecutar el blues (basado en los sonidos de la psicodelia), estaba fascinado con un joven yanqui, blanco y sureño: Duane Allman. Y también una declaración de principios. Allman es el encargado de subirse -con los riffs (1) incendiarios
de un slide (2)- a esa melodía de siete minutos y fracción con forma de mujer llamada Layla. Hay otras composiciones y versiones antológicas, claro. Clásicos revisitados del blues americano -de Big Bill Broonzy a Hendrix-.
Todo por dos pesos. Todo por amor. Después de escuchar “Layla”, que no se diga que la musicoterapia no es saludable.

(1) Riff: frase insistente de un instrumento que caracteriza a un sonido.
(2) Slide: pipeta de acero que se utiliza en la fricción de las cuerdas brindando lánguido sonido cercano a la ensoñación.

Layla And Other Assorted Love Songs - Derek And The Dominos - 1970