martes, 24 de junio de 2008

Con la música a otra parte

Por Paul Citraro (Revista Lote - Noviembre de 2002)

El mundo del blues lo conoce como Botafogo. Es el discípulo predilecto de Pappo. Recientemente finalizó una gira por el Japón donde es tan alabado como Troilo. Tocó con los grandes históricos pero no duda en tocar con la banda de un pueblo ignoto, o en venir a Venado Tuerto próximamente. Miguel “Botafogo” Vilanova, uno de los mejores guitarristas argentinos, que a pesar de su basta carrera todavía tiene interés en mantener en pie la reserva moral del blues argentino.



“Si los amantes del blues van al infierno entonces, es verdad que vacío ha de estar el paraíso”. Beto Leone, de su programa radial “Cosas de negros”


El blues le sienta bien

Estoy parado en la esquina de Uriarte y Honduras, en pleno barrio de San Telmo. Tengo la cabeza hinchada –de placer y llena de reveses– después de hablar como dos horas con Diego Fischerman en un café que no me acuerdo cómo se llama, en diagonal a otro café que sí recuerdo bien: Finisterra. Desde el teléfono público del bar donde no consumí nada, marco el número de Botafogo. Atiende Dafne, su mujer y manager. Le recuerdo la nota para la revista Lote. Voy por la segunda entrevista del día y se me adelantó el viaje de regreso a Venado. Estoy apurado, le digo a Dafne. Yo también, –me responde– me tengo que ir, pero seguí insistiendo que “Bota” está por llegar de tocar de Entre Ríos, sabe de la entrevista. El sol del mediodía porteño quema distinto que en un pueblo. Tercer llamado. Se escucha el hola cansado, como si fuera de alguien que viene de hacer una gira por el litoral, de tocar con gente que desconoce, sin importarle demasiado lo que cualquier perejil pudo haber dicho: Eh!, Botafogo tendría que tocar con músicos de mayor nivel!. Es que el legado se da de esa forma, haciendo escuela, ensuciándose en el barro. Compartiendo, sudando.

Un rato después, ya en Colegiales, o por ahí cerca, el hombre que hoy puede tocar cosas que soñaba cuando tenía 15 años me invita a pasar mientras se predispone, a pesar del cansancio que trae a cuestas, para la entrevista. En el living. Algunos trastos propios ocupan el lugar; discos de difusión, papeles sueltos, carpetas, una repisa con discos compactos, algún que otro póster de los “ídolos” y el Fútbol a sol y sombra, de Galeano sobre la mesa larga en la cual estoy apoyado. Esperando. Botafogo protesta por la lentitud de los colectivos de línea. Ahora en su casa, reencontrándose con su comodidad, se echa atrás en el sillón frente a mí, y comienza a contarme cómo comenzó todo. Cuando era adolescente y se desarmaba sacando los temas de Peter Green, Mick Taylor, Clapton, B.B.King o todo lo que termine con rey y por supuesto, los temas de quien fuera nada más que unos poquitos años más tarde su maestro y amigo: Norberto Napolitano. Pappo.

El eterno encanto que tiene el blues, a Botafogo no dejó de visitarlo. De ayudarlo a conservar su escalística, sus acordes, sus introducciones, sus turns arounds, sus yeites. Qué mejor forma de definir la mecánica y la mística del género si no es por boca de alguien que lo transpira día y noche. Y rememora en cada acorde el momento más lindo, el del enamoramiento, que pasea sin pedir permiso por la escala de los doce compases.

Tristeza en la ciudad

Se dirige sin dudarlo a la tristeza del blues, sin negarla, aunque sabe muy bien que no todo termina ahí. “Siempre existió, pero también es cierto que como contrapartida se pudo tocar algo divertido, está dentro de lo legítimo, y está inserto en la historia misma del blues”. Agrega. “Algo más estridente en el blues, dio por resultado al funky. Esa es una evolución notoria al funky, al rhythm & blues, al soul, que también metió lo suyo” y no se detiene hasta llegar a la expresión más explosiva de la segunda mitad del siglo pasado: el rock & roll. Pero sin desviarse demasiado de la consigna original y recalcando por qué el rock & roll –especialmente el inglés– cayó bajo el hechizo de los bluseros americanos y explica en forma fundante los elementos que nutrieron a la corriente que le saca el sueño. Desde hace ya unos cuantos años, claro. “Entre todos los recursos rítmicos que fueron colándose en el blues, los ritmos tropicales fueron importantes en su evolución”. E inmediatamente añade: “se sabe que el uso del acordeón verdulera de los viejos inmigrantes francos del lado de la colonia francesa del Mississippi, también hicieron su gran aporte”, y casi a dúo mencionamos al rey indiscutido del zydeco, al referente máximo si de fanfarrias festivas se trata, Clifton Chenier. Lo que Muddy Waters al blues de Chicago.

Botafogo, toca dos acordes cada vez que habla y vuelve a la base rítmica original, no se permite dejar de citar a los artistas que han aumentado su visión sobre el blues. Bucea en el pensamiento, sale a la superficie y deja ver parte de los que fueron sus mayores influencias; Willie Dixon, John Lee Hooker, Robert Johnson, Son House y una vez más, Muddy Waters. Y vuelve a la carga con el pianista de ragtime, Scott Shoplin y sigue confeccionando mentalmente una lista que muere en silencio.


La juventud es una actitud y no una edad

Empezó a jugar en primera “A” –como dice él– tocando el bajo, y siendo un nene de diecisiete, en el mítico Pappo´s Blues. Más tarde integraría las filas, ya como guitarrista de Engranaje, Avalancha y Tren Plateado y formó parte de unas bandas argentinas –que injustamente han sido poco recordadas– Carolina, entre ellas. Luego vino Studebaker en el período del ‘76 al ’77. Un trío de amigos, (“Yalo” Lopez y Daniel Demaria) que con el correr de los años y el retorno al país de Botafogo, después del exilio, se reencontrarían y darían forma a la agrupación, quizá, más conocida que haya integrado: Durazno de Gala. Ese fue un viejo sueño hecho realidad.

De la época de su estadía fuera del país, en pleno gobierno de facto de los setenta, recuerda en tono anecdótico: “No fue una decisión de mi parte que tenía que ver con lo político, lo mío pasaba por encontrar un lugar donde yo me pudiese desarrollar como músico, había probado el dulce con Pappo y las otras bandas, tenía bien claro en ese aspecto lo que quería. En España pude alcanzar algunas metas elementales que me había propuesto; vivir de la música, grabar, conocer el sistema de las discográficas, lo que significa tratar con los managers, con productores. Todo eso se fue dando y me sirvió mucho. España me sirvió para todo eso y mucho más. Además tuve la dicha de conocer a grandes músicos, muy comprometidos, sobre todo con la realidad socio-política de ese entonces”.

Hay algo más, y tiene que ver con la satisfacción de descubrir otro universo. La llegada de un hijo. “Cuando Dafne estaba embarazada, yo estaba de gira y fueron los Barón Rojo quienes la llevaron a la clínica a internarse, para el nacimiento de Andrés. Historias que tienen que ver con España”.


Durazno de Gala, los proyectos solistas y los pesos pesados

Durazno de Gala fue la banda en la que permaneció durante más tiempo, cuando regresó a la Argentina de la democracia nueva, en 1984. Siete álbumes, y la paralela participación como músico estable al lado de legendarios músicos de la historia del rock argentino; Rinaldo Rafanelli, Vitico y Miguel Cantilo, además de grabar con ese nuevo fenómeno grupal de la fémina vernácula: Las –argentinísimas– Blacanblus. Y claro, tampoco podía faltar un aporte, por pequeño que sea, con el Pappo´s Blues de las últimas formaciones. Como para volver a despuntar el vicio.

No menos satisfacciones artísticas fueron las que produjo el desembarco de los históricos del blues a nuestro país –en plena convertibilidad y ebullición de los 90´– y con la designación de Durazno de Gala como banda soporte de James Cotton (1993), Carlos Santana (1993), Taj Mahal (1994) y en cinco oportunidades consecutivas teloneando al rey, Blues Boy King (del 91´al 95´). Aquellas funciones con Durazno y su etapa solista tocando en los escenarios antes de King, las recuerda con la infinita emoción de un niño. “Fue hermoso conocerlo al maestro de cerca, una cosa grosísima”, después siguieron viniendo otros grandes Buddy Guy (1995), el guitarrista de jazz Scott Henderson (1998) y Jeff Beck (1998)”. En esos años Botafogo devuelve las gentilezas al país que acuna al género desde hace más de un siglo y toca como invitado con la plana mayor americana, con algunos de los mejores armoniquistas que ha dado el blues contemporáneo: Junior Wells, Bruce Ewan y Carey Bell, y el pianista Deacon Jones. Y como un regalo navideño de manos de Papá Noel, la oportunidad de tocar con Hubert Sumlin, guitarrista y cuidador de ovejas del “lobo aullador”, Howlin Wolf.


La escena local

Esta búsqueda que comenzó hace mucho tiempo y todavía continúa, es producto de lo que podríamos llamar su condición de eterno insatisfecho. Por lo cual el músico intenta acercarse a la más alta concepción del espíritu, a corazón abierto. A puro temblor. Gambeteando a las desventajas que nunca terminan. Tirándole un caño al sistema discográfico. Reduciendo el deseo a necesidad, porque la vida de un artista comprometido –como en esto caso– se redime de los imperativos económicos que debe soportar hasta el final o muere en el intento.

Con respecto a la desoladora situación actual y a las condiciones casi inexistentes de evolución, Botafogo analiza la realidad de la escena local en relación a los artistas extranjeros. “Los músicos de afuera que han llegado al país, tuvieron en cuenta de qué manera nosotros estábamos haciendo blues y rock, contra una gran maquinaria que devora sentidos y atrofia la capacidad de apreciar música a través del mercado. En otros lugares al veterano se lo cuida con otro respeto hacia su obra, su trayectoria, sus discos, sus canciones. Por momentos me pregunto ¿qué hubiese pasado si Clapton naciera en Buenos Aires? ¿Habría logrado lo que Pappo logró desde Buenos Aires, desde un país como Argentina? Entonces por ahí perdemos la perspectiva, lo que pudo conseguir Spinetta, Pappo o Luis Salinas. Desde aquí tiene otro peso”. Se detiene un momento, sólo un instante como queriendo cerrar el comentario entre la bronca y la emoción. Se ensancha de orgullo y dice con el entrecejo fruncido, en tono amenazante: “Son nuestros, viejo”.


Estilos

“Desde la época de Durazno de Gala me he tomado el berretín de mostrarle a la gente que Pappo ya compuso El tren de las 16 y el Blues de Santa Fe y no hace falta cambiarle la letras a esos temas y seguir tocando lo mismo. Además Manal había mostrado ese pastiche que lograron ellos con una combinación genial de blues y jazz con letras arrabaleras. Entonces uno, bien lejos de querer compararse con esa obra maestra, intenta trabajar en un sonido un tanto más amplio. No llevo encima esa cosa de un sonido particular. Toco con diferentes guitarras, no soy fanático de una sola guitarra, tengo muchas marcas diferentes, me gusta el sonido de lo acústico, de doce cuerdas, el dobro... lo que no puedo hacer con las mujeres lo hago con las guitarras”.

1 comentario:

Bruno dijo...

grande Paul!!!
cuando viene Don Vilanova a Venado?
esta semana publicó una carta muy buena, criticando la escena rockera de gran manera!
Espero la fecha, asi estamos por ahi!
gran abrazo y felicitaciones como siempre