martes, 24 de junio de 2008

Insensatez

Por Paul Citraro
El box, naturalmente es el dueño de un universo estético. Y, por momentos ese mundo, se transforma en su único recurso. El Sapito es un abonado a él, creo. Un pibe de mi barrio. Tiene algo enigmático, de misterioso pero quienes lo conocemos, sabemos que es sencillo. Sospecho que, sin saberlo él, es parte de la teoría que acabo de presentar. Ha construido su estilo boxístico en la calle, y, finalmente terminó en un gimnasio con voces de grandes esperanzas a su alrededor. Todo esto, terminé de comprenderlo el día que lo pusieron por la cuenta en una pelea de semifondo. Lo agarraron en el tercer round, si mal no recuerdo, justo de contragolpe. Mientras abría demasiado la guardia el oponente le acertó un impecable uno, dos. Al piso, claro. La improvisada cancha de basquet que hacía de pequeño estadio de guantes, enmudeció. El Sapito esa noche, era favorito para la gran mayoría. Salvo algún que otro envenenado que gritaba de alegría, se acordaba del pibe, cuando le había robado su bicicleta unos años atrás. En la estación terminal.
Volví a casa con una melodía en la cabeza, a puro silbido bajito. Insensatez. Casi tan triste como la cantó Sinatra en el primer disco que grabó junto a Jobim en 1967. Según dice la leyenda blanca; Sinatra llama primero al bar que Jobim frecuentaba todas las tardes, junto a otros creadores de la octava maravilla. El cantinero a grito pelado ¡¡Antonio!! ¡es Sinatra para vos! mientras Vinicius y Joao se reían por lo bajo. Pero seamos sinceros, a esa altura finalizando los '60 el bossa ya no irradiaba la creatividad de una década atrás. Alguien tenía que oxigenar al movimiento.
Quiso el destino que estas dos almas se cruzaran, y, juntos, grabaran una gloria de poco mas de media hora. Brasil y el mundo, agradecidos. Siete canciones con final de traducción. Esa era una de las grandes obsesiones de Frank para ese disco. Y tres en la lengua madre del cantante. Por mencionar un detalle, la métrica compositiva de Change Partners, fue leit motiv hasta el cansancio en buena hora, claro, de Burt Bucharach para fundamentar su posterior obra (una que tarareamos todos). Ahora bien, ¿los créditos compositivos pasaban solo por las manos de Antonio Jobim? Sí y no. De él hay algo fundamental, la sustancia de la canción. Pero, son los arreglos orquestales de Claus Oggerman los que elevan al género a la categoría de arte supremo. Un Olimpo, que, de algún modo ya tenía ganado, pero nunca, al cielo se había llegado en ascensor. Y es Sinatra quien lleva el cetro de cantante incomparable a la hora del repertorio de la música popular.
Sí, Sinatra es pop. Antes que Warhol. Antes que los british se convirtieran en los embajadores de canciones tristes y melancólicas. Sinatra le gana de mano a todos. Y si alguno quiere escuchar en leve tono desafinado por el mismo motivo que tratan a Tom Yorke de genio, hoy, Dindi es la excusa perfecta. Es una declaración de principios, de honestidad. Nunca Frank había cantado así, ni antes ni después. El tipo está roto, y se nota. Tan vulnerable como cualquiera que se sube a un ring boxeo, aun sabiendo que puede ir por cuenta. Y cualquiera, por qué no, a esta altura también podría ser nuestro amigo, el Sapito.

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