miércoles, 25 de junio de 2008

Crimen y castigo


Cierta vez le preguntaron a Little Richard si sabía de qué lugar venían sus canciones. Little Richard contestó casi escupiendo; “si lo supiera, viviría allí”. Little Richard no es Dios, o sí para algunos. En realidad la idea de vivir en el lugar madre de toda creación es tan encantadora como alienante. ¿Será para Little Richard la creación un lugar amoroso o de puro infarto y sufrimiento? No lo sabemos. Si la relación con la creación frenética esta ligada a un lugar paradisíaco o el vértigo nocturno de una ciudad atiborrada de carteles luminosos y ruidos extraños. Hacia el año 1957-58 cuando se pensaba que era la palabra rock´n´roll, cualquier distraído podía decir; “.Tutti Fruti” de Little Richard, “Rock ´n´roll high school” de Chuck Berry o “Blue suede shoes” de Carl Perkins o “Summertime Blues” de Eddie Cochran y era cierto. Diez años después se podía asociar la palabra rock –sin correr riesgo alguno de ser cuestionado por algún estudiante de La Sorbona- con “A day in the life” de Los Beatles. Por no decir “Revolution 9” pieza un tanto difícil de analizar con toda esa carga de cacofonía que la termina de convertir en nada. En ese momento límite, el rock, y en su propia ambición se convierte en un quiste sebáceo que puede contener cualquier tipo de sorpresa. En realidad no teme al destino porque está apurado al vocablo de Dárgelos por estos lugares de llanos y elementos creativos de tercer mundo. ¿Para qué traducir canciones más allá de Dylan y los malditos de la pluma*? El pop –que navega internamente al rock- ha masificado sus construcciones simbólicas. “En esta puta ciudad…” de Paez puede ser una fórmula tan demostrativa como “Like a rolling stone” de Dylan o “Woop ba ba loop ba, woop bam boom” de Little Richard. Las dos, tres, responden a un concepto clave para la canción popular. Son fórmulas tan semánticas como visuales y sonoras que se entienden universalmente. Entonces no es disparatado pensar al rock como una corriente interna sin límites, una instancia en que la ética del deseo cobra sentido. Y por más que Jagger esté cantando “I can´t get no satisfaction” o John Lydon, camiseta anarquista del punk de por medio en “Anarchy in U.K.” se puede tener noción de qué quiere decir, incluso por fuera del idioma. ¿Hacia dónde mira el rock? Kurt Cobain diría por los 90, “ya no queda forma de ser subversivo en el rock, a menos que te dinamites el culo”. John Lydon de los Sex Pistols reclama no sin cierto desden y resignación que los hippies rechazaban jabones comerciales y luego se reciclaron en su ideología para vender una papa sucia escondiendo la conciencia que esa idea de “venderte” también responde a un diseño corporativo. Tampoco nos olvidemos de los ecos todavía exitosos del regreso de Soda Stereo quienes sumergidos en la burbuja del tiempo hicieron rendir a medio país rockero (y no tanto) con una imagen convincente artísticamente que no hubiese sido posible de no tener el auspicio de una compañía de telefonía celular. Prodan decía con frecuencia le falta rock. Y se limitaba al conformismo de las canciones. Como a todos, cuando se ve el panorama holgado, pocos Diógenes siguen con la canasta de mimbre. Pero muchos, que todavía ni fueron, en la primera fortuita de fantasía; “la idolatría de la estrella rock”, no recuerdan que éxito y fracaso también “son impostores.”

*Los poetas malditos de la década del 50 que crearon un estilo incorfomista en la literatura. Entre otros; William Burroughs, Jack Kerouac, Henry Miller, Allen Ginsberg

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