domingo, 8 de junio de 2008

El Gordo Triste

Por Paul Citraro
La poética del absurdo perdió la vida pero no el encanto. Un pedazo de alegría nos falta. Todos los vasos de almacén están amargos desde el primer sorbo. No hay relato que alcance. Por bien contado que esté, parece, le falta un vibrato que lo distinga. Te comiste la cancha y otra vez te borraron la raya de cal fresquita. Jugaste igual que siempre, como nunca y te arrebataste de dolor con la mala puntería de costumbre. Si hasta la gilada habló gratis y tuvieron el tupé de pintarte los zapatos con tus vueltos birlados. Es una pena. Que no les hayas dado el cursillo nihilista de tu bandera dadaísta. Confieso, de principio te entré desconfiado. Tu acción corrosiva estaba más allá del paño que suelo lustrar a diario. Pero nos convenciste (o nos cansaste) que el arte había muerto después de Dios. Y regalaste un basural de alegría como tu bienamado Warhol. Era por demás de evidente que se te saltaba el corazón genovés en cada invitación al continente de tu mesa. Se notaba el humo de esos fuegos en la mirada, en el vibrante tono de voz del relato, que ha sido de lo mejorcito al momento de la emoción compartida. Y nos reímos sin parar de sólo mirarte correr esa brújula con destino inexorable de performer criollo. Los que inevitablemente nos creímos que Arthur Cravan se te había metido por el hígado, todavía lo seguimos pensando. Había que ver esa forma reticente de esconder confesiones o las otras formas de andar consumido por el deseo irrefrenable de simular el payaso triste. Uno dirá al tranco con los amigos camino al asadito gentil que alguien buscará repetir la experiencia y ahí nos vamos a mirar cómplices sabiendo que al equipo, le falta un wing picante. Que no pare de tirar centros a la hoya. La otra, también está vacía (“creativo gastronómico de la olla por siete mangos se busca”), y se hace cada vez menos posible la travesía de conocernos un poco más en ese ida y vuelta de dichas terrenales. ¿No habíamos quedado que el bocado compartido elevaba nuestra dignidad? Si sabíamos que el castigo anunciado venía con olor desabrido. Y sin embargo, te fuiste a la carga con el deseo y tu esencia de enlazarte un poquito mal a la vida. Lo teníamos claro, se habló en varios estaños. Si el deseo no detenía su marcha había que buscar la razón de la existencia. Un puerto para tirar el ancla y parar un poco. Aflojarle al temor y abrazarte a la comitiva de camaradas que te seguían. Algunos te postularán como mercader intransigente que ha edificado su historia condenado a la oscuridad. Otros diremos, después de Ringo, no he visto a nadie querer con tanta dulzura a la vieja y al pibe. Fuiste tan generoso que mientras todos te conocíamos vos reconocías de manera exagerada. Quizá haya sido tu modo de jugar al límite y saber que la posibilidad de perder la vida a cada instante es la mejor manera de sentirse vivos. No era para tanto. Todavía seguimos creyendo que es una nueva paradoja actuada. ¿Qué me hacés Gordo? Por el barrio, te vamos a extrañar.


Fernando Pirchio Parodi decidió quitarse la vida el día Viernes 18 de Abril de 2008

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