jueves, 26 de junio de 2008

Gestos

Por Paul Citraro
Pienso en gestos olvidados, en la forma de mirar y contar que tenían nuestros abuelos. Poco a poco, perdidos, y que no hemos heredados siquiera la receta del árbol ni del tiempo. Esta noche encontré un adorno guardado cuidadosamente en un cajón. La mano traidora de la contemporaneidad estuvo a punto de destruirlo, con algo de saña, con algo de rencor y sin un poquito de interés por lo que guarbada en su interior. Mientras lo tomaba sin el menor aprecio, pensé en esos viejos que algún día contemplaron sus jóvenes rostros en un río. Y que hoy, ayer, ambos envejecían juntos. El río era más viejo, y los jóvenes también. Pensé en nosotros en cualquiera de nosotros, y pensé nuevamente. En las palabras que nunca salieron y defraudaron por la misma causa metafísica que gustaron y encantaron en algún momento. Como las palabras perdidas de la infancia que buscan desesperadamente una rayuela. Y que solo eran escuchadas por esos viejos que se iban muriendo y se consumían al mismo tiempo que se derrite una vela de ritual funesto. Busco por todos los rincones de mi apartamento y ya no huelo esencias de alcanfor, ni recuerdo donde escondí esos elementos valiosos; una piedrita, la acera y la punta de un zapato. Para mí, para nosotros, para nadie. Pienso en esas cajas forradas de papeles de envoltorios. Casi siempre de flores apagadas. En los utensilios que Gelman usa en su continente familiar y que ninguno de nosotros ha sabido explicar tan bien de qué se trata. En la vanidad de creernos aptos para comprender los sucesos del tiempo. Y que espero el sueño, como revancha. Solo en los sueños, cada tanto vuelve a aparecer con la música a cuestas, con ese alma libre, con alas que no sabe que son alas. Y mientras la miro con eterno deseo noto que no entiende que significa volar. Los pájaros desconocen de sus facultades. No piensan en epígrafes funerarios. Solo vuelan. Mientras tanto, sigo dando vueltas en ese pequeño corredor plagado de libros y discos y me asomo por la ventana. A ver si pasa, por casualidad. Con la modesta esperanza de solo poder llegar al perfume de una melodía que el día se encargará de disolver. Y tratar de entender a veces lo que fuimos antes de esto, que, vaya a saber si somos.

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