jueves, 19 de febrero de 2009

Un pequeño viaje en forma de libro


Acostumbro a ver Tv los martes 36, de Paul Citraro, viene con música
Un pequeño viaje en forma de libro
La edición se completa con un CD que se propone como marco a cada uno de sus nueve poemas, y tiene un formato inusual, lejos del libro de bolsillo. La obra del crítico musical de Rosario/12 se
presenta el sábado en Venado Tuerto.
Por Edgardo Pérez Castillo

Citraro es escritor, boxeador amateur y produce espectáculos.
Resulta imposible pensar en Acostumbro a ver Tv los martes 36 como un libro de bolsillo. Por un lado, es altamente improbable lograr que los más de treinta centímetros de alto quepan aún en un sobretodo. Por el otro, y esencialmente, el de Paul Citraro no es un material para consumir en tránsito, para recorrer entre semáforos. El disco compacto que se adosa a la tapa refuerza ese concepto, proponiendo un marco musical a cada uno de los nueve poemas, con obras que van desde la compleja soledad del cellista Martín Devoto a la polca entrañable del Chango Spasiuk, pasando por Bill Evans, Miles Davis, Ennio Morricone y más.
Es que Paul Citraro no puede presentarse escindido de la música, ésa a la que le dedica horas de escucha y líneas escritas desde su condición de crítico (tarea que desarrolla en estas mismas páginas desde hace una década). Citraro es, además, boxeador amateur, padre, productor de espectáculos, ex estudiante de Filosofía y Letras. Todo ello se conjuga en un libro que este sábado a las 22 tendrá su presentación en la Biblioteca Ameghino de Venado Tuerto, ciudad natal del autor, donde además actuará el Chivo González Trío, inaugurando una serie de conciertos que serán registrados y editados por un sello dedicado específicamente a la publicación de discos grabados en vivo (y que ya cuenta con los shows de Leo Genovese y Quintino Cinalli en proceso de edición).
Así, una vez más, música y palabras estarán enlazadas tras la figura de Citraro, que decidió reunir sus obras en una edición cuidada y poco convencional, según explicó el autor: "La intención era hacer un libro objeto, de manera tal que puedan fusionarse diferentes aristas, múltiples juegos de perspectiva, diferentes formas de poder mirarlo. Básicamente el libro es un pequeño viaje, como podría ser la audición de un disco. De ahí la perspectiva de insertar también un CD que actúe como mapa sonoro. Era una forma de buscarle un plus, que pueda tener una suerte de disparador sensorial. Y además, quizás la posibilidad de despertar otra clase de pensamientos. Es claro que cuando uno está escuchando música y al mismo tiempo está leyendo probablemente pase tres o cuatro páginas sin haberse dado cuenta, por esto de que hay dos o tres funciones en juego, pero quería experimentar a ver qué sucedía desde ahí con ese marco sonoro".
- La música impone un ritmo, genera clima y aporta un color que en cierta manera subjetiviza la lectura. Así lleva al lector a un terreno elegido específicamente. ¿Era consciente de esto?
-No, ahora que lo decís me doy cuenta. Sin duda que hay muchísimo de uno ahí, en términos de experiencias atroces, de frustración, de derrota, que escapan sin lugar a dudas a través de la fantasía que es esta cuestión que tiene que ver con lo musical. Por momentos uno intenta llevar al plano de la música la escritura. Es decir, este elemento de tensión como es una pieza ejecutada con violoncello es lo que intenta de algún modo dibujar lo que está escrito. En este juego de la lectura y la audición hay como un diálogo implícito entre lo que significa la crítica musical y la forma de mirar las cosas. En más de una oportunidad la crítica hace agua o bien no coincide con el criterio del lector o del oyente.
Con su colchón de acordes magistrales, los poemas arrojan vivencias íntimas junto a múltiples citas. Así desfilan el fotógrafo holandés Van der Elsken, Juan Gelman, Neruda, Miles, James Dean, Chet Baker, el box, el Diego y, entre ellos, Onetti y Borges, autores que Citraro reconoce como influencias de peso. "Para mí son dos pensadores y escritores clave. Borges es un tipo que inventa todo el tiempo mundos puramente imaginarios en los cuales los personajes siempre se refugian, pueden sobrevivir o simplemente mueren. Me parece una suerte de palabra cerrada. A partir de la lectura de Borges uno entiende que todas las posibilidades que uno podría haber pensado alrededor de un giro idiomático, una palabra o una definición, siempre terminan en él".
- Si se piensa al libro como un viaje, la nostalgia atraviesa buena parte de los poemas hasta llegar a "El Zorro es Robin", último poema que parece hablar sobre una instancia superadora. ¿Es un viaje que se fue dando durante la escritura?
-Sí, sin duda lo que intenté decir es éso. El libro fundamentalmente tuvo que ver con un proceso catártico en mi vida. Fue un trabajo de apoyatura interesante para mí, en el cual traté de plasmar esta situación en relación a las diferentes realidades. Por éso "El Zorro es Robin" termina con una suerte de hilo esperanzador, como que la cosa empieza a funcionar de nuevo desde otro lugar. Tiene que ver con un pequeño racconto de unos pocos años en los quince días en los que escribí los poemas. Básicamente pasaba que iban saliendo a diario y en función de éso empecé a trabajarlos, recapitularlos, y me pareció interesante jugar con esta posibilidad de editarlos. De mostrarlos, de decir: "Acá estoy nuevamente, he vencido, con otra mirada, esto es lo que tengo para ustedes". La escritura tiene que ver no solamente con un oficio, sino con una realidad que está sujeta a tu forma de vivirla y sentirla. En tanto y en cuanto uno tenga temas, algo para decir de la mejor forma posible, creo que es inevitable el camino de seguir escribiendo.


Nota publicada en el diario Página/12 (Suplemento Rosario/12) - Miércoles 18 de Febrero 2009

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cantar



por Paul Citraro
Sospecho que Liliana Herrero no canta canciones, las camina. Busca la forma de ensimismamiento entre la poética y el latido. Su última placa se llama “Igual a mi corazón”. Y la palabra corazón ofrece riesgos al momento de mencionarla, rodea y contornea lo kistch, pero muestra como nada de que se trata el interior de ese sentir. Es como si hubiese estado procesando el modo de acercarse al alma de la canción desde que Fito Páez –literalmente- la empujó a grabar su primer disco en una modesta sala de ensayo en Caballito, allá por 1987. En ese punto de encuentro o de partida, empieza la nada trivial tarea de apropiarse del mundo y devolverlo hecho canción, composición, poesía, arte. Ver un concierto de Liliana Herrero, parece un absurdo del tiempo, una hora treinta, pueden resumirse en 10 minutos de intensidad, en esa delicada suspensión del yo en que pasamos a ser parte de un universo cantado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Pintura "Donde el barro se subleva"


Reportaje a Horacio Cacciabue
Por Paul Citraro
En un modesto intento de lograr establecer una reflexión sobre los modos y usos del color, las posibilidades en la combinación y el sentir de la expresión permanente, Rosario/12 se acercó a la obra del pintor porteño Horacio “Indio” Cacciabue y dialogó con él acerca de ello y la devolución se presentó de inmediato, sin sacar turno. Por momentos, la seguridad de que el color puede ser una idea, fue destrozada por alguien que no responde a los convencionalismos de la academia, ni mucho menos a las vedetinescas plumas de la expresión pictórica. Y las pruebas parecen no mentir. El resultado, está a la vista de todos.
Horacio Cacciabue nunca se repite, porque no ve igual la misma cosa dos veces. Sus pinturas están hechas a fuerza de sudor en la llaga de ideas tan simples y efectivas y tan conmovedoras al mismo tiempo; girar a contramano, caminar la tela como un zurdo -al que nunca le toca la sortija porque está a la derecha del caballo de madera- o llegar tarde al rincón para tirar la toalla. Y sin embargo, sigue, sigue dando vueltas. Parece no sentir el cansancio de andar finteando sobre el escenario de cuerdas, sonando en una melodía espiralada de Thelonius Monk o enchastrando una y otra vez las patas en el barro fresco que se subleva a la espera de la pisada gigante. El “Indio” Cacciabue siempre está en movimiento cuando saca a relucir el trazo grueso de sus colores, y permite que el expresionismo de ser un movimiento conjeturado, pase a cobrar vida en el movimiento perpetuo de sus pinturas. Escribe sobre la tela casi siempre de modo abrasivo, doloroso. Puede sentirse el humo de la ruina, el grito de la desdicha y el placer del aceite caliente que frita la marca indeleble. Cacciabue mira el modo de pararse al momento de comentar las heridas del tiempo, en las maníacas formas de buscar un “uppercut” que se viste de negro y rojo en las escenas de cuadrilátero. En la franqueza sonora de Chet Baker o del simple reflejo opacado que amanece junto a la orquestita del barrio, cuando Avellaneda toda, duerme. Esa misma liberación, se le hace atadura para intentar transformar a una fémina perversa en la redentora de sus sueños. Hay más, Cacciabue, pinta caminando las pérdidas que lo llevan una vez más, al instante perpetuo y solitario del creador. Y de yapa, nos arropa con su propia belleza, que es una melodía triste de una milonguita, o mejor, darnos el pie para salir a bailar con la más bonita.
¿Para un expresionista mirar el mundo duele menos que otear al corazón?
El expresionismo es el espacio habitable entre la razón y la nada. Mirar al mundo duele por toda la luz, duele de cromo el otear lento del zurdo.
Hay dos predominios en su obra; los colores violentos y los golpes coloridos
Predominan los colores violentos y los golpes que ladran y el absurdo de pretender hacer audible lo silente y mover lo estático.
¿Las paletas son obras por derecho propio?
Solo falta la firma.
Aunque usted quiera esconderse, su obra lo deschava; el tango, el jazz, el box, Buenos Aires…
Ando deschavándome todo el tiempo, como un chorro fracasado.
¿Su muestra “Donde el barro se subleva” finalmente, se trata un intento de fintear al pintor?
Responde al origen, como la muestra era en la bella Florencia, por Italia, apelé a mi origen, al suburbio, a Avellaneda, al fango, al sur y el aceite, allá donde el barro se subleva.

Horacio Cacciabue fue discípulo del maestro argentino Carlos Gorriarena. Actualmente inauguró en la ciudad de Roma (Italia), una Muestra de Retrospectiva de Acuarelas auspiciado por la Embajada Argentina. El 20 de Octubre estará presentando su nueva muestra “Tinta Negra, Tinta Roja” (dibujos de tangos instrumentales y títulos de tango) en el Centro Cultural Caras y Caretas de la ciudad de Buenos Aires. Prontamente, la muestra se trasladará a la ciudad de Rosario.

martes, 21 de octubre de 2008

Aquellas pequeñas cosas


Por Paul Citraro
Las cosas empiezan como esperanza y terminan como costumbre. Parece. Y en este desasosiego, Dios perdona a quienes inventan fatuamente que lo necesitan. Tomen aire, asiento, aliento, licor, clorohidrato de base colombiana, redenciones. Sepan disculpar esta digresión. Es preferible el silencio como remedio homeopático a las sogas de la locura que entran como un vórtice por la nariz. Silencio. Ese silencio saludable que actúa como medicina al ruido sufriente y enquistado con marcada predilección por las madrugadas. El secreto de “El Gordo”, se transformó en una dirección tramposa y resbaladiza como la palabra verdad.
Su modo de hablar se parecía a sus manos. Hablaba, hablaba. Sin parar, con voz de barítono vibrante, vedado por la infecta moral de quienes toman a la simpleza como un altísimo gesto evolutivo. La tensión interior estaba a la vista y esa consonancia admirablemente melodiosa que solía pasear al mediodía, por las noches, se convertían en palabras de piedra. Fija. Seguro como la mierda. Y el mono tremendo. Aun por modesta que fuera la ración del mazazo ilegal, esa escala intermedia de tono y volumen, parecían volver a desvanecerse. Por esa semejanza puramente externa, que actuaba como un gran parecido al formalismo de las relaciones bien vistas -las aristas de la rigidez- y que no marcan demasiada diferencia ni consuelo en su interior. De igual modo, se sentía tranquilo y satisfecho, por fin, por suerte, había hecho todo lo contrario.

Visto con lupa era similar a un libro de Salinger. Contagiando, trasmitiendo cuando no gritando esa rara y saludable enfermedad espiritual, que los simples mortales cuando se nos da por otear de rengos, decimos; otra vez segregando las endorfinas a destiempo. Podría decirse, nadie ha tipificado mejor las tensiones y diatribas de una época árida de pensamientos mejor que él. Y con eso no alcanza. La unión entre borracheras y peleas callejeras da por sentado que habrá un nuevo manual imperfecto que sería solo ubicable en un solo conjunto orgánico; quienes no supieron dar más, quienes no pudieron dar más; los cainitas. De Caín.
Sentado al filo final del estaño canta contento una canción de “Memphis la blusera”, “La flor más bella”, creo, algo así relacionado con la decadencia compositiva. Canta desafiliado de entonación, canta, lo hace insistentemente sin saber como llegar a donde quiere ir. La postura es extraña, como pidiendo permiso en medio de gestos ampulosos y barrocos. Y llega la mano por el bajo fondo y estalla de alegría. Es un tano desaforado en un bodegón de las afueras, quién lo duda. No le importa, ni le interesa pedir disculpas por cada movimiento brusco contra el resto del mundo. Quiere. No puede. Decir con detallada serenidad que no se fijen en el, porque es demasiado irrelevante el estado en que se muestran las actitudes y las acciones indefendibles. Es cosa de chicos lastimados. Y al veneno se lo cura con veneno. Un toro sacrificado que mira por última vez al verdugo de 4 centímetros que está tirada sobre la mesa.
“Me darían una gran alegría si no se fijaran en mi, pero por favor, tampoco me olviden”. Al parecer, fuerza combinada con delicadeza no era su fuerte. Digamos una fuerza para que, precisamente lo pequeño, el detalle breve y sutil, es muy difícil de manifestar. Y volvía a la zerotypia. Según dicen los arquitectos del balero, una patología cuyo síntoma se trata de un interés particularmente morboso por cualquier causa. A lo Blake o a lo Morrison, queriendo meter la historia de lo sensible en un solo poema, encontrando la piedra Rosetta de todo, abriendo las puertas de la percepción, por ejemplo. Por lo que yo recuerdo, esas puertas, no lograron abrirse nunca.

viernes, 10 de octubre de 2008

El reino de Dadá


Por Paul Citraro
Existe un ejemplo claro de este proceso Dadá, cuyo reinado no ha sido tomado nunca con la suficiente seriedad en la literatura moderna. Que sería harto más que jugoso con las célebres figuras que han desfilado con esta manifestación del espíritu. El dadaísmo, no es un movimiento más del arte, tampoco una corriente de influencia considerable. El dadaísmo, fue una acción inmediata que intentó borrar y correr los límites del arte moderno. Y este reinado empezó con un suicidio en París y en su desarrollo, se cargó y encargó unas cuantas muertes más. Pero el caso en cuestión, eran sin dudas, la biblia del movimiento; sus protagonistas. Algunos eran simplemente chulos resentidos, proxenetas, mercaderes, encantadores de serpientes, esquizofrénicos con aires de artista y finalmente, los artistas; Jan Arp, Francis Picabia, Marcel Duchamp. Todos los que participaban desde los inicios “del movimiento”, dentro de sus vagas metas, algunas que eran anárquicas o demasiado dispersas coincidieron en lo siguiente: el dadaísmo será una caricia para el legado del siglo XX. El mismo que estará poblado por todos los rincones del planeta de mediocridad e hipocresía. Estas consignas, como luego también las sufrirían los gestores ideológicos del Mayo Francés de 1968, estaban sometidas tanto para los artistas finos que han sido mencionados, como para los cultores de los espíritus más retraídos. El fin dadaísta era la agitación destructiva contra todo. No solamente contra el establishment, sino también contra las altas clases y la burguesía que en parte eran su público y hasta contra Dadá mismo que bien se podría adaptar a nuestra sociedad: “Basta de pintores, basta de periodistas, basta de políticos, basta de generales, basta de comisarios, basta de comunistas, basta de socialistas, basta de peronistas, basta de proletarios, basta de leguleyos, basta de agentes inmobiliarios, basta de NADA, NADA, NADA. Ahí, es cuando emerge la figura de él, el gordo, con su grotesca humanidad, por fin encontrando un lugar a salvo del mundo. Lo mismo que Cravan, Arthur. El gordo le apuntaba al mito del poeta, crítico de arte –y crítico social, fundamentalmente de las fraudulentas movilizaciones sociales solapadas de beneficencia y caridad-, especialista en injurias, boxeador amateur y que murió en un extraño suceso un año antes que Vaché. El gordo, iba por eso, ser un Cravan en tiempos modernos, a seguir leyendo con devoción la leyenda ocurrida tanto tiempo atrás. Las que hablaban de unas cuantas reseñas sangrientas y le recordaban como punzones clavados en el medio del pecho, la historia de él, con su padre, quién había tomado malas decisiones en su vida y finalmente había terminado en la cárcel. Consecuentemente con esta postura, unos años después, terminaba muerto en una emboscada que nunca salieron a la luz los hechos concretos del caso. Ese no era el panteón que deseaba el gordo para su suerte. La fascinación corría por otros canales y bombeaba sangre en el encuentro con la leyenda de Cravan. Según había leído un artículo que cuidaba con devoción, escrito en su lengua original y publicado en la revista francesa Maintenant, Arthur Cravan había sido; hombre de confianza del rey, marinero mercante, ex campeón de box de Francia, encantador de serpientes, traficante de opio marroquí, canciller de la reina de Inglaterra, leñador, chofer en Berlín, cosechador de naranjas en California, malevo de esquina en Buenos Aires, etc. Todo esto, o gran parte, lógicamente era mentira, propio del espíritu dadaísta. Y ese alarde engañoso y seductor, fue su móvil permanente. A menudo pensaba en su pasado, y en el trabajo de su referéndum, de su camarada predilecto, aunque hubiese nacido un siglo atrás. Al fin y al cabo, tanto Cravan como el gordo sabían de sobradas formas que dadá, era solo una manifestación del espíritu.

El ídolo


Por Paul Citraro
(extracto de la novela aun inédita)
Una cosa es ser un personaje y otra muy diferente quedar atrapado en el. La respuesta, en términos aparentes, y no sin menos ánimos de ostentar un hallazgo tardío, tiene nombre y apellido; Fernando Pirchio Parodi. ¡El ídolo de la Turbamulta! Sí, es cierto, y aunque parezca una contradicción, el gordo era una bola de absurdo bizarrismo y carismático histrionismo delante de la pantalla. Algunos acólitos insistentes presuponían que, éste…, nació con un contrato televisivo bajo el brazo. Otros, entre realistas de ultranza y escépticos inquebrantables, se detenían también, sin titubear hasta quedar estáticos mientras duraba el hechizo de ese conjunto bizarro y kistch para el gusto refinado que era el ídolo. El tipo tenía ángel y demonio. Era dueño de esa teatralidad ampulosa y barroca que le provocaba estar dentro de la caja programada para los Domingos, a la hora en que se apaga el sol y suena el timbre de la melancolía. Era el modo explosivo de reinventar la vida a base de idioteces, romper esa fuerza implacable y persistente que se apodera de la gran mayoría y se conoce bajo el nombre de melancolía. Otros, algo más hundidos en la desolación propia y ajena, la llaman simplemente tristeza. Dos horas y fracción de pedanterías, ingenio, celebraciones alrededor de la mediocridad, sugerencias perniciosas y despuntar el vicio de ser famoso, ser realmente una opaca estrella televisiva y vivir como tal. Luego, llegando a la finalización de la programación, destruía sistemáticamente la parodia que regodeaba la popularidad y decía en tono de ingenuidad y malicia; -Ahora, me voy a tocar timbres, a jugar al ring raje- Todos, o casi todos, sabíamos qué se trataba (…)Alguien que al cierre de la programación televisiva, luego de regalar la mejor sonrisa al resto del elenco, reconstruía su propio paisaje en soledad del tóxico, que disparaba dos certeros balazos en la sien, como ir segregando endorfinas para los cuatro puntos cardinales de su cabeza. Un trago de whisky ordinario de la petaca guardada cuidadosamente en el interior del saco sastre de buen corte, y a la cancha, que podía ser cualquiera o simplemente no existir. Mr. Hyde disfrazado del gordo, había regresado en una de las formas más sólidas de la locura. Al borde de creerlo, encerrado en alguna especie de naturaleza animal y salvaje. Muchos se jactaban de haberlo reconocido en la noche arrastrándose como un perro herido hasta el lugar donde había nacido. Buscando el último gramo de cordura o una señal despiadada que lo movilice lo suficiente para sentir el envión final como amenaza y entregarse finalmente al deseo de buscar la forma de meterse en el cobijo de las frazadas propias, algo que anhelaba por encima de todo. Buscaba en el incordio de existir un fin silencioso de llegar a salvo al puerto de marras, algo, algo que lo separe por un rato sin por ello resignar el estilo propio que había elegido para su triste y ridícula vida. Acaso, aseverando una vida comprometida con la causa dadaísta con una meticulosidad en la insistencia de la autodestrucción a la que pocos se atreverían experimentar, de solo ver sus resultados y consecuencias. A veces, todo esto estaba en el medio del cuadro de la pantalla, esa amenaza visual que por momentos, lo adoraba, lo seguía, lo perseguía y, finalmente, lo perdía. Los otros, nosotros, los que seguimos haciendo cola para que nos atiendan, decíamos no sin cierto aire de desdén en la sonrisa fácil; el gordo “Pirrrcho” o “Chopirrr” es un personaje, un loco. La palabra loco, en este caso reunía varias acepciones posibles, pero, creo que se refería a ser, sin más pretensiones; sinónimo de autenticidad. El mito estaba cerca. Terminaba el programa y en cualquiera de los modos de cruzarse con el, día, tarde y noche, siempre, daban ganas de gritarle la célebre declaración de principios de autoría propia; “Ídolosss…de la Turbamulta”.

lunes, 14 de julio de 2008

Folliando con Dadá


Por Paul Citraro
Cierra rápido la puerta, en pleno estado de shock y violencia. Es el gordo y viene acompañado por un séquito de ritmos entumecidos todavía resonantes del Cabaret Voltaire. La escena representa sin dudas, un muestrario de lo que significa la decisión humana caminando al borde de la cornisa. Nada más alejado de ser Moby Dick, una ballena a tránsito lento; tibio en el Ecuador y frío en los polos. Esto, es otra cosa, un modo polisémico de ser el nuevo prospecto de cómo seguir y seguir sin margen de error las instrucciones para convertirse en el abanderado de las posibles formas y rituales que contempla la autoeliminación humana. Por ahora, solo habita en un pequeño rincón de su cabeza la entramada sospecha de pertenecer al linaje biológico de su tan admirado y odiado Cravan. Y rezar en otra lengua para que Tristán Tzara le arrime la palabra justa que justifique continuar sobreviviendo a Dios. Pretende sin detenimiento alguno ser Melville en medio de ese interrogante, antes de colgar el cable de plancha que dejará sin aire finalmente a la bestia. Un cable viejo por un arpón. Son las reglas de una lenta madrugada pueblerina. Tiene miedo, intuye el final cerca, se babea. Los ojos ciegos y las pupilas desorientadas en medio de la neblina lo aterran, y de pensarse eternamente solo, el corazón le bombea una corrida salvaje. Tiene taquicardia, sufre, llora y maldice lo inevitable. Pero sigue. Sigue sin parar y reparar en el rastro de esa obsesión ideológica que el dadaísmo, se encarga siempre de convertir en carne podrida. Siente bajo la suela de los borceguíes el corazón propio, el molde hereditario de una inconsciencia seminal que se le metió por algún lado y no sabe cómo desterrarla de las cercanías del pensamiento de Jacquetas Vaché, Arthur Cravan y Jacques Rigaut. Esos mismos que habían convertido hace más de medio siglo a la muerte en un bonito y pronunciado acto vanguardista. Esa misma supuesta crisis existencial protagonista definitiva tiempo atrás, habitaría cada centímetro de la humanidad de boxeador medio pesado en el cuerpo de quien todo el mundo, o casi todos conocían como “Chopir” o simplemente, “el gordo”. Y ahora ese todo, tiende a ser más claro, estamos hablando de la crisis de la edad madura con el correspondiente cuestionamiento de la vida como obra definitiva de la muerte. De Nicanor Parra y el shock violento de los Antipoemas ensamblados con un ayuntamiento de una voz tan cavernosa como frágil. Era la excusa perfecta para prescindir de la conciencia pública y sus miradas al respecto, tan atónitas como moralizantes que el gordo lucía en el buen vestir por elegancia. Conocía de nombre apenas a los grandes escritores rusos que dieron lo que Kierkegaard llamaría “el salto de la fe” a una religión ortodoxa. Pero no era así, faltaba más. La nueva biblia de bolsillo para él, estaba escrita en neón chileno y alumbraría las palabras en la interpretación de cada metáfora. Por ahora no hay más que ruinas abandonadas como paisaje, algunos petates sin valor y el señalador con anotaciones y correcciones en un verso que coincide como si fuera escrito con el prepucio de su alma; Fattuo como el cisne/Frío como un riel/Gordo como un pavo/Feo como usted. -No soy yo, no sos vos, es “Don Nicanor”, un viejo descarriado que reemplaza la sintaxis poética por lascivia decadente. Shileno el tipo. Y eso me gusta. Mucho, mucho- bruñe el gordo. Así como Yeats o Lawrence habían inventado sus pseudorreligiones, el gordo tenía la propia, el dadaísmo. Era un método de supervivencia, el madero al cual se aferra uno en medio de un naufragio. Por lo demás, cualesquiera fueran los ritos o los hábitos cotidianos de los artistas de su estirpe, los actos de fe en lo políticamente incorrecto comenzaron a ser cada vez más importante en esa parte integral de su obra. Todos los emprendimientos teatrales que lo referenciaban se acercaban de forma inmediata a pensar ¿qué me importa que Dios exista?, si no puedo vivir para siempre. Pero si Dios no existe, tampoco cambia la forma de la muerte elegida. Deja de ser una presencia de características humanas o mejor, sobrehumanas, para convertirse en una alimaña mental, oscura, siniestra. Pero muy seductora. No es el esqueleto de ningún caballero medieval, ni el amante fatal de los románticos surrealistas. Incluso, por unos minutos, deja de ser el espíritu moribundo de otro mundo. Es el final elegido. El momento de la gran revelación, que de tanto esperar, se ha presentado para explicar finalmente el todo. Un final breve y chato. GLOG…pronuncia el grito seco. La maquinaria suicida se ha detenido. El corazón ya no baila de madrugada con la naif música de Miguel Abuelo, el cuerpo rígido se rompe, se corrompe, y la vida sigue en otra parte. El día cero acaba de empezar y parece no terminar nunca, como Tolstoi, es un buen punto para indignarse por este sin sentido de la existencia que nos ha tocado. Esa mueca graciosa que dice o se tienta en pronunciar que no hay más que vida dentro de la vida misma. En el mejor de los casos, un frasco de caramelos. Por eso, en el suicidio, como una letra faltante de la desesperación, podría estar subyacente una visión radical del mundo. Una realidad en sí misma que la actitud Dadá impedía reconocer bajo el signo de la verdad. Evidentemente, el gordo había hecho su mayor gesto de vanguardia.

(Párrafo de la novela en proceso El Gordo, un pin dadaísta)